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MOVIDAS
parabellum - ¿Dónde están las llaves? (I) · 30/03/2015

¿Dónde están las llaves?


00:15

 El trasgo chillaba babeante, con los ojos enrojecidos y los dientes amarillentos, o los ojos amarillentos y los dientes enrojecidos, no recuerdo. Completaba su horrible aspecto con una piel escamosa y reptiliana, plagada de verrugas. Definitivamente su cara ya era horrible antes de que se la reventase de una patada.

La criatura salió volando del impacto mientras su voz se apagaba, de manera casi cómica.

- ¡No te lo diremo-! - Un golpe metálico sustituyó la última letra de su palabra, e imaginé que había aterrizado contra uno de los contenedores que formaban estrechas y tortuosas calles en el muelle de carga del puerto.

Los otros trasgos, giraban a mi alrededor, a más de una pierna de distancia de mí. Se movían rápido, y de manera errática. Usaban las sombras de los potentes pero lejanos focos que iluminaban el puerto por la noche para confundirme, y era incapaz ni siquiera de contar cuántos había. Solo podía contar el número de brillantes ojos que me observaban y dividirlo entre dos. Me salían decimales.

- ¡No te lo diremos! - gritó otro antes de lanzarse sobre mi de un salto. Me lo quité de encima antes de que otros viesen que atacarme era posible y lo imitasen. Demasiado lenta como para evitar que arrancase un trozo de mi camiseta de un mordisco.

Valoré la situación. Siendo yo más bien bajita y no especialmente fuerte, la mayoría de criaturas a las que me solía enfrentar podían derrotarme en cuarpo a cuerpo, así como más de la mitad de la humanidad. Por eso mi norma era ser más lista, más sutil o más sigilosa que cualquiera. En caso de emergencia o aburrimiento también valía sacar mi Glock y liarme a tiros.

Pero los trasgos eran una excepción, una excepción que cubría también goblins, duendes y demás criaturas demasiado similares como para molestarme en distinguirlas entre sí. Su naturaleza mágica consigue que resistan las patadas en la cara con bastante facilidad, y su naturaleza hija de puta logra que se las merezcan.

No era buena peleando, y siempre evitaba el conflicto directo con bestias capaces de hacer todo tipo de cosas con mi humano y mortal cuerpo. Pero ir a interrogar a trasgos era lo más parecido a ir al gimnasio que me permitía mi horario.

- ¡Decídmelo! - dije mientras usaba el trasgo que acababa de atacarme como arma para golpear a otro. - O tendré que haceros daño.

Uno de los trasgos debió llegar a la conclusión de si que golpearle con uno de sus compañeros no era hacerle daño, lo inteligente sería no estar ahí cuando me apeteciese hacérselo, así que huyó corriendo con sus cortas patitas, mientras yo seguía interrogando a sus compañeros. El ruido de sus pequeños pasos desapareciendo rápidamente tras un contenedor del puerto logró sacarme una sonrisa. Eran criaturas patéticas y ridículas, y durante un segundo me sentí culpable por abusar de esa manera de ellos, pero eran el mejor punto de partida de cualquier investigación, y ahora mismo lo único que tenía.

Sin ir más lejos, al llegar al puerto cinco minutos antes pude ver como descargaban alguna caja cuyo contenido aún no había logrado averiguar. Con probabilidad algún artefacto mágico de algún panteón, o un cargamento de algo que no debería haber salido de donde salía, y mucho menos llegar hasta donde había llegado. Para demostrar su inocencia, los trasgos dejaron todo lo que estaban haciendo y se lanzaron de cabeza a por mí.

Si algo turbio había pasado en el inframundo de Barcelona, la banda de trasgos del puerto lo sabían, y probablemente estaría involucrada en ello, así que una visita social podía proporcionarme algo de información y algún que otro mordisco.

Además, golpearles era tan putamente divertido...

Pero llegó el momento en que dejó de serlo. Un par de golpes sordos de fondo me aclararon el misterio del contrabando, cuando el trasgo cobarde volvió a lomos de algo que parecía un ogro señalándome ante su primo mayor como un chivato de colegio. La pelea se volvía interesante, y eso era lo último que me apetecía.

- ¡Ésa! ¡Ésa! - gritaba.

- ¡Empezaron ellos! - me defendí de las acusaciones, mientras medía a mi nuevo adversario con la mirada, cansándome a mitad de camino. El monstruo avanzaba con pasos lentos pero que hacían vibrar los contenedores metálicos que nos rodeaban con un tembleque metálico, atemorizados.

Los demás trasgos huyeron, temerosos de su primo el mayor, mientras sus gruñidos graves y amenazantes hacían que me retumbase el pecho y se me erizase el vello de la nuca, señales que tiene el cuerpo humano para indicarte que no deberías estar donde estuvieras, y que un placer haber trabajado contigo.

El orco posó bajo la luz de unos de los focos del puerto justo antes de desaparecer en la sombra de un contenedor. De manera instintiva miré hacia arriba, viendo como la enorme caja que proyectaba la sombra colgaba de una de las grúas. Uno de los trasgos la había usado antes de mi interrupción en su trabajito, y ahora se balanceaba sobre un cable justo encima del orco, de manera tentadora. Era mi oportunidad, saqué mi pistola, y apunté con mucho cuidado.

Descargué seis tiros sobre una de las rodillas de la criatura, la cual aulló y se acabó desplomando en el suelo, aplastando al trasgo que la dirigía. Menos espectacular pero mucho más sencillo y efectivo que disparar a un cable a diez metros de altura, la verdad.

- Muy bien. Ya me habéis cansado. - miré a los trasgos que me quedaban, demasiado cobardes como para pelear, demasiado valientes para huir. - ¿Me vais a decir ahora dónde cojones están las llaves?


01:25

En las noches de luna llena, en mi profesión, todo el mundo se vuelve un poco más loco. La magia se dispara, los hombres lobo se dejan llevar y una de cada dos sectas intenta sacrificar a alguien.

Pero podía ver por dónde caminaba sin despeñarme, algo era algo.

El mar sonaba de fondo, adormilado, mientras yo avanzaba despierta cerca del acantilado, con un ojo en el suelo y otro en una runa solar que llevaba conmigo. La runa estaba agotada, sin magia, y no servía para iluminar, pero en la oscuridad de la noche su tenue brillo servía para confirmar que había magia cerca.

Hacía más de media hora que había dejado el coche atrás y seguía caminando fuera de cualquier camino delimitado, con cuidado de no tropezar con las afiladas piedras costeras o caerme por el acantilado. Pero estaba cerca, la runa solar brillaba con más fuerza, indicándome que estaba captando algo de magia residual, y con esa información no tardé en encontrar el sitio exacto que buscaba.

Desde lejos su aspecto era tan poco característico como cualquier matorral de los otros cincuenta que me había encontrado hasta ahora, así que opté por asegurar que era el sitio que buscaba acercando la runa, la cual asintió parpadeando levemente.

Guardé de nuevo la piedra en el bolsillo y metí el pie cuidadosamente en el medio del arbusto, el cual pareció no ofrecer ningún tipo de resistencia material y me dejó atravesarlo como si fuese un holograma. Había encontrado la ilusión que guardaba la cueva, ahora solo tenía que infiltrarme con cuidado, y descender a su interior sin alertar a su habitante.



- Joder ¿tú? - dijo la muchacha del pelo negro y el tatuaje en el hombro, mientras me miraba con fastidio. - ¿Qué coño quieres ahora, Parabellum?

Seguí tosiendo y escupiendo agua durante un minuto más, arrancando en el proceso trozos de mi garganta, que ardían por la sal. Cuando recuperé la respiración y el aire llenaba mis pulmones de nuevo, sustituyendo al medio océano que había entrado segundos antes, repasé mentalmente lo ocurrido. Había tardado solo dos pasos en apoyarme en una roca más resbaladiza de lo esperado y la cueva en la que intentaba infiltrarme sigilosamente me tragó, haciéndome rebotar contra las paredes hasta caer en el centro de la laguna que guardaba en su interior. Mi sigilo desapareció al ritmo de la música producida por mi cráneo contras las paredes, ante la sorpresa de su habitante, que tuvo que sacarme de ahí antes de que bebiese más agua de mar de la recomendable.

Marisol me dio la espalda mientras yo peleaba por quitarme la ropa mojada que se pegaba a mi cuerpo. Cogió un mando a distancia envuelto en plástico de una mesita que había en la orilla del agua y volvió a subir el volumen del sistema de música que rodeaba la cueva. Los acordes metaleros de alguna canción hicieron retumbar la cueva de nuevo, con una acústica envidiable. No tenía muy claro de dónde sacaba la electricidad, pero Marisol había conseguido en esta cueva apartada de todo el mundo un apartamento que, aunque húmedo, le daba mil vueltas al mío. Además del sistema de música y una pantalla plana, había muebles bien escogidos, con un estilo moderno que aún así casaba con las piedras llenas de líquenes y moluscos. La luz de un par de lámparas iluminaba el interior de la cueva, reflejándose en el agua que parecía calmarse tras mis chapuzón e iluminando una vivienda que poseía todo lo que se suponía que debería tener.

Excepto retrete, noté por primera vez.

La laguna dejó de tener ese aspecto bucólico desde ese mismo momento.

La sirena salió del agua y se secó con una toalla mientras su cola se dividía y adquiría la forma de unas largas piernas humanas. Se puso la toalla alrededor de la cintura, por costumbre más que por modestia, y enchufó un secador a uno de los alargadores que colgaba de una pared.


- Ven. Sécate el pelo. - indicó con un gesto - Y más te vale que tengas una buena razón para haber venido sin avisar, si no quieres que te tire de vuelta al agua atada al secador.

- Te he avisado, pero no te llegan los mensajes - me defendí. La actitud hostil no funcionaba con la sirena fanática del metal - No tengo la culpa de que no tengas cobertura en tu casita de la playa.

- Y yo no tengo la culpa de tener que vivir escondida del mundo, y que la compañía de teléfono no llegue hasta mi cueva, Parabellum. - respondió con desgana. Me miró mientras empezaba a extender mi ropa mojada en una mesita de madera, con intención de secarla - ¿Me has traído pilas?

Saqué de mi mochila mojada una bolsa de plástico cerrada, había sido suficientemente previsora y sabía que una visita a Marisol tenía ciertas posibilidades de acabar en el agua. Le pasé la bolsa a la sirena, que la miró con media sonrisa.

- Está bien... Esto es la única razón por la que te saco del agua cada vez que te veo. ¿Qué quieres?

- Los trasgos me han dicho que sabes algo de unas llaves desaparecidas...

Marisol arqueó una ceja pero evitó mirarme, mientras desenvolvía el paquete. Sabía algo, y se acababa de dar cuenta que yo ahora sabía que lo sabía. O algo así.

- Puede que... - dudó - haya visto algo en el paseo marítimo. Pero me conoces mejor que eso. La gente como nosotros tenemos que cuidarnos de... la gente como vosotros. No voy a empezar a compartir contigo todo lo que vea o deje de ver. - Marisol frunció el ceño al desenvolver el paquete - ¿Son de las pequeñas? Sabes que no uso de las pequeñas, siempre te pido pilas de las grandes.

- Eso es porque todavía sigues escuchando música un Disc-Man, Mar. - Saqué otro paquete de la mochila. Y se lo pasé - Son para esto. Tienes que modernizarte.

-¿Qué?

- Un reproductor de MP3, acuático, pensado para nadadores. Puedes escuchar música mientras das tus paseos marítimos. Me he permitido meterte un par de discos de Nightwish. Killian me dijo que te gustaban.

- ¿Killian? ¿Qué pinta Killian en todo esto?

- Tiene muchas ganas de recuperar sus llaves, Mar.

- ¿Son de él? Tenías que haber empezado por ahí...


2:42

 



En otras circunstancias me gusta conducir de noche. Poco tráfico, toda la carretera para mí, un silencio cómodo, que es raro de encontrar al volante para alguien que vive en una ciudad como Barcelona... Pero hoy llevaba la camiseta y el pelo aún mojado, un bañador de mi novio que llevaba en el coche sustituyendo mis tejanos, y perseguía una moto que había logrado por tercera vez echarme de la carretera. No era mi paseo más relajante.

La gravilla y la arena rebotaban en los bajos de mi Seat, mientras yo meditaba sobre el poder de decisión del ayuntamiento de Barcelona, y los motivos por los cuales alguien había cobrado dinero por pagar dinero a alguien para enviar a alguien a plantar un árbol en el terraplén que acompañaba en paralelo la carretera de la costa. Y cómo si no hubiese apretado el freno hasta el máximo hubiese enviado al garete el trabajo de tanta gente, así como mi carrera y la de mi coche.

Arranqué de nuevo huyendo del arcén tan rápido como huía de mí la gravilla que proyectaban mis ruedas y volviendo a la carretera por tercera vez. Salirme de la carretera tres veces era tentar a la suerte demasiado, así que me vi obligada a replantearme la estrategia de ataque.

Mi Seat de tres puertas no era un vehículo grande, pero sí que era mayor que la motocicleta en la que huía Manos Largas. Aún así, cada vez que me acercaba lo suficiente, el cabrón usaba sus poderes telekinéticos para dar un volantazo a mi coche y evitar que lo derribase echándome de la carretera. Lo cual, dicho sea de paso, no era bueno para el coche, para mi paciencia, ni para mi GPS, que recalculaba la ruta cada vez que descubría que me había independizado del plan nacional de carreteras.

Por suerte, su motocicleta petardeaba en la lejanía. No solo el vehículo era lento, además su conductor le iba a la zaga, y había escogido huir de mí en una carretera secundaria, en lugar de meterse en la ciudad y darme esquinazo por cualquiera de sus calles. Cada vez que lo perdía de vista, el rugido de caniche que era su motor sonaba a lo lejos, indicándome por dónde seguirlo por si el hecho de que la carretera no tuviese ninguna desviación no fuese lo suficiente.

Volví a apretar el acelerador y no tardé ni un minuto en ver una luz roja a lo lejos. Manos Largas era buen ladrón gracias a que su telekinesis le permitía no utilizar ni sus manos ni su cabeza para llevar a cabo sus trabajos. Desgraciadamente para él esto había atrofiado su cerebro lo suficiente como para ni siquiera molestarse en apagar la luces para intentar librarse de mí.

Aproveché una recta para acelerar, confiando en que, de haber un radar de carreteras, a estas horas estuviese durmiendo, y no tardé en alcanzar a Manos Largas, el cual se giró asustado en su moto al oírme acercarme tan rápido.

El motorista separó una de las manos del manillar de la moto, apuntándome. Para ser precisos, giró su brazo y su chaqueta de manga larga, mientras su guante seguía pegado al manillar. La naturaleza, que había proporcionado telekinesis al ladrón, lo había intentado compensar con unos brazos diminutos que no llegaban al codo de su chaqueta. Conocía pocos hijos de puta mayores que el que había convencido a Manos Largas de usar ese sobrenombre.

Me miró mientras le adelantaba, amenazándome con la mano. Por lo que sabía necesitaba apuntar para concentrar su telekinesis, por suerte para mí, esta vez mantuve más distancia que su radio de acción, y no podía volver a toquetear mi volante. Pero sabía que si intentaba derribarlo me acercaría demasiado y me volvería a echar. Para darle más emoción a mi izquierda esta vez no había un terraplén, si no el Mediterráneo, oscuro como el petróleo, preparado para recibirme si en cualquier momento a mi coche le apeteciese un chapuzón.

Manos Largas me seguía apuntando con una mano mientras yo le adelantaba, amenazante sin dejar de mirarlo con el ceño fruncido. Le devolví el favor y tras cambiar de marcha para alejarme de él le enseñé que mi mano también sabía hacer trucos, mientras le mostraba para ser exactos el de “mi dedo del medio comunica mis sentimientos”.

Tras acabar de adelantarlo, volví al carril, y en cuanto tuve a la motocicleta detrás, apreté el freno a fondo.

Cerré los ojos mientras esperaba el golpe y, tras oírlo de manera casi satisfactoria y notar la sacudida en el coche, pude ver como una figura humanoide me adelantaba dando vueltas por el aire, y desaparecía tras ser iluminado fugazmente por las luces delanteras de mi Seat.

Me bajé del coche tranquilamente y observé con verdadera curiosidad. El cuerpo de Manos Largas flotaba a un palmo del suelo, bocabajo, mientras aún aterrado concentraba todo su poder en seguir evitando impactar contra la carretera, a pesar de que lo había logrado hacía rato ya. Aproveché para sentarme de un salto encima de él y la sorpresa de mi peso hizo que finalmente aterrizase dejando escapar un gritito.

Una vez cómoda sentada encima de sus costillas, con sus pequeños pero poderosos bracitos atrapados bajo su cuerpo, e iluminados por las luces de mi coche, saqué la pistola y una sonrisa, y amenacé con ambas al ladrón.

- Me vas a decir a quién le has vendido las llaves ¿verdad, Jaime? No tengo toda la noche...


5:06


Puede que yo tuviese el pelo y la ropa aún mojados y que el frío de las cinco de la mañana se ayudase de los trozos de hielo repartidos por todo el suelo de la lonja para provocar que ni siquiera la adrenalina de la acción lograse que entrara en calor.

Puede que además estuviese perdiendo la pelea. Y esta vez ni mi Glock, usada como último recurso tantas veces que me debería plantearme por qué no era el primero, me iba a servir de ayuda. La tenía en la mano, sí, pero tanto ella como el arma estaban atrapadas dentro de un pequeño bloque de hielo que me llegaba hasta el antebrazo. Incapaz de mover ni siquiera el gatillo, mi mejor arma y mi mejor brazo estaban inutilizados.

Puede que la risa maníaca de mi adversaria me perforase los oídos. Además, su tono no indicaba megalomanía, o locura, como solía ocurrir en estas situaciones. No. La cabrona se estaba despollando de mí.

No, cada vez que recuerdo esa noche lo primero que me viene a la mente, por encima de todas esas cosas, era el pútrido olor a pescado pasado que me envolvía, mientras yo intentaba salir de un contenedor nadando entre kilos de peces que ningún pescadero en su sano juicio había querido comprar.

Normal que esa zorra se riese de mí.


La Poderosa Dama del Frío, maga elemental de categoría tres, experta en poder controlar y crear hielo a su antojo, y pescadera de Martes a Viernes, me había vencido. Al menos el primer asalto. Por suerte, tan poco estaba acostumbrada la mujer a conseguir victorias en su vida, que su sorpresa fue superior que la mía, lo cual me dio un respiro.

Aproveché que La Poderosa Dama del Frío, o María Encarnación, como se llamaba de día, había transformado su risa de superioridad en una sincera carcajada al comprobar que había caído en doscientos kilos de tripas de pescado y conseguí salir del contenedor. En el momento que saqué medio cuerpo me desplomé de cabeza al frío y húmedo suelo, y volví a atreverme a respirar. Mala idea. Demasiado cerca del contenedor, y aún con varios trozos de pescado pegados a mi cuerpo como asquerosos gusanos hechos de gelatina y espinas. La bocanada de aire fresco que esperaba se convirtió en una cata de aromas de cosas que llevan demasiado tiempo muertas. Ni siquiera la arcada que conseguí reprimir me parecía tan asquerosa como el aire que me envolvía.

Encarnación me las iba a pagar.

Golpeé el brazo congelado contra el suelo, pero el hielo estaba pegado a mi piel, agarrado a ella con mil alfileres que se me clavaban cada vez que lo intentaba mover. Ardía. Era hielo y ardía. Me hubiese parado a apreciar la ironía, pero Encarnación había dejado de reirse, y volvía a preparar hechizos con sus regordetas manos, con la misma facilidad con la que limpiaba una merluza.

Dos luces brillantes pasaron cerca mío, y tuve la suerte y la agilidad de esquivarlos a tiempo. Impactaron en la pared estallando como copos de nieve, congelando al momento el embaldosado, que crujía ante el brusco cambio de temperatura.

Encarnación siguió lanzando hechizos mientras yo corría esquivándolos, saltando finalmente tras el mostrador de uno de los puestos de la lonja. El aterrizaje no fue nada suave, y el suelo, lleno de un agua nada incolora, inodora o insípida no logró frenarme hasta que acabé bruscamente en la pared.

Maria Encarnación volvió a estallar en carcajadas, como si en lugar de una experimentada detective de lo paranormal mi trabajo fuese la de una payasa de circo. Hasta yo tuve mis dudas. Por suerte, mi cerebro me dio un respiro y tuvo una idea.

Volví gateando hacia el mostrador y lo usé para atrincherarme, mientras las carcajadas de la hechicera se acercaban, a la vez que apaciguaban. Agarré con mi única mano disponible la manguera que usaban para limpiar el puesto y salí de mi parapeto disparando un chorro de agua a la cara de Encarnación, que sorprendida solo pudo reaccionar de la manera más básica que se le podía ocurrir a un mago. El ataque de magia congelante chocó con el potente chorro de la manguera, convirtiendo las inofensivas gotas de agua en un improvisado granizo que chocó repetidas veces con su cara.

Aprovechando que el parte meteorológico no había avisado a Encarnación de la inesperada tormenta que arreciaba en el tercio norte de su cara, golpeé con toda la fuerza que pude a la mujer con el bloque de hielo que era mi mano. Un sonoro crujido producido en parte por el hielo rompiéndose en parte por su cráneo, retumbó en las paredes embaldosadas de la lonja, arrojándola un metro hacia atrás.

Mi pistola, liberada por fin del hielo y de mi mano, salió volando, aterrizando en cajas de sardinas en mal estado, conviertiéndose en el tercer objeto más letal del montón donde había caído. Solo pensar en volver a acercarme a uno de esos asquerosos pescados hizo revolverme el estómago, pero Encarnación aún no estaba fuera de combate, y aunque no estuviera segura de que la Glock o mi mano derecha funcionasen tras haber sido congeladas, eran mi única opción.

Me acerqué deprisa hasta donde había aterrizado el arma, y haciendo de tripas corazón, metí la mano en la caja, encontrando tripas, corazones, y finalmente el metálico tacto de mi única salida.

Levanté la pistola, apuntando a Encarnación con la mano izquierda, y me quedé clavada en el sitio. La hechicera no solo se había levantado, si no que concentraba olas de magia alrededor de sus manos, mientras tanto éstas como el resto de su cuerpo se convertían en hielo.

La mujer empezó a crecer, mientras el hielo trepaba por sus extremidades. Su cuerpo rechoncho ahora se convertía en una mole de hielo y amenazantes témpanos. Se reía, pero ya no de mí. Finalmente había aprendido y se reía como una maníaca henchida de energía. Había infravalorado a la hechicera, y aunque pensé en que debería actualizar mis fichas sobre ella valoré el gesto como inútil. En sus ojos pude ver que solo una de nosotras saldría de ahí.

- ¡Devuélveme las llaves! - grité alzando el arma - ¡No te pertenecen!

- ¡Ni de coña! - su voz cavernosa retumbó por todas las paredes de la lonja, y durante un segundo, los peces bailaron, en un gesto de fingida mortalidad. - ¿Sabes el poder que puedo conseguir con ellas?

El monstruo de hielo que hasta hace un momento había sido una señora rechoncha de cincuenta años, me miró, con una luz blanquecina que brillaba en donde deberían estar los ojos.

Sin pensarlo más, apreté el gatillo.


Por supuesto, no funcionó.


6:26

-¿Y qué coño ocurrió? - preguntó Killian, que había escuchado mi relato con fingido interés, motivado por agradecimiento a haber recuperado sus llaves y especialmente por el alcohol.

- Resbaló nada más dar un paso, y al caer al suelo se hizo añicos.

El irlandés me miró incrédulo. Su gesto dejaba ver que hacía un esfuerzo, pero no logré adivinar si era para evitar reírse o para hacerlo. En ninguno de los dos casos le salió del todo bien. El final de mi encarnizada lucha con Encarnación había tenido un final tan anticlimático, que lo habría lamentado si no fuese por que era yo la que había salido viva. Además había recuperado las llaves.

Era probable que tardase en recuperar la sensibilidad de mi mano derecha unos cuantos días. Y tras el chapuzón en casa de la sirena y la pelea entre hielo, mi nariz atascada evolucionaría sin duda en una gripe. Por suerte, esto implicaba que mi olfato estaba inhabilitado, lo cual me ahorró al menos en parte seguir oliendo a tripas de pescado, a pesar de que el aroma tardaría en írseme más que las quemaduras por congelación o el resfriado.

Para rematar, mi coche ahora tenía un bollo en la parte trasera con forma de la cara de un ratero que se lo pensaría dos veces antes de volver a apropiarse de lo ajeno.

Había sido una noche completita, y por eso ni siquiera me preocupaba que ya estuviera amaneciendo, y yo siguiese en el bar.


El Rainbow's Arse era el mejor antro de Barcelona para la gente como yo. Y por suerte, en toda la ciudad solo había una persona que era como yo en ese momento. Por norma, el pub Irlandés estaba frecuentado por criaturas mitológicas, muertos vivientes, demonios, y en general cualquier persona que tuviese o pudiese fingir un aspecto humano, a pesar de no serlo. Muy diferente de otros bares que solían tener humanos que no lo parecían. Pero a estas horas, casi de día, sólo estábamos su dueño y yo.

El bar parecía muy diferente con la luz del día empezando a entrar por la verja entrecerrada de la puerta, iluminando mesas vacías y botellas llenas con un tono naranja que hacía juego con el rojo de las paredes, o de la cara de Killian. El clurichaun también parecía muy diferente por el día a su aspecto habitual. Había tenido mala noche, se le veía en la cara. Normalmente, la criatura, un primo cercano y más alcohólico de los leprechauns irlandeses era un pelirrojo cabronazo y gruñón que bebía dos veces su peso en el tiempo que yo podía tomarme una pinta. Hoy no. Tras el robo de sus llaves, Killian no había podido disfrutar de la vida como solía hacer, y se limitó a beber lo que solía beber, pero sin pasárselo bien.

Había cerrado el bar hacía ya horas, y había echado más pronto de lo habitual a la clientela, labor para la que no dudó en usar una escopeta y un par de exorcismos. Llevaba, por lo que podía adivinar, horas en la misma postura, abrazado a su copa favorita, que no dudaba en vaciar y llenar con velocidad sobrenatural.

Puse las llaves en la mesa y por fin pareció darse cuenta de mi presencia. Sus ojos brillaron, y pude ver un gesto de mala hostia en su cara, lo cual, en el caso de Killian, se podía considerar su posición de descanso.

- ¡Mecagon la puta, Verónica! ¿Por qué mierdas has tardado tanto? ¡Estaba de los putos nervios! - La mitad del vocabulario que el pelirrojo enano sabía balbucear con su ligero acento irlandés y su fuerte acento a cerveza eran tacos. La otra mitad insultos. En ese momento me di cuenta que todo lo que le había contado había caído en un barril sin fondo, lleno de cerveza.

Suspiré, mientras Killian cogía las llaves, y bajaba de un salto del taburete desde el que solía atender a su clientela.

- Acompáñame, te lo has ganado.

Apuré la cerveza que el camarero me había servido en un ataque de generosidad insólito, y le acompañé a la parte de atrás del bar. Tuve que agachar la cabeza para no darme contra el marco de la puerta a pesar de que yo tampoco era la más alta de la clase. La habitación contigua al bar, protegida por un cartel que rezaba PRIVADO y seguramente por algún hechizo defensivo, estaba hecha a la medida del clurichaun, o lo que es lo mismo, a media medida mía.

Cuando dejé de observar la habitación, Killian me hizo un gesto de que me quedase quieta, mientras buscaba entre el llavero que le acababa de entregar una llave concreta.

- La hechicera decía que las llaves guardaban un enorme poder - comenté casi casualmente. El dueño delRainbow's Arse no era precisamente conocido por ser poderoso, al no ser que lo midiésemos en miligramos de alcohol por litro de sangre. La curiosidad de saber qué guardaban esas llaves me motivaba tanto como el dinero que me iba a pagar por recuperarlas. En mi trabajo había visto espadas encantadas, hechizos preparados, objetos malditos... Ninguno de ellos me encajaban. No, Killian era más práctico.

- ¿Poder? Claro que sí. - añadió casi riéndose, mientras se metía en una habitación más pequeña, haciendo uso de una segunda llave. - Algo tan poderoso que Manos Largas intentó robarme. - oí de nuevo una llave dentro de la habitación donde se había metido. La curiosidad me llamaba, pero asomarme sería como meter la cabeza en la madriguera de un tejón rabioso. - Algo por lo que mataría hasta a la mismísima Poderosa Dama del Frío. - Otro ruido de llaves y una enésima puerta abriéndose sonó dentro de la habitación, y un brillo dorado iluminó levemente la pared, por encima incluso de la luz del sol que se colaba por una rendija en la ventana. - Conozco pocas criaturas que no se sientan tentadas por este... poder que tú dices - las puertas volvieron a cerrarse, mientras el clurichaun salía de su agujero. - Ni siquiera tú, Verónica.

- ¿Qué quieres decir? - pregunté curiosa, mientras me arrojaba algo brillante.

- Dinero. Eso es el poder que guardan estas llaves. Algo que tú quieres, que todos queremos. Algo tan poderoso que mueve el mundo. Puto dinero.

Miré lo que me había lanzado Killian. Una moneda de oro, cinco dólares americanos, de 1879.

- Tu sueldo, Verónica. Con eso podrás arreglar el coche, curarte el resfriado y pagarte siete duchas, las necesitas. - El cabrón me había escuchado, en el fondo.

Miré la moneda en mi mano. Tenía que ser valiosa. La olla de oro que guardaba el clurichaun al final del arco iris no almacenaba baratijas.

La apreté en mi mano, notando el dolor aún en las articulaciones atenazadas por el frío. Me daba igual. Killian había compartido conmigo parte de su poder.

El dinero. Algo por lo que la gente estaba dispuesta a robar, matar, o morir. Había una lección filosófica muy profunda ahí.

Pero yo estaba muy ocupada pensando en qué me lo iba a gastar.