En cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012 te avisamos de que esta página usa cookies. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso. ¿El qué? Más info
PARABELLUM

Me limpié la sangre de la mano y encendí el volumen de la tele.

- ¿Qué coño ibas a decir de mi abuela? - gritó Inés. Bajé el volumen para que su agudo y enfurecido chillido de hámster no me reventase los tímpanos. - Ya me has humillado con ese apodo ¿Qué más trapos sucios vas a sacar? ¿Te crees que me importa? No sé de dónde has sacado lo de Inecia, pero créeme que lo descubriré, demostraré que eres un farsante. ¡Demostraré - bajé aún más el volumen, por lo visto aún podía gritar más - que los fantasmas y la vida más allá y los espíritus son chorradas sin sentido!

- Los espíritus han vuelto - exclamó con alegría y calma Doña Lola de María. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su cara en cuanto volvió a sentirse cómoda rodeada de muertos. - Están entre nosotros.

La doctora Arteaga la miró molesta por interrumpir su estallido con un mensaje tan opuesto y unas formas tan calmadas. El gurú la miró, confuso, intentando interpretar lo que ocurría al otro lado de su radio. Carlos la miró con una sonrisa de satisfacción. Incluso el público reaccionó con un clamoroso silencio.

Doña Lola de María se levantó del sitio y comenzó a escuchar a su alrededor en silencio. No era el mismo que la última vez, era un silencio medido. Servía para crear expectación. También le permitía escuchar las palabras que debía decirle el recién liberado espíritu de Doña María Pinilla.

Cuando dio por finalizado su momento, señaló al Sacrosanto Gurú.

- Eres la vergüenza de la profesión. Eres una vergüenza de humano. Eres la vergüenza de tu apellido, Manuel Pinilla. - alguien entre el público debió reconocer el apellido y dejó escapar un grito de sorpresa. El culebrón se volvía cada vez más enrevesado, como buen culebrón. - Tu madre era una de las mejores médiums del mundo. Una verdadera artista, capaz de realizar verdaderas proezas con sus poderes espirituales y sin ellos.

- ¡¿Qué sabrás tú de mi madre?! - Respondió nervioso Pinilla intentando subirse a su propio asiento.

- ¡Más que tú, carcamal! - respondió mi amiga con fiereza y una voz que no era la suya. Arancha nunca hubiera usado carcamal como insulto, le sabría a poco. Había dejado entrar al espíritu de la vieja médium en su cuerpo. - ¡Cuando fallecí mi espíritu quedó atrapado en mi bola de cristal! Veinte años que me pasé en el fondo de una caja rezando porque alguien me sacase de ahí. Y cuando mi propio hijo me encuentra... encuentra a su madre atrapada, en lugar de liberarla... ¡Se aprovecha de mi poder!

- ¿Doña María Pinilla? - Carlos decidió aprovechar para recordar que era periodista en ese momento, aún así la pregunta salió de su fascinación - ¿La célebre médium? ¿Es usted?

- Sí, guapetón, soy yo. - La mujer aún en el cuerpo de mi amiga pareció percatarse de que estaba en un estudio de televisión y, acostumbrada a la fama como estaba, no tardó en reaccionar. - Y este Sacrosanto Gurú de No Sé Qué Leches en Vinagre es mi hijo, el tarambana. Me tenía atrapada haciendo todo el trabajo sucio, atrayendo a los espíritus para él. Y ahora que he sido liberada al fin, y antes de irme de una vez por todas al más allá que durante tanto tiempo se me ha negado, quiero dejar clara una cosa: Este carcamal ni es sacrosanto, ni gurú, ni hindú ni es capaz de hablar con los muertos. ¡Es un farsante!

De un golpe seco le derribó el turbante, mostrando el pequeño comunicador de su oído.

- ¡Ja! ¡Lo sabía! - La doctora Inés se aferró feliz a su pequeña victoria. Un fantasma le había ayudado a demostrar que los fantasmas no existían. Frunció el ceño.

- ¡Pero mamá...! - empezó a llorar el Desacrado Sacrosanto.

- ¡Ni mamá, ni leches! ¡Tunante! ¡Que eres un tunante!

Y su alma desapareció en busca de un más allá que estaba más lejano que el plató de televisión. Mi amiga se quedó quieta en el sitio mientras recuperaba el control sobre su propio cuerpo. Había lágrimas de emoción en sus ojos.

- Era ella... - sonreía. No todos los días conocías a tu ídolo de infancia, especialmente después de muerto. - Doña María...

Inés se giró, su pequeña victoria estaba siendo fagocitada por una mayor que tenía a la audiencia ensimismada.

- No intentes venderme tus tonterías ahora tú, ya he demostrado que este tipejo - señaló al hombre ridículamente vestido que sollozaba en el sillón en prime time - era un farsante. ¿Te crees que tú eres distinta? No sé qué truquitos os traéis tú y tu amiga, pero pienso demostrar que...

- Inecia...- Arancha le puso la mano en el hombro a la doctora, con una calma de movimientos impropia de ella. Los espíritus habían vuelto y Arancha estaba explotando sus poderes al máximo, dejando pasar a cualquiera de ellos que tuviese algo que decir. - Siento que ese nombre te haya causado tanto dolor...

- ¿Qué intentas...?

- Pero es que eres necia, Inesina. Cabezuda y testaruda, como tu padre. - La doctora abrió la boca, pero si intentó decir algo, no le salió. - No te lo tomes como algo malo... Esa testarudez te ha llevado a donde te ha llevado, tú sola, y te llevará aún más lejos. Sé que eres capaz.

No fueron sus palabras. La Doctora Arteaga no necesitaba datos o información que solo un espíritu podía darle. Reconoció el tono de voz, reconoció la forma de hablar. Reconoció a su propia abuela.

- No puede ser... - las lágrimas empezaron a dibujarse en los ojos de la tercera invitada. Carlos había logrado un hat trick en su programa. Posiblemente sus propios ojos se humedecieron emocionados pensando en el share y la repercusión de estas imágenes.

- Si puede ser... - dijo el espíritu con la voz de mi amiga. - Si alguien puede demostrar que es posible eres tú, Inecia...

Y justo ahí cortaron para publicidad.


- ¿Y por qué coño me cuentas todo esto, Verónica? - preguntó Killian, el mal hablado clurichaun. Se sirvió otra cerveza y me miró sentado en un taburete de su propio bar.

- Nos libramos del gurú y liberamos a su madre, pero sin querer azuzamos a alguien a quien no deberíamos haber molestado. La doctora Inés, desde entonces, ha duplicado sus esfuerzos en intentar demostrar que hay hechos inexplicables viviendo entre nosotros.

- ¿Y qué cojones me importa? - me preguntó uno de esos hechos inexplicables mientras bebía su cerveza más rápido de lo que tardaría en derramarla en el suelo.

- Pues por que ha entrado en tu bar, ha pasado al lado de un demonio y se ha sentado en la mesa de al lado de los licántropos que están viendo el partido.

- Bueno ¿te crees que ibas a ser la única humana bajita, con gafas, cabezota y molesta que dejamos entrar en este sitio? - rezongó el duende. Me quejé con un ruido. Yo no era tan bajita. - Si tanto te preocupa, acércate a ver qué quiere.

Murmuré alguno de los insultos que había aprendido después de tantos años conociendo a Killian. Caminé hacia su mesa y me senté frente a ella con mala cara. No fingió sorpresa, me recibió con una sonrisa. Me esperaba.

- ¿Qué haces aquí? - le espeté.

Me miró, con una sonrisa esperanzada, mirando alrededor. Era incapaz de ver las verdaderas formas de las criaturas que se escondían tras las ilusiones del bar. Aún así parecía sentirlas, parecía notar su existencia, confirmando lo que tanto tiempo había sospechado.

- Hola, Verónica. O Parabellum. O como prefieras... - me sonrió. - Tengo tantas preguntas que hacerte...

La mujer bajita, testaruda y de gafas gruesas había entrado en el Rainbow's Arse a hacer preguntas. Ni siquiera se percataba de lo molesta que resultaba su presencia.

Había que ser muy necia para no darse cuenta.

 

EMO
PARABELLUM

En las pantallas del pasillo la discusión entre el presentador, la científica, la médium y el gurú llegaba a niveles espirituales insospechados, y comenzaban a oírse las primeras palabrotas. Ni siquiera el calmado vidente era incapaz de contener la bilis que el presentador recolectaba con facilidad. Aún así, parecía que el Sacrosanto Gurú de las Narices tenía las riendas. Arancha era incapaz de usar sus poderes, Inés buscaba entre sus aparatos alguno que ayudase a desmontar la mentira del pseudo hindú, Carlos se defendía con fiereza de los ataques personales que le lanzaba éste. Tenía que ayudarles y pronto. Solo tenía unos minutos antes de la siguiente pausa publicitaria.

Abrí la puerta del camerino con cuidado de no hacer ruido. No sabía qué me esperaba exactamente al otro lado, pero contaba con al menos decenas de espíritus flotando y brillando en un torbellino de almas que crease un vórtice al más allá.

En la habitación oscura, iluminada solo con velas y una televisión mostrando el programa no había ni un alma. Al menos no fuera de su sitio.

La única que había estaba en un cómodo cuerpo. La ayudante del Gurú estaba sentada en la silla de su camerino, hablando con varias personas. Ninguno de sus interlocutores parecía estar ahí.

- Vale ¿quieres acabar de hundir a ese gilipollas? - me sentí avergonzada al haber presupuesto que la mujer oriental no hablaría mi idioma. Lo hacía con desparpajo y acento de Hospitalet. Aún seguía llevando su exótico disfraz, pero lo tenía abierto y descolocado por comodidad. - Creo que tenemos a un espíritu que conoce a su marido, el futbolista. Ya verás como atacando por ahí se deja de intentar tocarte los cojones.

Hablaba con el No Tan Sacrosanto Gurú por una radio.

Busqué en el interior de mi chaqueta y saqué el arma con cuidado, apuntándola mientras seguía hablando. Apreté el gatillo, y mi móvil comenzó a grabar el vídeo.

- ¿Que dice qué? - la mujer se carcajeó. - Que lo intente, a ver si le dejan. Un inhibidor de frecuencias en un plató de televisión, ¿esa doctora se cree que le van a dejar usarlo? - miró a la televisión que mostraba a la doctora de pie, perdiendo los estribos - ¿Por qué te crees que hacemos estas cosas en directo, Inecia? Si quieres demostrar que usamos una radio, tendrás que currártelo mejor.

La mujer en la pantalla silenciada gritaba y se abalanzaba sobre el gurú.

- ¡Eh! - la mujer se aferró a la silla, preocupada. - No, no, no, Manuel, el turbante que no lo toque. Dile que es muy insensible por su parte, joder, que es algo cultural. - Pensó durante un segundo y se rió de su propia idea. - Dile que es como si tú le arrancases el sujetador en directo, ya verás cómo te ganas al público.

En la pantalla, el gurú dijo algo que no pude oír y las cámaras enfocaron al público mientras se reía.

- Muy bien, ¿esa tipa quiere guerra? Vamos a ver qué más información sacamos de su abuela...

Apreté el botón del móvil y dejé de grabar. Tenía bastante para demostrar que eran unos farsantes. Le envié el vídeo al teléfono que me había pasado Carlos antes del programa y guardé el móvil. No había venido por eso. No solo al menos.

- A ver, tú - continuó la mujer. - Pregúntale más trapos sucios a la abuela de la doctora, vamos a acabar de humillarla. Y mira a ver si eres capaz de encontrar a alguien que pueda decirnos algo de esa Lola de María, no me fío un pelo, está muy callada.

- No... - respondió otra voz en el interior del camerino. Había dos voces y solo un cuerpo, no me salían las cuentas. - Sus padres están muertos, pero soy incapaz de invocar a sus espíritus, se resisten.

- ¡Pues los traes a la puta fuerza! ¿No eras la mejor médium de España? Pues controla a esos espíritus y oblígales a venir. - la ayudante levantó una esfera de cristal del tamaño de una pelota de tenis hasta ponerla frente a su cara. En su superficie pulida, un rostro cansado se reflejaba. No era el suyo. - ¿O quieres que devolvamos tu querido Cristal del Futuro a la caja donde la encontramos durante otros veinte años?

- Suéltala. - dijo otra voz en el interior del oscuro camerino. Era la mía, pero aún así me sorprendió. Había arruinado el factor sorpresa solo por hacerme sentir la heroína defensora de almas. Típico de mí.

- ¿Quién cojones? - la mujer se giró, intentando esconder la esfera tras ella. - ¿Qué haces aquí? ¡Esto es una habitación privada!

Pude ver en la pantalla de televisión un primer plano del Sacrosanto Gurú. Su rostro se descompuso tras oír a su ayudante por el pinganillo que ocultaba en alguna parte de su turbante.

Señalé el reflejo asustado de la vieja médium que se mostraba en la esfera de cristal.

- Libera a Doña María.

- ¿O qué?

Me abalancé sobre ella a modo de respuesta. Desgraciadamente, sin mi factor sorpresa y con mis nulas habilidades para el combate cuerpo a cuerpo me esquivó con facilidad. Caí sobre la mesa derribándola y acabé aterrizando en el suelo. La ayudante aprovechó mi despliegue digno de las tomas falsas del Circo del Sol y me dio una patada en las costillas que me hizo ver las estrellas. Me abracé a mí misma en posición fetal y comencé a balbucear mientras la ayudante seguía insistiendo con su pie en mi costado.

- ¿Quién coño eres? -patada - ¿Te crees que puedes venir a mi camerino e intentar calzarme una hostia? - patada - ¿A mí? - patada - ¿A la Jessica?

- No intentaba pegarte - solté entre lágrimas. Realmente si lo había intentado. Para una vez que me encontraba a un enemigo de mi talla y parecía ser cinturón negro en palizas callejeras. Mascullé entre dientes. - Solo quería agarrarla aprovechando de que eras imbécil...

- ¿Qué coño me has llamado? - la mujer me levantó de la chaqueta y me acercó a su desquiciada cara, que tenía aspecto de ser la pesadilla de ciertos polígonos. Aproveché la cercanía para reventarle el Cristal del futuro en la cabeza.

- Imbécil. - repetí amablemente.

EMO
NON·SEQUITUR
PARABELLUM

- Me has robado mi Multímetro Ambiental. - me alegré de saber su nombre, estaba empezando a quedarme sin sinónimos de cacharro para definir a ese cacharro.

- Y te lo he devuelto, sólo te lo he cogido prestado. - me defendí. La doctora Inés Arteaga me miraba con incredulidad ante mi descaro. Yo le sonreí inocente. Su compañero de despacho nos miró con el mismo interés con el que presenció mi robo dos días antes y volvió la mirada a su pantalla.

- Me lo has devuelto roto. - gruñó mientras volvía a colocarle la tapa de nuevo tras haber hecho una operación rápida a circuito abierto.

- Tú misma acabas de decir que solo ha sido una sobrecarga. Solo has tenido que cambiar un.. de esos. - Señalé un montón de esos que tenía en la mesa. Eran como una cosa, pero más bien parecían un cachivache.

- Me da igual. Me lo robas, me lo rompes... ¿Y ahora quieres que te ayude?

- No, no, no... - La interrumpí. - No vengo a pedirte ayuda, vengo a ofrecértela. ¿No quieres desenmascarar al Gran Gurú que te jodió la vida?

- No me jodió la vida, simplemente me dio un mote nuevo.

- Inecia. - asentí. Su compañero de despacho dejó escapar una sonrisa, delatando que realmente estaba más pendiente de lo que parecía. La doctora dejó escapar un suspiro mientras encendía el Multímetro. Intenté tirar de otro hilo. - Además, ¿no tienes curiosidad por saber cómo hemos sobrecargado tu Multímetro? Imagina qué clase de poder espiritual puede hacer que...

- ¡No me vengas con chorradas! Es hiper sensible, está calibrado para captar débiles cambios electromagnéticos generados por espíritus. Un simple teléfono móvil podría sobrecargarlo.

Mi teléfono móvil aprovechó ese momento para sonar avisando de un mensaje. Era Arancha, preguntando si había convencido a la Doctora Inecia para que trabajase con nosotras.

La observé, mientras miraba su humeante cacharro con gesto de frustración.

“Estoy en ello”, respondí.


Carlos Armesto nos debía un par de favores a mí y a Arancha: algún minotauro en su casa, algún novio secuestrado, algún fantasma pirómano en su boda... Pero me gustaba pensar que si nos había ayudado esa noche era por que ya nos unía una amistad.

Y no era fácil ser su amigo. No porque resultase una persona difícil, lo contrario. Era un amigo atento, encantador y con el que siempre podías contar. Pero ante las cámaras se transformaba en un monstruo despiadado capaz de alimentarse de sus víctimas, o al menos de su humillación en directo. Ver cómo atacaba a la hija de un torero con palabras ácidas capaces de corroer hormigón chocaba con la idea del sonriente anfitrión que no se cortaba a la hora de llenarnos las copas de su vino más caro.

Su programa no tenía nada que ver con el de Armanda a la tarde. Tenía presupuesto, tenía audiencia, tenía buen horario. Era consciente del esfuerzo que tuvo que hacer para hacer un hueco a los tres invitados. El Gran Gurú no se lo pensó cuando fue llamado por Armesto, era el siguiente paso en su meteórica carrera. La Doctora Inecia había alcanzado fama en Internet gracias a su humillación, había costado convencerla, pero desenmascarar al gurú era suficiente motivación. Arancha estaba nerviosa en su asiento, recordando su última aparición ante las cámaras. Le debería un favor muy grande a Carlos, después de eso.

La pausa publicitaria estaba a punto de acabar tras diecisiete minutos contados usando los dedos de la mano. Me preparé tras la puerta que daba paso al plató. Entre las sombras, detrás de las cámaras, el único lugar donde me sentiría cómoda en el circo en el que me encontraba.

La señal se encendió, el público aplaudió y dieron paso a las fieras. Desde mi puesto en la lejanía se oían los latigazos que proporcionaba Carlos, la entereza con la que los lidiaba el Gran Gurú, los gritos nerviosos de la Doctora Inés y la calma fingida de Doña Lola de María. Me hubiera gustado ver el resultado de la conversación, pero yo tenía otros deberes.

Encendí el Multímetro Ambiental siguiendo los pasos que me había indicado Inés. Observé la única aguja que sabía interpretar tras sus explicaciones. Si su teoría era correcta, indicaría cualquier actividad espiritual. Desde el rastro de los múltiples espíritus que conviven con nosotros, hasta las pequeñas incursiones que hacía Arancha. La aguja, en teoría, era capaz de detectar la energía ambiental que los espíritus que nos rodeaban iban dejando. La aguja nunca bajaba de 0.01, los espíritus, los percibiésemos o no, siempre estaban ahí.

La aguja marcaba 0.

No había espíritus, no había energía residual. O bien el Multímetro se había estropeado una vez lo había tocado con mis torpes manos, o no había ningún espíritu cerca.

Arancha había sido incapaz de ver ni un alma la última vez que se encontró con el gran Gurú. El Multímetro tampoco detectaba nada, confirmando mis sospechas. No había ningún espíritu cerca. Algo los había llamado.

Comencé a caminar por el pasillo y seguí observando la aguja. Inerte. Inmóvil. Husmeé el cacharro por si olía a quemado indicando que me lo había vuelto a cargar, pero la luz parpadeaba, indicando que aún funcionaba. Seguí andando y lo agité fuertemente. Una de las piezas en su interior comenzó a rebotar, si no me lo había cargado hasta ahora, por fin lo había logrado.

Un pitido.

Observé la aguja, colocada ahora en el otro extremo, inmóvil. Giré sobre mis pies y volví de nuevo al plató. En cuanto avancé unos metros la aguja volvió a caer al 0. No estaba roto, había detectado una señal. Retrocedí corriendo y el medidor comenzó a dar botes de alegría sobre su máximo y a piar pitidos. Había encontrado a los espíritus y, por la insistencia del Multímetro, estaban todos juntos tras la puerta a la que había llegado. Por confirmar, pegué el cacharro a la pared y una voluta de humo indicó que había vuelto a sobrecargarlo.

Los espíritus estaban detrás de la puerta. Todos, a juzgar por la reacción del Multímetro.

Levanté la mirada y leí el nombre que esperaba leer.

Gurú Vivek Manish. Camerino.

EMO
NON·SEQUITUR
PARABELLUM

Iba a ser una tarde muy divertida.

El Sacrosanto Gurú Vivek Manish me saludó con un gesto lento y pausado y una sonrisa que ocupaba el ochenta por ciento del ancho de su ancha cara. Su ayudante, una mujer oriental con ropajes parecidos a los del gurú se despidió de mí sin decir ni una palabra en todo el trayecto de la puerta a su habitación. Cabía la opción de que no hablase mi idioma, lo cuál hacía aún si cabía más meritorio su trabajo de recepcionista. Me despedí de ella con un gesto de la cabeza y miré a su jefe, que pareció responderme con un movimiento similar.

- Namasté - me saludó con un gesto de las manos difícil de interpretar. Un saludo hindú, coherente con el personaje que se había construido. No tenía mucho mérito, el yoga había convertido al Namasté en el nuevo hola en según qué círculos. Probé a ver cómo de lejos llegaba respondiéndole en el mismo idioma.

- Namaskar - le respondí con una sonrisa sincera. Si mi conocimientos lingüísticos le sorprendieron, fue capaz de esconderlos tras un su acolchado rostro.

- ¿Viene buscando consejo sobre su futuro, o sobre su pasado?

- Debería usted saberlo, ¿no? - me reí tontamente.

El Gurú sonrió ante la broma y me señaló amablemente uno de los futones del suelo donde me senté torpemente, sin perder mi tonta sonrisa, fascinada por la ecléctica decoración que ofendería a religiones e interioristas por igual.

- Viene usted a que le hable de su pasado.- Aseguró mientras se sentaba frente a mí con la calma que dominaba todos sus movimientos.

- Vaya, pues sí. -dejé escapar una carcajada - ¿Va a ser todo así? ¿Es así de bueno?

- Ha pagado por el mejor, señorita Méndez.

- Por favor, llámeme Esther. - le corregí amable. Iba a ser una tarde muy divertida.


Los preliminares fueron aburridos. El gurú había aprendido en la misma escuela que mi mejor amiga, y rellenaba minutos enteros con psicología básica, palabras vacías e historias inverosímiles pero imposibles de contrastar. Cobraba por horas, si realmente usaba algún tipo de poder, lo reservaba para el final. Si no lo usaba, sería todo lo que me llevaría por el increíble precio que le había pagado.

El gurú, tras acabar de contar una historia sobre una vida pasada que involucraba el robo de un queso, hizo una pausa más larga aún de lo habitual. Veintitrés segundos de pausa que yo pagaba a doscientos la hora. El muy cabrón.

- Tengo la suerte de tener un don sobrenatural, señorita - comenzó a hablar al fin. Su sonrisa pareció apagarse ligeramente, pero seguía ahí, con otras intenciones. - Pero soy humano. Con lo cual, respondo a la pregunta que me ha hecho, aunque no sea en voz alta.

- Oh. - mostré asombro divertida - ¿Qué pregunta?

- Se me puede engañar, como a todo humano. Usted misma lo ha hecho. - Arqueé una ceja fingiendo que fingía sorpresa. - Pero ni usted puede engañar a los espíritus.

- Dependerá del espíritu concreto... - bromeé en bajo. Ignoró mi comentario y siguió hablando, mirándome a los ojos.

- Usted no se llama Esther Méndez, no ha venido a que le hable de su pasado. Ha venido a investigarme. A probarme. - se levantó, señalándome. Borré la sonrisa bobalicona de mi cara y le devolví un rostro serio. Ya no tenía que fingir que era la alegre Esther. - Muy bien, le demostraré que realmente los espíritus me hablan, le demostraré que sus mentiras no importan en el plano del más allá. Y usted podrá contárselo a sus lectores.

Incliné la cabeza y arqueé una ceja haciendo de contrapeso. El gurú se tomó mi gesto como una victoria.

- Ah. Claro que sé para quién trabaja. Sé que es usted periodista. Que su verdadero nombre es Alba Salazar. Que ha venido aquí para intentar demostrar que soy un farsante. Que odia a la gente que dice hablar con los espíritus porque de pequeña vio uno y nadie le creyó. ¿Sabría un farsante todo eso sobre usted, señorita Salazar?

Me quedé en silencio unos caros segundos. Me relajé en el asiento y le devolví la sonrisa. No era el divertido rostro de Esther, era el afilado gesto de Alba. Me había quitado la máscara de un personaje, pero debajo aún llevaba otra. El gurú decía que al plano espiritual no se le podía engañar. No tenía ni puta idea. Estaba siendo, como había imaginado, una tarde muy divertida.

- He de reconcer que no, señor Pinilla - si él me había arrebatado una máscara yo, que al menos en la parte de investigadora había acertado, haría lo mismo con él. - Un farsante no podría saber eso.

Volvió a sentarse en su asiento, satisfecho.

- ¿Le importa ahora que le haga unas preguntas? - le miré sin cambiar el rostro. - Al fin y al cabo le he pagado para eso.



- Te confirmo que es Manuel Pinilla, el hijo de Doña María Pinilla.

Arancha torció el gesto como esperaba que hiciese. Doña María Pinilla y su Cristal del Futuro fue una célebre médium en los años noventa y mi amiga se había criado con ella al otro lado de la radio. Fue una referente para su profesión y, aunque nunca me lo había llegado a confesar, estaba convencida de que el María de su nombre falso era un sentido homenaje a su ídola.

Que su hijo la hubiese humillado en directo profundizaba en la herida.

- No prodiga mucho el nombre de su madre, pero tampoco se ha dedicado a ocultarlo, me costó poco investigarlo y no dudó en confirmarlo cuando le pregunté. Dice que de ella adquirió los poderes. Luego mintió un buen rato sobre de dónde ha obtenido sus conocimientos espirituales y sus múltiples viajes a Asia. Creo que lo más al oriente que ha estado es en Menorca, pero realmente se le da bien contar cuentos. - Arancha asintió y apuró el café ya frío mientras la ponía al día. - Pero al menos ya sabemos una cosa, realmente tiene el poder de hablar con los espíritus. Si no no se hubiese tragado la bola de que yo era Alba Salazar, periodista. Ese espíritu amigo tuyo ha cumplido su parte del trato, y le ha dado información falsa.

- Lo sé, lo sé... - Arancha tenía algo en la cabeza. Yo había ido a contarle lo que había averiguado, pero por su gesto parecía que era ella la que tenía información. - Pero el mismo espíritu también me ha contado otra cosa.

- ¿El qué?

- Que él no ha hablado con el Sacrosanto Gurú de Mis Sacrosantos Cojones. -escupió con rabia Arancha. - Que Pinilla es incapaz de hablar con los espíritus.

- ¿Entonces cómo narices le ha llegado la información falsa?

- Te tengo que pedir otro favor, Verónica.

EMO