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MOVIDAS
parabellum - El fantasma de Media Tarde I · 09/08/2019

El fantasma de Media Tarde I


El fantasma del goblin salió correteando por las calles de Teruel, yo comencé a perseguirlo en cuanto pude salir del museo en llamas.

Pero eso no era importante. Lo importante era lo que estaban poniendo en la tele en ese momento.


Armanda a la tarde era un programa de verano venido a más, que había sobrevivido Septiembre y parecía intentar buscar su espacio no caducifolio en la parrilla televisiva. Como formato, era igual de original que la mayoría de programas de media tarde. Como contenido era peor, y ahí radicaba su éxito.

Era un programa lleno de entrevistados a los que les hacían preguntas que le venían varias tallas grandes, lleno de famosos de cuarto y mitad de pelo. Solo la lengua ácida que contenía la engañosamente amable sonrisa de Armanda espoleaba la cantidad de morbo suficiente como para que el programa destacase lo justo para no ser podado por el share.

Era el tipo de programas que yo ni odiaba, porque apenas me enteraba de su existencia. A esas horas prefería quedarme frita en el sofá de mi despacho mientras animales de la sabana pastaban para mi deleite. O, en otras ocasiones, echaba la tarde persiguiendo goblins translúcidos escaleras abajo. Dependía mucho del día.

Pero ese programa en concreto lo vi. Entero. De cabo a rabo. En diferido a través de la web, varias horas después del asunto de Teruel en casa de mi amiga Arancha, pero lo vi. Por que esta vez entrevistaban a alguien a quien quería ver.

La Doctora Inés Arteaga se sentó en uno de los asientos de invitados en cuanto Armanda la introdujo. Se le notaba nerviosa, a pesar de no ser la primera vez que se veía ante los focos del directo. Física, con un currículum lo suficientemente grande como para no poder adjuntarlo en un solo correo. Pero era otro el motivo por el cual la presentadora la había traído al programa: Inés era escéptica profesional.

Me había encontrado varios a lo largo de mi carrera como detective paranormal. Gente bienintencionada, dispuesta a demostrar que las leyendas como los fantasmas o los goblins no existían, usando datos y ciencia. Sus argumentos eran tan convincentes, que si no me estuviese mordiendo en ese mismo instante un goblin fantasma, hasta yo mismo me sentiría obligada a darles la razón.

Concretamente a la mujer, bajita, morena, gafuda, yo la había visto en un par de ocasiones, y me saltaban varias alarmas cuando hablaba de pruebas científicas para demostrar la no existencia de criaturas que a veces yo hasta llamaba amigos.

Pero no era ella a quien quería ver en la tele.

El Sacrosanto Gurú Vivek Manish fue el siguiente invitado de la lista. Otro frecuente de la pequeña pantalla cuya reciente fama lo había sacado de los horóscopos de las tres de la mañana y lo había catapultado a la mediocridad de la mediatarde. No era una buena catapulta, pero tampoco era la peor.

En su rostro, un desdén de suficiencia estudiado para recordarte que sabía algo que tú no sabías o peor aún, algo que sí sabías pero los demás no. Y pagarías lo que fuera por que siguiese así. Ropas tan discretas que parecía que se había peleado con una tienda de disfraces (con dudoso resultado), un turbante engarzado y unas gafas de sol de color vino. Tan recargado que resultaba casi imposible vislumbrar a la persona que se escondía tras el personaje.

Aún desconocía si la naturaleza de sus adivinaciones residía en algún truco barato o en un verdadero poder, pero no me fiaba un pelo de él, y era una persona a la que prefería tener controlada.

Tampoco era la persona por la cual estaba viendo el programa.

Doña Lola de María fue la tercera invitada en sentarse. También Medium, espiritista, le había leído la mano a famosos que Armanda desearía tener en su programa. Se sentó con una dignididad y una elegancia, que contrastaban con las de mi mejor amiga Arancha, mientras lloraba en su sofá, incapaz de ver el vídeo que tanto había insistido en que yo viese con ella. No parecían la misma persona, pero más allá del seudónimo, lo eran.

- No puedo verlo, Vero.

Era ella. Mi mejor amiga. La única razón por la cuál estaba viendo un programa sorprendentemente enervante para lo anodino que era. La única razón por la que estaba en ese sofá, esa misma noche, sentada a su lado, a pesar del mordisco que el hijo de puta del goblin fantasma me había dado en el culo.

Si alguien había hecho daño a mi amiga, lo iba a lamentar.

Y, si me sobraba tiempo, el goblin fantasma también.