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MOVIDAS
parabellum - El fantasma de Media Tarde IV · 28/09/2019

Iba a ser una tarde muy divertida.

El Sacrosanto Gurú Vivek Manish me saludó con un gesto lento y pausado y una sonrisa que ocupaba el ochenta por ciento del ancho de su ancha cara. Su ayudante, una mujer oriental con ropajes parecidos a los del gurú se despidió de mí sin decir ni una palabra en todo el trayecto de la puerta a su habitación. Cabía la opción de que no hablase mi idioma, lo cuál hacía aún si cabía más meritorio su trabajo de recepcionista. Me despedí de ella con un gesto de la cabeza y miré a su jefe, que pareció responderme con un movimiento similar.

- Namasté - me saludó con un gesto de las manos difícil de interpretar. Un saludo hindú, coherente con el personaje que se había construido. No tenía mucho mérito, el yoga había convertido al Namasté en el nuevo hola en según qué círculos. Probé a ver cómo de lejos llegaba respondiéndole en el mismo idioma.

- Namaskar - le respondí con una sonrisa sincera. Si mi conocimientos lingüísticos le sorprendieron, fue capaz de esconderlos tras un su acolchado rostro.

- ¿Viene buscando consejo sobre su futuro, o sobre su pasado?

- Debería usted saberlo, ¿no? - me reí tontamente.

El Gurú sonrió ante la broma y me señaló amablemente uno de los futones del suelo donde me senté torpemente, sin perder mi tonta sonrisa, fascinada por la ecléctica decoración que ofendería a religiones e interioristas por igual.

- Viene usted a que le hable de su pasado.- Aseguró mientras se sentaba frente a mí con la calma que dominaba todos sus movimientos.

- Vaya, pues sí. -dejé escapar una carcajada - ¿Va a ser todo así? ¿Es así de bueno?

- Ha pagado por el mejor, señorita Méndez.

- Por favor, llámeme Esther. - le corregí amable. Iba a ser una tarde muy divertida.


Los preliminares fueron aburridos. El gurú había aprendido en la misma escuela que mi mejor amiga, y rellenaba minutos enteros con psicología básica, palabras vacías e historias inverosímiles pero imposibles de contrastar. Cobraba por horas, si realmente usaba algún tipo de poder, lo reservaba para el final. Si no lo usaba, sería todo lo que me llevaría por el increíble precio que le había pagado.

El gurú, tras acabar de contar una historia sobre una vida pasada que involucraba el robo de un queso, hizo una pausa más larga aún de lo habitual. Veintitrés segundos de pausa que yo pagaba a doscientos la hora. El muy cabrón.

- Tengo la suerte de tener un don sobrenatural, señorita - comenzó a hablar al fin. Su sonrisa pareció apagarse ligeramente, pero seguía ahí, con otras intenciones. - Pero soy humano. Con lo cual, respondo a la pregunta que me ha hecho, aunque no sea en voz alta.

- Oh. - mostré asombro divertida - ¿Qué pregunta?

- Se me puede engañar, como a todo humano. Usted misma lo ha hecho. - Arqueé una ceja fingiendo que fingía sorpresa. - Pero ni usted puede engañar a los espíritus.

- Dependerá del espíritu concreto... - bromeé en bajo. Ignoró mi comentario y siguió hablando, mirándome a los ojos.

- Usted no se llama Esther Méndez, no ha venido a que le hable de su pasado. Ha venido a investigarme. A probarme. - se levantó, señalándome. Borré la sonrisa bobalicona de mi cara y le devolví un rostro serio. Ya no tenía que fingir que era la alegre Esther. - Muy bien, le demostraré que realmente los espíritus me hablan, le demostraré que sus mentiras no importan en el plano del más allá. Y usted podrá contárselo a sus lectores.

Incliné la cabeza y arqueé una ceja haciendo de contrapeso. El gurú se tomó mi gesto como una victoria.

- Ah. Claro que sé para quién trabaja. Sé que es usted periodista. Que su verdadero nombre es Alba Salazar. Que ha venido aquí para intentar demostrar que soy un farsante. Que odia a la gente que dice hablar con los espíritus porque de pequeña vio uno y nadie le creyó. ¿Sabría un farsante todo eso sobre usted, señorita Salazar?

Me quedé en silencio unos caros segundos. Me relajé en el asiento y le devolví la sonrisa. No era el divertido rostro de Esther, era el afilado gesto de Alba. Me había quitado la máscara de un personaje, pero debajo aún llevaba otra. El gurú decía que al plano espiritual no se le podía engañar. No tenía ni puta idea. Estaba siendo, como había imaginado, una tarde muy divertida.

- He de reconcer que no, señor Pinilla - si él me había arrebatado una máscara yo, que al menos en la parte de investigadora había acertado, haría lo mismo con él. - Un farsante no podría saber eso.

Volvió a sentarse en su asiento, satisfecho.

- ¿Le importa ahora que le haga unas preguntas? - le miré sin cambiar el rostro. - Al fin y al cabo le he pagado para eso.



- Te confirmo que es Manuel Pinilla, el hijo de Doña María Pinilla.

Arancha torció el gesto como esperaba que hiciese. Doña María Pinilla y su Cristal del Futuro fue una célebre médium en los años noventa y mi amiga se había criado con ella al otro lado de la radio. Fue una referente para su profesión y, aunque nunca me lo había llegado a confesar, estaba convencida de que el María de su nombre falso era un sentido homenaje a su ídola.

Que su hijo la hubiese humillado en directo profundizaba en la herida.

- No prodiga mucho el nombre de su madre, pero tampoco se ha dedicado a ocultarlo, me costó poco investigarlo y no dudó en confirmarlo cuando le pregunté. Dice que de ella adquirió los poderes. Luego mintió un buen rato sobre de dónde ha obtenido sus conocimientos espirituales y sus múltiples viajes a Asia. Creo que lo más al oriente que ha estado es en Menorca, pero realmente se le da bien contar cuentos. - Arancha asintió y apuró el café ya frío mientras la ponía al día. - Pero al menos ya sabemos una cosa, realmente tiene el poder de hablar con los espíritus. Si no no se hubiese tragado la bola de que yo era Alba Salazar, periodista. Ese espíritu amigo tuyo ha cumplido su parte del trato, y le ha dado información falsa.

- Lo sé, lo sé... - Arancha tenía algo en la cabeza. Yo había ido a contarle lo que había averiguado, pero por su gesto parecía que era ella la que tenía información. - Pero el mismo espíritu también me ha contado otra cosa.

- ¿El qué?

- Que él no ha hablado con el Sacrosanto Gurú de Mis Sacrosantos Cojones. -escupió con rabia Arancha. - Que Pinilla es incapaz de hablar con los espíritus.

- ¿Entonces cómo narices le ha llegado la información falsa?

- Te tengo que pedir otro favor, Verónica.