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MOVIDAS
parabellum - El fantasma de Media Tarde III · 20/09/2019

Si se hiciese una peli de mi vida, preferiría que el robo que acababa de cometer no saliese. No por mantener una imagen pura de mí, a estas alturas sería un poco tarde. No me importaría que se viese la escena de El Hurto del Escarabajo Dorado del faraón de El Ferrol, o El Robo de Sangre de Vampiro (de la suya). Fueron pequeñas aventuras, pero con un toque interesante que una buena cámara y una actriz más alta que yo podrían convertir en épicas. El día que me colé en el despacho de la Doctora Inés y le robé su máquina que hace pitidos no valdría ni para un cortometraje. Fue demasiado fácil.

Cuando entré en la universidad con una caja vacía, nadie arqueó una ceja. El disfraz de mensajera era de los menos trabajados en mi repertorio. Consistía en mi ropa normal, un chaleco y cara de que no quería estar ahí y de que tenía que estar pronto en otros quince sitios donde tampoco quería estar. Sin embargo era de los más eficientes. Nadie te pregunta quién eres cuando tus pintas y tu actitud lo están gritando a los cuatro vientos. Y si lo hacen, un gruñido imposible de transcribir gráficamente es la única respuesta que necesitan. Demasiado fácil.

Pasé por los pasillos abarrotados de estudiantes y profesores que examinaban apuntes, notas, libros, portatiles y móviles, pero no observaban a ninguna detective. Busqué el piso donde se encontraba el despacho de Inés y subí las escaleras. De nuevo, demasiado fácil.

Observé su nombre en la placa al lado de una puerta. El último de cuatro en una placa fácilmente reemplazable. Alguien había escrito a rotulador Inecia sobre su nombre. Sentí lástima por la Doctora, pero había hecho llorar a mi amiga, así que abrí la puerta del despacho sin dudar.

Un tipo con auriculares levantó una ceja y me observó durante unos segundos. Leí de un papel que llevaba el nombre de la Doctora Inés Arteaga procurando pronunciarlo mal y con desgana. El hombre señaló su mesa y volvió al refugio de los auriculares. Me acerqué a su rincón en aquel despacho compartido. La más pequeña de las cuatro mesas. Libros, apuntes y extraños aparatos que no tenía ni idea de qué hacían, desordenados y tirados por encima. Notas con misteriosas runas e indescifrables ecuaciones desparramadas. La mujer era un desastre, y no parecía ni darse cuenta.

Me daba igual, el aparato que había ido a buscar reposaba sobre la mesa, arrebujado bajo un par de folios. Miré de reojo al tipo, que parecía enfrascado en la lectura. Cogí el aparato con cuidado de que no me viese y lo metí en mi caja vacía, sin dejar de vigilar al profesor adjunto que no levantó la cabeza en ningún momento. Demasiado fácil.

Levanté la caja y caminé lentamente hacia la salida. Fruncí el ceño cuando estaba a punto de cruzar la puerta. Estaba siendo excesivamente fácil.

- Eh. - dijo el profesor, mirándome atentamente. - ¿No dejas la caja?

- Le he dejado una nota de que estaba ausente. Tendrá que venir a buscarla a nuestra oficina. - respondí con desgana. Señalé al montón de papeles de encima de su mesa para validar mi mentira.

- Ah. Vale. - respondió olvidándose de mí antes incluso de que acabase mi frase.

Salí del despacho con el aparato dentro de mi caja. Salí de la universidad. Había resultado demasiado fácil. Tenía la sensación de que en cualquier momento el estúpido y sencillo plan se vendría abajo.

No lo hizo. No resultó ser demasiado fácil. Fue, simplemente, fácil.



- ¿Es el mismo aparato que usó en la tele? - preguntó Arancha en cuanto posé la máquina sobre la mesa. Era del tamaño de un portátil, pero disponía de un montón de clavijas, medidores y lucecitas. Tenía un acabado chapucero, hecho con las piezas sobrantes del taller de la universidad. Me parecía tecnológicamente sofisticado, aunque he de reconocer que con mis conocimientos de electrónica, cualquier cosa me lo parecía. El reloj de mi horno aún seguía parado a las 25:42 desde mi último intento de ponerlo en hora.

- Se parece, al menos. - intenté tocar un par de botones, pero Arancha me detuvo antes de que lo hiciese estallar. Me conocía bien.

- Ponme el vídeo en el ordenador, voy a intentar encenderlo como lo hizo ella en la entrevista. - me pidió.

- ¿Crees que lo usó para bloquear tus poderes?

Mi amiga gruñó. Aún no se había recuperado del ridículo en directo.

- No lo sé. - intenté reproducir el vídeo, pero cerré la ventana sin querer. Con un molesto suspiro, Arancha volvió a abrirlo y comenzó a imitar los movimientos de la mujer de la pantalla, apretando los mismo botones. El aparato comenzó a parpadear con una simple luz. - Vamos a averiguarlo.

La medium se sentó al lado y se concentró. No como lo hacía en la tele o delante de los clientes que quería impresionar. Se centró en su propia alma y la sacó de dentro con eficiencia, con el mismo esfuerzo y rapidez con el que yo solía sacar mi pistola.

El aparato comenzó a pitar, parpadear y a emitir ruidos de polluelo hambriento, intentando captar nuestra atención. Arancha lo miró, y los pitidos aumentaron en frecuencia, nerviosos.

- ¡Espíritus! - usó su voz de médium para captar la atención de las almas cercanas. - Acercaos a mí, por favor.

Puede que fuese su tono de voz, autoritario y amable. Puede que fuesen sus poderes. Puede que los espíritus, que se pasan todo el día vagando no tenían otra cosa mejor que hacer y para alguien que se dirigía a ellos con educación les parecía feo no responder. Varias almas se acercaron a la médium, o eso imaginé, siendo imperceptibles a mis sentidos. No. Según mis ojos, además de Arancha y yo en esa habitación no había ni un alma. Según los suyos, debía de haber mucha más gente.

Pero ella no era la única capaz de notar su fantasmal presencia.

El aparato comenzó a pitar desesperado hasta que una voluta de humo salió de su interior y cayó agotado por el sobreesfuerzo, apagando sus luces y cesando su molesto piar.

- ¿Lo has roto? - pregunté sorprendida por no haber sido yo quien lo hubiera hecho.

Arancha lo examinó con la mano, acariciando al moribundo artefacto que había dejado de pitar.

- Está claro que este cacharro no era lo que me estaba impidiendo alcanzar el plano espiritual. Parece más bien que solo servía para medir los interferencias con el plano astral...

- Ahora me siento mal por habérselo robado. - mentí.

- Pero al menos ya sabemos que no ha sido la doctora quien me saboteó en directo.

Mi amiga pareció triste, estaba convencida de que había sido ella quien la había dejado en ridículo en directo. Me levanté del sillón y le puse la mano en el hombro a mi amiga.

- Está bien, voy a hacerle una visita al Sacrosanto Gurú Vivek Manish. - la intenté animar con una sonrisa tranquilizadora. - ¿Qué quieres que le robe a él?