Por supuesto, un título más lógico para este artículo sería Cómo convertir tu hobby en tu trabajo, pero creo que está demasiado usado. Además, tampoco es del todo mentira, al menos en mi caso, aunque a eso llegaremos a su debido tiempo.
Cuando me piden que hable de mi trayectoria profesional en el cómic siempre tengo muchas dudas sobre cómo responder. Obviando los clásicos conatos del síndrome del impostor que te hacen dudar de si lo que estás contando le va a resultar interesante a alguien, surgen otros problemas.
El más grande, de nuevo en mi caso, es la falta de drama. No he tenido una vida difícil. No he pasado penurias, no he tenido grandes conflictos ni tengo grandes dilemas internos que me atenazan el alma. ¿Puede un artista considerarse artista si no sufre un poco de penurias? ¿Puede un creador crear sin su ración de miserias? Ya os voy diciendo que sí, que sin problema.
El otro problema que surge es más clásico ¿Por dónde empezar a contar la historia? Hay un viejo recurso literario que se llama «Empezar por el principio» y que, aunque esté algo manido, me vais a permitir que lo use.
Soy dibujante y guionista de cómics. También escritor, pero el arte que nos toca hoy es el noveno, así que de ese hablaré. Siempre he sido guionista. Siempre me gustó contar historias. Desde pequeño apuntaba maneras con la palabra escrita. Curiosamente, nunca he sido dibujante. Mi caligrafía y mi manera de agarrar el lápiz dejaban claro que, por mucho que me gustase, nunca dibujaría bien.
Pero me gustaba mucho. Así que lo hice. Mucho. Devoraba folios. Dibujaba horas y horas. Tras muchos años de práctica, seguía dibujando mal. Me daba igual, yo lo pasaba bien. Así que seguí haciéndolo, sin parar ni siquiera una vez que ya había llegado a la universidad. Había decidido estudiar Ingeniería informática porque, como ya hemos hablado, los artistas han de pasar penurias y miserias y a mí me gusta mucho comer pinchos de tortilla.
En cuanto el profesor hablaba de algo que era demasiado fácil como para prestar atención o demasiado difícil como para intentar molestarme en comprender, llenaba mis apuntes con dibujos y caricaturas. Mi primera introducción como profesional del cómic fue cambiar dibujos por apuntes.
No os voy a engañar, me gusta la informática. Me sigue gustando. Gracias a ella me planteé hacer una web donde subir dichos dibujos. Gracias al laboratorio de prácticas pasé incontables horas leyendo cómics que otras personas habían subido a Internet. Yo podía hacer eso. ¿Publicar en papel? Claro que no, ya he dejado claro que no sé dibujar. ¿Pero en Internet? ¿Quién me iba a decir que no? ¿Bill Gates? Mark Zuckerberg aún no había sido fabricado.
Así que lo hice. Subí mis primeras tiras, en un inicio a Fotolog. ¿Alguien se acuerda de Fotolog? Es una página tan antigua que ha conseguido pasar de moda dos veces. Cuando la crearon y cuando tuvo un revival retro. Luego comencé a tomármelo más en serio y publiqué en mi propia página web, creada los conocimientos adquiridos en las clases que usaba para dibujar. Había hecho mi primer webcómic.
Y esa palabra, webcómic, resonaría durante años en mi vida. Con mi primer webcómic tuve mis primeros lectores. Había hasta decenas de personas que leían mis tiras cómicas. Qué digo decenas. ¡Docenas enteras!
Con mi primer webcómic conocí a mis primeros compañeros de mi futura profesión. Me uní al WEE (Webcomics en Español) un foro convertido en asociación de la cuál saldrían amigos que me acompañarían toda mi vida. Estamos hablando de hace más de quince años y en cuanto acabe de escribir este artículo iré con algunos de ellos para tomar una cerveza y jugar al rol. He llegado a oficiar la ceremonia de matrimonio de cuatro de ellos.
Con mi primer webcómic, vi por primera vez la posibilidad de convertirme en dibujante de cómics, a pesar de no saber dibujar.
Con mi primer webcómic, se abrieron las puertas a los sueños que no me había atrevido a desear, de convertirme en un autor de cómic.
Así que empecé a trabajar como programador en una empresa. Ya os he comentado lo de las penurias y lo poco que me gusta el hambre.
Nunca lo dejé. Nunca dejé de colaborar con el WEE, de subir mis tiras, de ir a salones, de probar suerte... Nunca dejé de dibujar. Dibujar mal.
Y conseguí otro paso. Tras presentar mi reducido curriculum, conseguí una entrevista con El Jueves. ¡El Jueves! Todo un referente en el mundo del cómic. Además, sacaban sus cómics en papel, no como los sucios webcomiqueros, que nos conformábamos con subirlas a Internet mientras buscábamos por qué ranura del ordenador saldría el dinero. Y lo conseguí. Conseguí entrar a trabajar en la revista que era todo un referente del mundo del cómic.
Al menos como guionista, ellos también eran conscientes de que no sé dibujar. Pero era la hostia. Conocí a grandes referentes y autores que por entonces me parecían héroes del noveno arte y ahora puedo llamar amigos. Y puede que aún no fuese suficiente como para dejar mi trabajo, nadie vive de escribir ocho páginas al mes, pero era un reconocimiento. ¿Pero y si pudiese vivir de hacer cómics? ¿Y si realmente podía dedicarme a esto?
Así que seguí trabajando como informático. Las penurias, el hambre, los bocatas de tortilla.
También por aquella época comencé mi segundo webcomic, esta vez trabajando solo como guionista. En El Vosque tuve la suerte de colaborar con Laurielle. Y no solo porque su trabajo como dibujante cubría perfectamente el hueco que dejaban mis habilidades con el lápiz. No, era mucho más que eso. Es una genio del marketing que me enseñó todo lo que sé sobre cómo llevar las redes sociales, cómo interactuar con los lectores. Es de ella quien aprendí que la mejor manera de tratar a los lectores de cómic es cómo si fuesen personas. Puede parecer algo muy básico, incluso un poco ofensivo para los lectores de cómic como yo. Pero es increíble la cantidad de editoriales que parecen olvidar esto.
Laurielle también es una criatura inquieta que consiguió que publicásemos nuestro primer cómic en papel, que comenzásemos a ir a salones de cómic a venderlo. Que lo llegásemos a publicar en una editorial. Que lo petásemos.
Y gracias a El Vosque lo tenía todo. El éxito, el público, amigos en las altas esferas e incluso cantidades increíblemente modestas de dinero. Ya podía decir que era autor de cómic.
Y esta vez sí que dejé mi trabajo de informático.
Aún no tenía treinta años. Si quería intentarlo, tenía la sensación de que no podía tardar mucho más. Me lié la manta a la cabeza, hice las paces con la idea mental de pasar hambre y pagué mi primera cuota de autónomo.
Y ahí convertí mi hobby en mi trabajo. Mi único trabajo. Aún no había llegado a la segunda parte, a la de convertir mi trabajo en mi hobby, pero ese era un objetivo que aún no sabía que tenía y al que llegaremos más adelante.
Pude dedicar todas las horas del día a dibujar cómics. Tantas horas y tantas páginas dibujadas, tanta práctica acumulada, que había gente que ni se daba cuenta de que dibujo mal. Había logrado disimularlo.
Centré toda mi energía en el cómic, y éste lo agradeció. Maté personajes y reseteé la historia que llevaba más de mil páginas publicadas para poder captar gente nueva a la que no tuviese que explicar que ese pingüino que grita en realidad no es el dios de la Guerra. Creé Enseñanza Mágica Obligatoria tratando la historia con el mimo que había aprendido escribiendo en el Jueves. Conseguí que los lectores se convirtiesen en amigos como me había enseñado Laurielle. Formateé las páginas de tal manera que pudiesen sacarse en papel. Empecé a sacar la colección publicándome en papel como había aprendido de mis compañeros de profesión.
Había llegado el punto en el que no tenía miedo de que un editor no me dejase publicar mis tiras. Me daba igual, lo hacía yo. Ni siquiera lo intentaba. El mundo editorial ha cambiado muchísimo en los últimos años y ahora había hueco para gente como yo. Autoeditores, se nos llama. Otra palabra inventada, como webcomiqueros. Y, como esta, una palabra a la que he cogido mucho cariño.
A día de hoy sigo publicando mis cómics en papel. El quinto capítulo de Enseñanza Mágica Obligatoria estará seguramente saliendo por crowdfunding en el mismo momento en que estéis leyendo estas palabras. He sacado también una serie de novelas que, además de recordarme que está claro que mis publicaciones funcionan mejor cuando no tengo que dibujar, me han privado de pasar las penurias del artista gracias a mis fieles lectores. No seré yo quien se queje.
He pasado de subir mis cómics a Fotolog a gestionar imprentas y distribuidoras para sacar adelante un sueño que me parecía tan lejano que ni siquiera lo había llegado a valorar. Dedico varias horas al día a dibujar, cada vez menos peor. Cargo con cajas de libros, desventajas del papel respecto a publicar en Internet. Preparo sobres con envíos, gestiono campañas de marketing. Y me encanta.
Echo muchas horas. Demasiadas, a veces. Si no me hubiese instalado en una oficina donde trabajar y siguiese haciéndolo en casa, donde no hay límites a la cantidad de hora que podrías echar delante de la pantalla, a estas alturas me habría hecho daño. Es un trabajo duro, sí.
Pero va acompañado de la alegría que siento al recibir un nuevo tomo en mis manos y comprobar que no tiene -apenas- ningún fallo. De la sensación de realización que te proporciona un lector cuando te comenta que esos feos dibujos llenos de payasadas le han alegrado el día. De la puta efusividad con la que salgo tras estar en una presentación hablando y riéndome con mis lectores. De la sensación de haber encontrado mi hueco en la vida, aunque sea dibujando mal.
Echo muchas horas trabajando, sí. Pero me encanta.
He tenido la suerte convertir mi trabajo en un hobby.