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NON·SEQUITUR
MOVIDAS

Ahora que hemos acabado la aventura de Parabellum, y mientras sigo preparando la siguiente historia para los viernes, he pedido a los Patreons que me ayudasen a crear una historia entre todos. Yo les hacía preguntas, ellos respondían, y con eso escribía un relato. Estas son las preguntas:

¿En qué país ocurre?

Me pido prime! En Rusia!

 daniel pozo

¿En qué siglo ocurre?

Siglo 16

 Carlos Rodriguez Fernandez

¿Qué profesión tiene el primer personaje?

Orfebre!

 Jon Sanchez

¿Qué problema tiene el segundo personaje?

Es tartamudo

 Luis Angel Renes Diez

¿De qué material está hecho el objeto por el que discuten?

De antimateria :D

Carlos Puyuelo Rosas

Te odio, Puyu

Morán

¿Qué explota?

La revolución

 Kaigosha



Y este es el resultado:


La Anticorona


Hacía semanas que los estallidos metálicos de los cañones habían sustituido a los de las campanas a la hora de dar la hora en Moscú. Las enormes armas patrullaban las murallas del palacio con su andar de araña de acero, disparando automáticamente a cualquier atacante que se pusiese a tiro.

Fieles a la Zarina, los autómatas mantenían a raya a la revolución. Por desgracia para la autoproclamada dirigente pero por suerte para el Movimiento Del Pueblo, las pesadas armas no podían salir de palacio, limitándose a contener a el Pueblo en el lado correcto del palacio, siendo este preferiblemente el de fuera.

El Pueblo no tenía problema con su posición y esperaba calmado. Las hambrunas, los expolios, los duros inviernos rusos habían curtido su paciencia hasta convertirla en un duro cuero que cubría su piel con indiferencia. Podían esperar. Con la mayor parte del ejército sublevado, el tiempo estaba de su parte, el asedio podía alargarse todo lo que quisieran los del interior de palacio, al fin y al cabo, eran ellos los que pasarían hambre. Por una vez.

La Zarina Ana Ana Anastasia irrumpió en el taller del orfebre real de una patada en la puerta. La patada, obviamente, había sido delegada en uno de sus imponentes cosacos golem, que derribaron la puerta sin esfuerzo. Daba igual, había muchas puertas en el palacio, lo que no había era tiempo.

- ¿Ha... - La Zarina Ana Ana Anastasia pudo ver como la autoridad de su violenta entrada desaparecía en cuanto intentó pronunciar la primera palabra. No quería salir. Estaba ahí, la notaba, la podía ver, pero su cuerpo se negaba a dejarla escapar tan fácilmente. Apretó los dientes, dejó escapar un suspiro que recordaba a los servos hidráulicos de sus cañones, y volvió a intentar acabar la frase - ¿Has conse... - un esfuerzo más - ...guido acabar la corona?

A pesar de su tartamudeo, su elegante y amenazadora porte, entrecomillada por un regimiento de cosacos golem, dejaban clara su autoridad. La patada en la puerta había sido por asegurar.

El orfebre real la miró. No negaba dicha autoridad, pero tras años de gritos y amenazas, se había acostumbrado a ella. Se permitió el lujo de toser cubriéndose con un pañuelo durante varios segundos, bajo la impaciente mirada de la Zarina. Al acabar, observó con tranquilidad el pañuelo. Esta vez no había sangre. Buena señal.

- Su alteza, - comenzó el orfebre. - Me temo que aunque mi vida durase muchos años más, no tendría tiempo para dar por finalizado su último encargo.

- Podemos adel... - la Zarina tragó saliva. De nuevo las palabras volvían a traicionarle en el interior de su gargante, partiendo su amenaza en dos - ...adelantar dicha fecha si... lo prefieres. ¿No has ac..cabado la anticorona?

- Por supuesto que sí, majestad. - el orfebre señaló con desdén una de las mesas de su taller, la única que no estaba iluminada, a pesar de que varias velas ardían a su alrededor. Algo en su centro se comía la luz. - Ha sido extremadamente complicado y he tenido que usar cinceles de vacío para grabar los últimos detalles de la joya de antimateria, pero la corona está teóricamente terminada.

La Zarina se acercó a la nueva obra de su orfebre con pasos tan apresurados como impropios de una dama de su alcurnia. Sonrió al verla de cerca y sus dientes nacarados devolvieron un brillo de colores que no tenían cabida en el arco iris. Si pudo refrenar su impulso de ponérsela en el acto, fue gracias a la experiencia. Las inestables joyas de su orfebre eran tan poderosas como impredecibles, y aún conservaba un corte en su mano derecha debido a un brazalete tallado en luz que se escapó entre sus dedos.

- ¿Es...? - la zarina dudó. - ¿Es segura?

El orfebre dejó escapar una carcajada tan sincera que uno de los golems llevó su mano a la espada ante tamaña afrenta a su dueña.

- Su alteza. - comenzó el orfebre tras su arrebato. - Mi salud aún no se ha recuperado tras haber trabajado con el colgante de plutonio del que le hice entrega hace un año. Su poder es inmenso, y gracias a él, su alteza ha conseguido mantener al ejército de los Co-reyes teutones en cintura. La energía de dicho elemento puede alimentar a su magia y a la de su ejército al menos durante diez años más. - el orfebre dudó, y se calló la observación de que todo eso seguiría ocurriendo solo si el colgante no decidía explotar arrasando el Palacio. - Y todo esto gracias a una simple piedra que brilla. Lo que hay contenido en la joya de esa corona es... es algo completamente diferente.

- Parece una simple piedra que brilla. Pero en lugar de brillar en verde, lo... lo hace en azul. - masculló la Zarina con tanto desdén que las palabras salieron casi sin tropezarse.

- No, no, su alteza, no se equivoque. - corrigió a la zarina el orfebre con la tranquilidad de alguien que está a una tos muy fuerte de la tumba. - Esto no es una piedra que brilla. Es, de hecho, todo lo contrario.

- ¿Una piedra que no... brilla?

- No, no. Es justo lo contrario a una piedra. Es lo opuesto a una piedra.

La Zarina, cuya reservas de paciencia habían sido diezmadas tras varias semanas de asedio, arqueó una ceja, logrando que varios de sus cosacos frunciesen el ceño simultáneamente. Decidió ahorrarse las explicaciones de su molesto orfebre.

- ¿Generará energía suficiente como para.. para elevar a mis ejércitos?

- Si no explota arrasando Moscú, seguramente sí. Pero es inestable, demasiado. Está engarzada en cadenas de vacío, pero si una de esas cadenas se rompe, si acumula demasiada energía, o si toca la joya que contiene la antimateria, liberará demasiada energía. Ni siquiera su alteza podrá contenerla.

En ese momento, la Zarina Ana Ana Anastasia se percató que su eficiente pero descarado orfebre se había introducido tan sutilmente al otro lado de la injuria, que hasta ese momento no había notado lo cerca que estaba de la traición. Su posición le había conferido demasiado tranquilidad, pero no podía permitir que un simple trabajador, por muy hábil y especializado que fuese, se tomase tantas licencias.

Además, si la corona funcionaba tan bien como le había prometido en sus cálculos iniciales, no volvería a necesitar de su ayuda.

Un par de cañonazos en el exterior le recordó que si no funcionaba, tampoco la necesitaría.

Sin dudarlo, y con una fluidez de movimientos que resultaba la envidia de su discurso hablado, agarró la corona y la sustituyó por la suya propia, hecha de simple coral fundido. En cuanto el nuevo adorno se aferró a su cabeza, pudo notar su poder.

La energía que generaba la antimateria, el potencial que se escondía en el interior de la joya, preparado e incluso ansioso de ser liberado, era inconcebible. Su colgante de plutonio era una simple baratija en comparación de lo que podría hacer con esta nueva fuente de poder.

- Su alteza, se lo ruego, tenga cuidado, un poder así no debería estar en...

- ¿Dónde debería estar tanto poder, si no es en mi... - las palabras osaron volver a atascarse, y esta vez en frente de tan descarado plebeyo. - ...mi ca... - La impotencia se transformó en rabia, y ésta logró que las palabras aún se resistiesen más. La Zarina comenzó a gritar, roja- ¡...mi puta cabeza!

El orfebre dio un paso atrás. La joya de la anticorona hizo lo contrario a brillar, tornando las luces en sombras y las sombras en luces durante unos segundos. Había sido mala idea. La joya no estaba preparada para la Zarina, y mucho menos al revés.

Por su parte, el acceso de rabia de la Zarina logró desatar parte del potencial de su nuevo y poderoso adorno. Pudo sentirlo. Una fuente de poder descomunal, incomparable a nada que había notado en sus más de trescientos años de vida. Su orfebre se equivocaba. Podía con ella, podía controlarla. No había poder que la cabeza de la Zarina Ana Ana Anastasia no pudiese doblegar. Y si su orfebre había decidido contrariarla, era un gran momento para demostrarle que se equivocaba. Por todo lo alto.

La Zarina levantó el dedo lentamente, a la misma velocidad que se dibujaba una sonrisa en su rostro. A la vez que lo hacía en el rostro de todos los cosacos golem que la escoltaban.

El orfebre dio otro paso atrás, pero tras ver el rostro decidido de la hechicera, calculó que sería el último. También calculó que una muerte rápida acabaría con él mucho con más misericordia que la enfermedad que le estaba comiendo desde dentro. Cerró los ojos y aceptó el injusto pago que la Zarina estaba a punto de ofrecerle.

La hechicera escogió el hechizo, accedió a la inmensa fuente de poder que se escondía en su nueva anticorona y pronunció las palabras mágicas que pondrían fin a su relación comercial.

- Expectorrask... - la última letra se negó a salir. Su problema de dicción se burlaba de nuevo de ella, impidiendo que algo tan sencillo como unas palabras mágicas saliesen de su boca sin problema. Intentó comenzar de nuevo, pero no podía. El hechizo ya había empezado. Había que acabarlo.

Apretó la lengua, pero la última letra se negó a salir, y la Zarina comenzó a enfurecerse. La energía de la joya seguía brotando, acumulándose en el hechizo vertiginosamente. Su rabia solo aceleraba el proceso, y esto a su vez la enfurecía metiéndose en un bucle que cargaba sus dedos de magia a niveles en exceso peligrosos hasta para ella.

Y la maldita letra seguía sin salir.

Ana Ana Anastasia sintió, por primera vez desde hacía ciento cincuenta años, miedo. La energía seguía saliendo a borbotones de su corona, con un caudal que ninguneaba al vómito de un volcán. Podía notar la punta de sus dedos arder con magia. Podía notar los bordes de su aura comenzar a carbonizarse. Podía notar su colgante de plutonio resquebrajarse. Podía notar la última letra de su hechizo negándose a salir. Aferrada. Clavando sus afiladas garras en las paredes de su garganta.

Solo necesitaba decir una letra, y sus problemas, su irrespetuoso orfebre y su molesta revolución se acabarían de una vez por todas.

Lo intentó una vez más.


Un humeante cañón de bronce cayó del cielo ante la indiferente mirada de Velinda, deshaciendo la nieve a su alrededor. Velinda lo observó con curiosidad, sin saber que lo que estaba viendo era el trozo más grande que quedaba del Palacio de Moscú, tras una explosión tan lejana que el sonido se había confundido con el de un simple trueno de una tormenta.

En la superficie del cañón aún se podía distinguir el escudo del ahora extinto reinado de la Zarina Ana Ana Anastasia, pero Velinda no tenía los suficientes conocimientos heráldicos como para distinguirlo. No tenía manera. Velinda vivía en un pueblo aislado, nunca había tenido relación alguna con ningún Zar ni otro miembro de la realeza. Y mucho menos de Moscú, tan lejos como quedaba de su pueblito en un valle de los Pirineos.

Velinda mugió y siguió pastando, indiferente.



EMO
EMO
NON·SEQUITUR
EMO
PARABELLUM

Me limpié la sangre de la mano y encendí el volumen de la tele.

- ¿Qué coño ibas a decir de mi abuela? - gritó Inés. Bajé el volumen para que su agudo y enfurecido chillido de hámster no me reventase los tímpanos. - Ya me has humillado con ese apodo ¿Qué más trapos sucios vas a sacar? ¿Te crees que me importa? No sé de dónde has sacado lo de Inecia, pero créeme que lo descubriré, demostraré que eres un farsante. ¡Demostraré - bajé aún más el volumen, por lo visto aún podía gritar más - que los fantasmas y la vida más allá y los espíritus son chorradas sin sentido!

- Los espíritus han vuelto - exclamó con alegría y calma Doña Lola de María. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su cara en cuanto volvió a sentirse cómoda rodeada de muertos. - Están entre nosotros.

La doctora Arteaga la miró molesta por interrumpir su estallido con un mensaje tan opuesto y unas formas tan calmadas. El gurú la miró, confuso, intentando interpretar lo que ocurría al otro lado de su radio. Carlos la miró con una sonrisa de satisfacción. Incluso el público reaccionó con un clamoroso silencio.

Doña Lola de María se levantó del sitio y comenzó a escuchar a su alrededor en silencio. No era el mismo que la última vez, era un silencio medido. Servía para crear expectación. También le permitía escuchar las palabras que debía decirle el recién liberado espíritu de Doña María Pinilla.

Cuando dio por finalizado su momento, señaló al Sacrosanto Gurú.

- Eres la vergüenza de la profesión. Eres una vergüenza de humano. Eres la vergüenza de tu apellido, Manuel Pinilla. - alguien entre el público debió reconocer el apellido y dejó escapar un grito de sorpresa. El culebrón se volvía cada vez más enrevesado, como buen culebrón. - Tu madre era una de las mejores médiums del mundo. Una verdadera artista, capaz de realizar verdaderas proezas con sus poderes espirituales y sin ellos.

- ¡¿Qué sabrás tú de mi madre?! - Respondió nervioso Pinilla intentando subirse a su propio asiento.

- ¡Más que tú, carcamal! - respondió mi amiga con fiereza y una voz que no era la suya. Arancha nunca hubiera usado carcamal como insulto, le sabría a poco. Había dejado entrar al espíritu de la vieja médium en su cuerpo. - ¡Cuando fallecí mi espíritu quedó atrapado en mi bola de cristal! Veinte años que me pasé en el fondo de una caja rezando porque alguien me sacase de ahí. Y cuando mi propio hijo me encuentra... encuentra a su madre atrapada, en lugar de liberarla... ¡Se aprovecha de mi poder!

- ¿Doña María Pinilla? - Carlos decidió aprovechar para recordar que era periodista en ese momento, aún así la pregunta salió de su fascinación - ¿La célebre médium? ¿Es usted?

- Sí, guapetón, soy yo. - La mujer aún en el cuerpo de mi amiga pareció percatarse de que estaba en un estudio de televisión y, acostumbrada a la fama como estaba, no tardó en reaccionar. - Y este Sacrosanto Gurú de No Sé Qué Leches en Vinagre es mi hijo, el tarambana. Me tenía atrapada haciendo todo el trabajo sucio, atrayendo a los espíritus para él. Y ahora que he sido liberada al fin, y antes de irme de una vez por todas al más allá que durante tanto tiempo se me ha negado, quiero dejar clara una cosa: Este carcamal ni es sacrosanto, ni gurú, ni hindú ni es capaz de hablar con los muertos. ¡Es un farsante!

De un golpe seco le derribó el turbante, mostrando el pequeño comunicador de su oído.

- ¡Ja! ¡Lo sabía! - La doctora Inés se aferró feliz a su pequeña victoria. Un fantasma le había ayudado a demostrar que los fantasmas no existían. Frunció el ceño.

- ¡Pero mamá...! - empezó a llorar el Desacrado Sacrosanto.

- ¡Ni mamá, ni leches! ¡Tunante! ¡Que eres un tunante!

Y su alma desapareció en busca de un más allá que estaba más lejano que el plató de televisión. Mi amiga se quedó quieta en el sitio mientras recuperaba el control sobre su propio cuerpo. Había lágrimas de emoción en sus ojos.

- Era ella... - sonreía. No todos los días conocías a tu ídolo de infancia, especialmente después de muerto. - Doña María...

Inés se giró, su pequeña victoria estaba siendo fagocitada por una mayor que tenía a la audiencia ensimismada.

- No intentes venderme tus tonterías ahora tú, ya he demostrado que este tipejo - señaló al hombre ridículamente vestido que sollozaba en el sillón en prime time - era un farsante. ¿Te crees que tú eres distinta? No sé qué truquitos os traéis tú y tu amiga, pero pienso demostrar que...

- Inecia...- Arancha le puso la mano en el hombro a la doctora, con una calma de movimientos impropia de ella. Los espíritus habían vuelto y Arancha estaba explotando sus poderes al máximo, dejando pasar a cualquiera de ellos que tuviese algo que decir. - Siento que ese nombre te haya causado tanto dolor...

- ¿Qué intentas...?

- Pero es que eres necia, Inesina. Cabezuda y testaruda, como tu padre. - La doctora abrió la boca, pero si intentó decir algo, no le salió. - No te lo tomes como algo malo... Esa testarudez te ha llevado a donde te ha llevado, tú sola, y te llevará aún más lejos. Sé que eres capaz.

No fueron sus palabras. La Doctora Arteaga no necesitaba datos o información que solo un espíritu podía darle. Reconoció el tono de voz, reconoció la forma de hablar. Reconoció a su propia abuela.

- No puede ser... - las lágrimas empezaron a dibujarse en los ojos de la tercera invitada. Carlos había logrado un hat trick en su programa. Posiblemente sus propios ojos se humedecieron emocionados pensando en el share y la repercusión de estas imágenes.

- Si puede ser... - dijo el espíritu con la voz de mi amiga. - Si alguien puede demostrar que es posible eres tú, Inecia...

Y justo ahí cortaron para publicidad.


- ¿Y por qué coño me cuentas todo esto, Verónica? - preguntó Killian, el mal hablado clurichaun. Se sirvió otra cerveza y me miró sentado en un taburete de su propio bar.

- Nos libramos del gurú y liberamos a su madre, pero sin querer azuzamos a alguien a quien no deberíamos haber molestado. La doctora Inés, desde entonces, ha duplicado sus esfuerzos en intentar demostrar que hay hechos inexplicables viviendo entre nosotros.

- ¿Y qué cojones me importa? - me preguntó uno de esos hechos inexplicables mientras bebía su cerveza más rápido de lo que tardaría en derramarla en el suelo.

- Pues por que ha entrado en tu bar, ha pasado al lado de un demonio y se ha sentado en la mesa de al lado de los licántropos que están viendo el partido.

- Bueno ¿te crees que ibas a ser la única humana bajita, con gafas, cabezota y molesta que dejamos entrar en este sitio? - rezongó el duende. Me quejé con un ruido. Yo no era tan bajita. - Si tanto te preocupa, acércate a ver qué quiere.

Murmuré alguno de los insultos que había aprendido después de tantos años conociendo a Killian. Caminé hacia su mesa y me senté frente a ella con mala cara. No fingió sorpresa, me recibió con una sonrisa. Me esperaba.

- ¿Qué haces aquí? - le espeté.

Me miró, con una sonrisa esperanzada, mirando alrededor. Era incapaz de ver las verdaderas formas de las criaturas que se escondían tras las ilusiones del bar. Aún así parecía sentirlas, parecía notar su existencia, confirmando lo que tanto tiempo había sospechado.

- Hola, Verónica. O Parabellum. O como prefieras... - me sonrió. - Tengo tantas preguntas que hacerte...

La mujer bajita, testaruda y de gafas gruesas había entrado en el Rainbow's Arse a hacer preguntas. Ni siquiera se percataba de lo molesta que resultaba su presencia.

Había que ser muy necia para no darse cuenta.

 

EMO
PARABELLUM

En las pantallas del pasillo la discusión entre el presentador, la científica, la médium y el gurú llegaba a niveles espirituales insospechados, y comenzaban a oírse las primeras palabrotas. Ni siquiera el calmado vidente era incapaz de contener la bilis que el presentador recolectaba con facilidad. Aún así, parecía que el Sacrosanto Gurú de las Narices tenía las riendas. Arancha era incapaz de usar sus poderes, Inés buscaba entre sus aparatos alguno que ayudase a desmontar la mentira del pseudo hindú, Carlos se defendía con fiereza de los ataques personales que le lanzaba éste. Tenía que ayudarles y pronto. Solo tenía unos minutos antes de la siguiente pausa publicitaria.

Abrí la puerta del camerino con cuidado de no hacer ruido. No sabía qué me esperaba exactamente al otro lado, pero contaba con al menos decenas de espíritus flotando y brillando en un torbellino de almas que crease un vórtice al más allá.

En la habitación oscura, iluminada solo con velas y una televisión mostrando el programa no había ni un alma. Al menos no fuera de su sitio.

La única que había estaba en un cómodo cuerpo. La ayudante del Gurú estaba sentada en la silla de su camerino, hablando con varias personas. Ninguno de sus interlocutores parecía estar ahí.

- Vale ¿quieres acabar de hundir a ese gilipollas? - me sentí avergonzada al haber presupuesto que la mujer oriental no hablaría mi idioma. Lo hacía con desparpajo y acento de Hospitalet. Aún seguía llevando su exótico disfraz, pero lo tenía abierto y descolocado por comodidad. - Creo que tenemos a un espíritu que conoce a su marido, el futbolista. Ya verás como atacando por ahí se deja de intentar tocarte los cojones.

Hablaba con el No Tan Sacrosanto Gurú por una radio.

Busqué en el interior de mi chaqueta y saqué el arma con cuidado, apuntándola mientras seguía hablando. Apreté el gatillo, y mi móvil comenzó a grabar el vídeo.

- ¿Que dice qué? - la mujer se carcajeó. - Que lo intente, a ver si le dejan. Un inhibidor de frecuencias en un plató de televisión, ¿esa doctora se cree que le van a dejar usarlo? - miró a la televisión que mostraba a la doctora de pie, perdiendo los estribos - ¿Por qué te crees que hacemos estas cosas en directo, Inecia? Si quieres demostrar que usamos una radio, tendrás que currártelo mejor.

La mujer en la pantalla silenciada gritaba y se abalanzaba sobre el gurú.

- ¡Eh! - la mujer se aferró a la silla, preocupada. - No, no, no, Manuel, el turbante que no lo toque. Dile que es muy insensible por su parte, joder, que es algo cultural. - Pensó durante un segundo y se rió de su propia idea. - Dile que es como si tú le arrancases el sujetador en directo, ya verás cómo te ganas al público.

En la pantalla, el gurú dijo algo que no pude oír y las cámaras enfocaron al público mientras se reía.

- Muy bien, ¿esa tipa quiere guerra? Vamos a ver qué más información sacamos de su abuela...

Apreté el botón del móvil y dejé de grabar. Tenía bastante para demostrar que eran unos farsantes. Le envié el vídeo al teléfono que me había pasado Carlos antes del programa y guardé el móvil. No había venido por eso. No solo al menos.

- A ver, tú - continuó la mujer. - Pregúntale más trapos sucios a la abuela de la doctora, vamos a acabar de humillarla. Y mira a ver si eres capaz de encontrar a alguien que pueda decirnos algo de esa Lola de María, no me fío un pelo, está muy callada.

- No... - respondió otra voz en el interior del camerino. Había dos voces y solo un cuerpo, no me salían las cuentas. - Sus padres están muertos, pero soy incapaz de invocar a sus espíritus, se resisten.

- ¡Pues los traes a la puta fuerza! ¿No eras la mejor médium de España? Pues controla a esos espíritus y oblígales a venir. - la ayudante levantó una esfera de cristal del tamaño de una pelota de tenis hasta ponerla frente a su cara. En su superficie pulida, un rostro cansado se reflejaba. No era el suyo. - ¿O quieres que devolvamos tu querido Cristal del Futuro a la caja donde la encontramos durante otros veinte años?

- Suéltala. - dijo otra voz en el interior del oscuro camerino. Era la mía, pero aún así me sorprendió. Había arruinado el factor sorpresa solo por hacerme sentir la heroína defensora de almas. Típico de mí.

- ¿Quién cojones? - la mujer se giró, intentando esconder la esfera tras ella. - ¿Qué haces aquí? ¡Esto es una habitación privada!

Pude ver en la pantalla de televisión un primer plano del Sacrosanto Gurú. Su rostro se descompuso tras oír a su ayudante por el pinganillo que ocultaba en alguna parte de su turbante.

Señalé el reflejo asustado de la vieja médium que se mostraba en la esfera de cristal.

- Libera a Doña María.

- ¿O qué?

Me abalancé sobre ella a modo de respuesta. Desgraciadamente, sin mi factor sorpresa y con mis nulas habilidades para el combate cuerpo a cuerpo me esquivó con facilidad. Caí sobre la mesa derribándola y acabé aterrizando en el suelo. La ayudante aprovechó mi despliegue digno de las tomas falsas del Circo del Sol y me dio una patada en las costillas que me hizo ver las estrellas. Me abracé a mí misma en posición fetal y comencé a balbucear mientras la ayudante seguía insistiendo con su pie en mi costado.

- ¿Quién coño eres? -patada - ¿Te crees que puedes venir a mi camerino e intentar calzarme una hostia? - patada - ¿A mí? - patada - ¿A la Jessica?

- No intentaba pegarte - solté entre lágrimas. Realmente si lo había intentado. Para una vez que me encontraba a un enemigo de mi talla y parecía ser cinturón negro en palizas callejeras. Mascullé entre dientes. - Solo quería agarrarla aprovechando de que eras imbécil...

- ¿Qué coño me has llamado? - la mujer me levantó de la chaqueta y me acercó a su desquiciada cara, que tenía aspecto de ser la pesadilla de ciertos polígonos. Aproveché la cercanía para reventarle el Cristal del futuro en la cabeza.

- Imbécil. - repetí amablemente.

EMO