En cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012 te avisamos de que esta página usa cookies. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso. ¿El qué? Más info
NOTICIAS
Para celebrar que llevamos quince añitos juntos, me apetecía asomarme por una ventana a ver qué estaba haciendo nuestro sexteto favorito, seguro que a más de uno también le hace la misma ilusión que a mí.
Y de paso añadir que, gracias a vuestro apoyo constante, vuestros comentarios, vuestros saludos en convenciones, vuestras peticiones de firmas a joder, vuestra manera de adelantaros siempre al guión... gracias a vosotros, seguiremos viéndonos por muchos años más.
NOTICIAS
Desde que acabó el sexteto estoy aprovechando la tira de los viernes para hacer experimentos. exoNáufraga salió de uno de ellos, luego probé suerte con los relatos y escribí el capítulo de Ya no llueven gominolas (que, como buen experimento, me ha gustado, pero ya veré qué haremos con él) y ahora toca probar con otro formato más: Quiero ser youtuber, que es donde está la pasta.

Digo.. Historiador, quiero ser historiador.

Durante los viernes de Febrero, empezando mañana mismo, iré subiendo a mi canal de youtube una nueva serie de vídeos: Rehaciendo Historia. ¿De qué va a ir? Os lo explico en el primer vídeo:

A finales de febrero, viendo qué tal ha funcionado, decidiremos qué hacer con esto, por el momento, yo me he echado una risas grabándolo.
GOMINOLAS

Pit Arañahuesos trepó por la suave y resbaladiza corteza del árbol de algodón y buscó refugio entre sus blancas y mullidas hojas. Arrancó un trozo del suave material, se escupió en las heridas y se las frotó como había visto hacer a los Blondos alguna vez. Las heridas le ardieron y Pit emitió unos chillidos similares a los de un tenedor haciendo el amor a una pizarra. Cuando lo que la fea criatura acabó lo que entendía por primeros auxilios, se sentó en una de las ramas y se permitió descansar.

Por fin se permitió que una sonrisa se dibujase en su cara, mostrando un número de dientes que incluía decimales. Tras el pequeño momento de victoria Pit sacó su bolsita. El Ec la olisqueó y su sonrisa creció aún más, ocupando una porción excesiva de su rostro.

Leer Más
GOMINOLAS

Lorenza, Matamata y El Americano observaron el interior del armario, donde una gruta estrecha parecía llevar a un mundo de donde provenían alegres tintineos y olor a pastel recién hecho. Los tres mercenarios mantuvieron un profesional saludo, que solo la mujer rompía de vez en cuando con algún exabrupto malhablado.

Finalmente Matamata decidió que si su cerebro no iba a comprender del todo lo que estaba viendo, era mejor preguntar por las cosas que sí podría comprender.

- ¿Qué sabemos de... esto? - inquirió el exlegionario.

- Mecagonlaputa - aderezó Lorenza.

Leer Más
GOMINOLAS

Salvini fue el primero en llegar a la mansión y fue el primero de los tres mercenarios en ver el armario que hacía las veces de puerta a un mundo fantástico. El secretario de Don Ibáñez pudo observar lo que podría pasar por un gesto de genuina sorpresa, algo inaudito en el rostro de El Americano. El curriculum del hombre decía que éste había trabajado para la CIA estadounidense, para el antiguo DAS colombiano y para el CNI -aunque no aclaraba si el de México o el de España-. El mismo curriculum también decía que una de sus mejores habilidades era la manipulación y el engaño, así que bien podía ser todo mentira. Aún así, lo que nadie dudaba, era que Carlos Salvini tenía experiencia en todo tipo de territorios.

Sin embargo, lo que tenía en frente, era completamente nuevo. Y le fascinaba.

Leer Más
GOMINOLAS

Damián Corto, ventimuchos o treintaypocos, agente de la Guardia Civil, estaba nervioso. Tenía motivos más que de sobra para estarlo. Eran las cinco de la mañana y se encontraba calado hasta los huesos en una patrullera que navegaba las peliagudas aguas cantábricas en la oscuridad. El mar tenía el color del petróleo, pero no su densidad. La superficie era afilada y espumosa y el barco bailaba a la falta de compás de las olas.

Se aferró a su arma esperando que le aportase tranquilidad, pero la muy egoísta hizo lo contrario. Le recordaba que no era un paseo en barco, no era una patrulla normal, era una misión. Su primera misión. La primera en el mar. La primera en la noche. La primera en la que era esperable encontrar hostiles.

El Agente Damián cambió de postura. El chaleco antibalas, el cual esperaba que no tuviese que hacer las veces, además, de chaleco salvavidas, le apretaba. A la vez le venía grande. Miró al resto de agentes, más experimentados a la hora de disimular los nervios que él. Su sargento, cincuentaytantos, moreno, piel curtida, viendo la expresión del joven, le colocó la mano en el hombro de manera tranquilizadora.

Fue inútil. Había alguien más en el barco que intranquilizaba a Damián. No pudo evitar mirarlo. Su sargento le corrigió con la mirada.

- No está aquí. - le recordó su superior. Oficialmente en la patrullera no iba ningún civil armado. Y mucho menos él. Pero era difícil obviar su presencia.

La presencia le devolvió la mirada a través de sus gafas de sol, a pesar de que la noche aún cubría el mar. Damián sintió un escalofrío y optó por volver a mirar a la negra superficie del mar, mucho más misericorde.

El Americano, entre treinta y sesenta años, complexión normal, tez morena, camisa hawaiana, gafas de sol y un flotador de patito, volvió a otear en la oscuridad buscando su objetivo con una sonrisa en la cara. Los demás agentes se esforzaban por igual para evitar mirarlo. No estaba allí. Un civil, especialmente alguien como él, no podía participar en la misión. No estaba dándole órdenes al timonel sobre cuándo girar o qué dirección tomar. No podía ser cierto que le avisase al sargento de que estaban a punto de llegar a su objetivo. No oficialmente.

Leer Más
GOMINOLAS

Pit Arañahuesos se había ahorrado muchas bofetadas en la cara por el asco que daba tocarle. Su rostro inhumano era una jauría de desafortunados rasgos. La nariz, torcida para ambos lados se movía temblorosa cada vez que se ponía nervioso, olisqueaba el aire o simplemente respiraba. Las enormes orejas eran perfectamente asimétricas y presentaban una notable cantidad de agujeros, algunos con pendientes y otros sin ellos. La silueta de su dentadura se asemejaba a una irregular cordillera maloliente. Y así el resto.

Pit Arañahuesos no era humano, pero eso no era excusa.

Leer Más
NOTICIAS
No es crowdfunding del todo, pero eso no quiere decir que no haya recompensas...
Si llegamos a 150 pedidos de exoNáufraga, todas las preventas vendrán con un mapa del planeta MelanieB, cuidadosamente cartografiado por la CPU, y "mejorado" por M4R.

¡Exclusivo para los que lo pilléis en preventa! Tenéis hasta el viernes que viene, recordad.

Podéis hacer click en la imagen para verlo en grande:


NOTICIAS

Por fin las historias de nuestra náufraga favorita del planeta Melania B van a dar el salto al papel. Tras varios días redibujando y maquetando, la historia completa de exoNáufraga está preparada para salir a imprenta. Y vosotros podéis haceros con ella. Ya mismo.




En lugar de un crowdfunding, he optado por hacer una preventa, muy parecido en espíritu, pero mucho más corto y fácil ¿Por qué? Estoy preparando el crowdfunding de Parabellum3 y quiero hacerlo bien. Por eso necesitaré algo de tiempo, así que para no dejaros sin nada de dinero en la carterque leer, he sacado esta minicampaña para enviaros los ejemplares pronto. La preventa finalizará el 6 de diciembre, y ese día cerraré la tienda online hasta Enero, para evitar la campaña de Navidad y que en Correos me miren mal si me presento con 50 sobres que no llegarán nunca.


Estoy preparando además, como buen mini crowdfunding, material extra exclusivo para la preventa, en cuanto me den presupuesto y pueda confirmarlo, iré anunciándolo, ¡estad pendientes!


La portada es diferente a la que algunos habéis visto, mil veces mejor a la que enseñé ayer gracias a la mano de Anamarek, como se ve en la siguiente recreación de los hechos:



MOVIDAS

Ahora que hemos acabado la aventura de Parabellum, y mientras sigo preparando la siguiente historia para los viernes, he pedido a los Patreons que me ayudasen a crear una historia entre todos. Yo les hacía preguntas, ellos respondían, y con eso escribía un relato. Estas son las preguntas:

¿En qué país ocurre?

Me pido prime! En Rusia!

 daniel pozo

¿En qué siglo ocurre?

Siglo 16

 Carlos Rodriguez Fernandez

¿Qué profesión tiene el primer personaje?

Orfebre!

 Jon Sanchez

¿Qué problema tiene el segundo personaje?

Es tartamudo

 Luis Angel Renes Diez

¿De qué material está hecho el objeto por el que discuten?

De antimateria :D

Carlos Puyuelo Rosas

Te odio, Puyu

Morán

¿Qué explota?

La revolución

 Kaigosha



Y este es el resultado:


La Anticorona


Hacía semanas que los estallidos metálicos de los cañones habían sustituido a los de las campanas a la hora de dar la hora en Moscú. Las enormes armas patrullaban las murallas del palacio con su andar de araña de acero, disparando automáticamente a cualquier atacante que se pusiese a tiro.

Fieles a la Zarina, los autómatas mantenían a raya a la revolución. Por desgracia para la autoproclamada dirigente pero por suerte para el Movimiento Del Pueblo, las pesadas armas no podían salir de palacio, limitándose a contener a el Pueblo en el lado correcto del palacio, siendo este preferiblemente el de fuera.

El Pueblo no tenía problema con su posición y esperaba calmado. Las hambrunas, los expolios, los duros inviernos rusos habían curtido su paciencia hasta convertirla en un duro cuero que cubría su piel con indiferencia. Podían esperar. Con la mayor parte del ejército sublevado, el tiempo estaba de su parte, el asedio podía alargarse todo lo que quisieran los del interior de palacio, al fin y al cabo, eran ellos los que pasarían hambre. Por una vez.

La Zarina Ana Ana Anastasia irrumpió en el taller del orfebre real de una patada en la puerta. La patada, obviamente, había sido delegada en uno de sus imponentes cosacos golem, que derribaron la puerta sin esfuerzo. Daba igual, había muchas puertas en el palacio, lo que no había era tiempo.

- ¿Ha... - La Zarina Ana Ana Anastasia pudo ver como la autoridad de su violenta entrada desaparecía en cuanto intentó pronunciar la primera palabra. No quería salir. Estaba ahí, la notaba, la podía ver, pero su cuerpo se negaba a dejarla escapar tan fácilmente. Apretó los dientes, dejó escapar un suspiro que recordaba a los servos hidráulicos de sus cañones, y volvió a intentar acabar la frase - ¿Has conse... - un esfuerzo más - ...guido acabar la corona?

A pesar de su tartamudeo, su elegante y amenazadora porte, entrecomillada por un regimiento de cosacos golem, dejaban clara su autoridad. La patada en la puerta había sido por asegurar.

El orfebre real la miró. No negaba dicha autoridad, pero tras años de gritos y amenazas, se había acostumbrado a ella. Se permitió el lujo de toser cubriéndose con un pañuelo durante varios segundos, bajo la impaciente mirada de la Zarina. Al acabar, observó con tranquilidad el pañuelo. Esta vez no había sangre. Buena señal.

- Su alteza, - comenzó el orfebre. - Me temo que aunque mi vida durase muchos años más, no tendría tiempo para dar por finalizado su último encargo.

- Podemos adel... - la Zarina tragó saliva. De nuevo las palabras volvían a traicionarle en el interior de su gargante, partiendo su amenaza en dos - ...adelantar dicha fecha si... lo prefieres. ¿No has ac..cabado la anticorona?

- Por supuesto que sí, majestad. - el orfebre señaló con desdén una de las mesas de su taller, la única que no estaba iluminada, a pesar de que varias velas ardían a su alrededor. Algo en su centro se comía la luz. - Ha sido extremadamente complicado y he tenido que usar cinceles de vacío para grabar los últimos detalles de la joya de antimateria, pero la corona está teóricamente terminada.

La Zarina se acercó a la nueva obra de su orfebre con pasos tan apresurados como impropios de una dama de su alcurnia. Sonrió al verla de cerca y sus dientes nacarados devolvieron un brillo de colores que no tenían cabida en el arco iris. Si pudo refrenar su impulso de ponérsela en el acto, fue gracias a la experiencia. Las inestables joyas de su orfebre eran tan poderosas como impredecibles, y aún conservaba un corte en su mano derecha debido a un brazalete tallado en luz que se escapó entre sus dedos.

- ¿Es...? - la zarina dudó. - ¿Es segura?

El orfebre dejó escapar una carcajada tan sincera que uno de los golems llevó su mano a la espada ante tamaña afrenta a su dueña.

- Su alteza. - comenzó el orfebre tras su arrebato. - Mi salud aún no se ha recuperado tras haber trabajado con el colgante de plutonio del que le hice entrega hace un año. Su poder es inmenso, y gracias a él, su alteza ha conseguido mantener al ejército de los Co-reyes teutones en cintura. La energía de dicho elemento puede alimentar a su magia y a la de su ejército al menos durante diez años más. - el orfebre dudó, y se calló la observación de que todo eso seguiría ocurriendo solo si el colgante no decidía explotar arrasando el Palacio. - Y todo esto gracias a una simple piedra que brilla. Lo que hay contenido en la joya de esa corona es... es algo completamente diferente.

- Parece una simple piedra que brilla. Pero en lugar de brillar en verde, lo... lo hace en azul. - masculló la Zarina con tanto desdén que las palabras salieron casi sin tropezarse.

- No, no, su alteza, no se equivoque. - corrigió a la zarina el orfebre con la tranquilidad de alguien que está a una tos muy fuerte de la tumba. - Esto no es una piedra que brilla. Es, de hecho, todo lo contrario.

- ¿Una piedra que no... brilla?

- No, no. Es justo lo contrario a una piedra. Es lo opuesto a una piedra.

La Zarina, cuya reservas de paciencia habían sido diezmadas tras varias semanas de asedio, arqueó una ceja, logrando que varios de sus cosacos frunciesen el ceño simultáneamente. Decidió ahorrarse las explicaciones de su molesto orfebre.

- ¿Generará energía suficiente como para.. para elevar a mis ejércitos?

- Si no explota arrasando Moscú, seguramente sí. Pero es inestable, demasiado. Está engarzada en cadenas de vacío, pero si una de esas cadenas se rompe, si acumula demasiada energía, o si toca la joya que contiene la antimateria, liberará demasiada energía. Ni siquiera su alteza podrá contenerla.

En ese momento, la Zarina Ana Ana Anastasia se percató que su eficiente pero descarado orfebre se había introducido tan sutilmente al otro lado de la injuria, que hasta ese momento no había notado lo cerca que estaba de la traición. Su posición le había conferido demasiado tranquilidad, pero no podía permitir que un simple trabajador, por muy hábil y especializado que fuese, se tomase tantas licencias.

Además, si la corona funcionaba tan bien como le había prometido en sus cálculos iniciales, no volvería a necesitar de su ayuda.

Un par de cañonazos en el exterior le recordó que si no funcionaba, tampoco la necesitaría.

Sin dudarlo, y con una fluidez de movimientos que resultaba la envidia de su discurso hablado, agarró la corona y la sustituyó por la suya propia, hecha de simple coral fundido. En cuanto el nuevo adorno se aferró a su cabeza, pudo notar su poder.

La energía que generaba la antimateria, el potencial que se escondía en el interior de la joya, preparado e incluso ansioso de ser liberado, era inconcebible. Su colgante de plutonio era una simple baratija en comparación de lo que podría hacer con esta nueva fuente de poder.

- Su alteza, se lo ruego, tenga cuidado, un poder así no debería estar en...

- ¿Dónde debería estar tanto poder, si no es en mi... - las palabras osaron volver a atascarse, y esta vez en frente de tan descarado plebeyo. - ...mi ca... - La impotencia se transformó en rabia, y ésta logró que las palabras aún se resistiesen más. La Zarina comenzó a gritar, roja- ¡...mi puta cabeza!

El orfebre dio un paso atrás. La joya de la anticorona hizo lo contrario a brillar, tornando las luces en sombras y las sombras en luces durante unos segundos. Había sido mala idea. La joya no estaba preparada para la Zarina, y mucho menos al revés.

Por su parte, el acceso de rabia de la Zarina logró desatar parte del potencial de su nuevo y poderoso adorno. Pudo sentirlo. Una fuente de poder descomunal, incomparable a nada que había notado en sus más de trescientos años de vida. Su orfebre se equivocaba. Podía con ella, podía controlarla. No había poder que la cabeza de la Zarina Ana Ana Anastasia no pudiese doblegar. Y si su orfebre había decidido contrariarla, era un gran momento para demostrarle que se equivocaba. Por todo lo alto.

La Zarina levantó el dedo lentamente, a la misma velocidad que se dibujaba una sonrisa en su rostro. A la vez que lo hacía en el rostro de todos los cosacos golem que la escoltaban.

El orfebre dio otro paso atrás, pero tras ver el rostro decidido de la hechicera, calculó que sería el último. También calculó que una muerte rápida acabaría con él mucho con más misericordia que la enfermedad que le estaba comiendo desde dentro. Cerró los ojos y aceptó el injusto pago que la Zarina estaba a punto de ofrecerle.

La hechicera escogió el hechizo, accedió a la inmensa fuente de poder que se escondía en su nueva anticorona y pronunció las palabras mágicas que pondrían fin a su relación comercial.

- Expectorrask... - la última letra se negó a salir. Su problema de dicción se burlaba de nuevo de ella, impidiendo que algo tan sencillo como unas palabras mágicas saliesen de su boca sin problema. Intentó comenzar de nuevo, pero no podía. El hechizo ya había empezado. Había que acabarlo.

Apretó la lengua, pero la última letra se negó a salir, y la Zarina comenzó a enfurecerse. La energía de la joya seguía brotando, acumulándose en el hechizo vertiginosamente. Su rabia solo aceleraba el proceso, y esto a su vez la enfurecía metiéndose en un bucle que cargaba sus dedos de magia a niveles en exceso peligrosos hasta para ella.

Y la maldita letra seguía sin salir.

Ana Ana Anastasia sintió, por primera vez desde hacía ciento cincuenta años, miedo. La energía seguía saliendo a borbotones de su corona, con un caudal que ninguneaba al vómito de un volcán. Podía notar la punta de sus dedos arder con magia. Podía notar los bordes de su aura comenzar a carbonizarse. Podía notar su colgante de plutonio resquebrajarse. Podía notar la última letra de su hechizo negándose a salir. Aferrada. Clavando sus afiladas garras en las paredes de su garganta.

Solo necesitaba decir una letra, y sus problemas, su irrespetuoso orfebre y su molesta revolución se acabarían de una vez por todas.

Lo intentó una vez más.


Un humeante cañón de bronce cayó del cielo ante la indiferente mirada de Velinda, deshaciendo la nieve a su alrededor. Velinda lo observó con curiosidad, sin saber que lo que estaba viendo era el trozo más grande que quedaba del Palacio de Moscú, tras una explosión tan lejana que el sonido se había confundido con el de un simple trueno de una tormenta.

En la superficie del cañón aún se podía distinguir el escudo del ahora extinto reinado de la Zarina Ana Ana Anastasia, pero Velinda no tenía los suficientes conocimientos heráldicos como para distinguirlo. No tenía manera. Velinda vivía en un pueblo aislado, nunca había tenido relación alguna con ningún Zar ni otro miembro de la realeza. Y mucho menos de Moscú, tan lejos como quedaba de su pueblito en un valle de los Pirineos.

Velinda mugió y siguió pastando, indiferente.