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MOVIDAS
parabellum - El fantasma de Media Tarde V · 04/10/2019

- Me has robado mi Multímetro Ambiental. - me alegré de saber su nombre, estaba empezando a quedarme sin sinónimos de cacharro para definir a ese cacharro.

- Y te lo he devuelto, sólo te lo he cogido prestado. - me defendí. La doctora Inés Arteaga me miraba con incredulidad ante mi descaro. Yo le sonreí inocente. Su compañero de despacho nos miró con el mismo interés con el que presenció mi robo dos días antes y volvió la mirada a su pantalla.

- Me lo has devuelto roto. - gruñó mientras volvía a colocarle la tapa de nuevo tras haber hecho una operación rápida a circuito abierto.

- Tú misma acabas de decir que solo ha sido una sobrecarga. Solo has tenido que cambiar un.. de esos. - Señalé un montón de esos que tenía en la mesa. Eran como una cosa, pero más bien parecían un cachivache.

- Me da igual. Me lo robas, me lo rompes... ¿Y ahora quieres que te ayude?

- No, no, no... - La interrumpí. - No vengo a pedirte ayuda, vengo a ofrecértela. ¿No quieres desenmascarar al Gran Gurú que te jodió la vida?

- No me jodió la vida, simplemente me dio un mote nuevo.

- Inecia. - asentí. Su compañero de despacho dejó escapar una sonrisa, delatando que realmente estaba más pendiente de lo que parecía. La doctora dejó escapar un suspiro mientras encendía el Multímetro. Intenté tirar de otro hilo. - Además, ¿no tienes curiosidad por saber cómo hemos sobrecargado tu Multímetro? Imagina qué clase de poder espiritual puede hacer que...

- ¡No me vengas con chorradas! Es hiper sensible, está calibrado para captar débiles cambios electromagnéticos generados por espíritus. Un simple teléfono móvil podría sobrecargarlo.

Mi teléfono móvil aprovechó ese momento para sonar avisando de un mensaje. Era Arancha, preguntando si había convencido a la Doctora Inecia para que trabajase con nosotras.

La observé, mientras miraba su humeante cacharro con gesto de frustración.

“Estoy en ello”, respondí.


Carlos Armesto nos debía un par de favores a mí y a Arancha: algún minotauro en su casa, algún novio secuestrado, algún fantasma pirómano en su boda... Pero me gustaba pensar que si nos había ayudado esa noche era por que ya nos unía una amistad.

Y no era fácil ser su amigo. No porque resultase una persona difícil, lo contrario. Era un amigo atento, encantador y con el que siempre podías contar. Pero ante las cámaras se transformaba en un monstruo despiadado capaz de alimentarse de sus víctimas, o al menos de su humillación en directo. Ver cómo atacaba a la hija de un torero con palabras ácidas capaces de corroer hormigón chocaba con la idea del sonriente anfitrión que no se cortaba a la hora de llenarnos las copas de su vino más caro.

Su programa no tenía nada que ver con el de Armanda a la tarde. Tenía presupuesto, tenía audiencia, tenía buen horario. Era consciente del esfuerzo que tuvo que hacer para hacer un hueco a los tres invitados. El Gran Gurú no se lo pensó cuando fue llamado por Armesto, era el siguiente paso en su meteórica carrera. La Doctora Inecia había alcanzado fama en Internet gracias a su humillación, había costado convencerla, pero desenmascarar al gurú era suficiente motivación. Arancha estaba nerviosa en su asiento, recordando su última aparición ante las cámaras. Le debería un favor muy grande a Carlos, después de eso.

La pausa publicitaria estaba a punto de acabar tras diecisiete minutos contados usando los dedos de la mano. Me preparé tras la puerta que daba paso al plató. Entre las sombras, detrás de las cámaras, el único lugar donde me sentiría cómoda en el circo en el que me encontraba.

La señal se encendió, el público aplaudió y dieron paso a las fieras. Desde mi puesto en la lejanía se oían los latigazos que proporcionaba Carlos, la entereza con la que los lidiaba el Gran Gurú, los gritos nerviosos de la Doctora Inés y la calma fingida de Doña Lola de María. Me hubiera gustado ver el resultado de la conversación, pero yo tenía otros deberes.

Encendí el Multímetro Ambiental siguiendo los pasos que me había indicado Inés. Observé la única aguja que sabía interpretar tras sus explicaciones. Si su teoría era correcta, indicaría cualquier actividad espiritual. Desde el rastro de los múltiples espíritus que conviven con nosotros, hasta las pequeñas incursiones que hacía Arancha. La aguja, en teoría, era capaz de detectar la energía ambiental que los espíritus que nos rodeaban iban dejando. La aguja nunca bajaba de 0.01, los espíritus, los percibiésemos o no, siempre estaban ahí.

La aguja marcaba 0.

No había espíritus, no había energía residual. O bien el Multímetro se había estropeado una vez lo había tocado con mis torpes manos, o no había ningún espíritu cerca.

Arancha había sido incapaz de ver ni un alma la última vez que se encontró con el gran Gurú. El Multímetro tampoco detectaba nada, confirmando mis sospechas. No había ningún espíritu cerca. Algo los había llamado.

Comencé a caminar por el pasillo y seguí observando la aguja. Inerte. Inmóvil. Husmeé el cacharro por si olía a quemado indicando que me lo había vuelto a cargar, pero la luz parpadeaba, indicando que aún funcionaba. Seguí andando y lo agité fuertemente. Una de las piezas en su interior comenzó a rebotar, si no me lo había cargado hasta ahora, por fin lo había logrado.

Un pitido.

Observé la aguja, colocada ahora en el otro extremo, inmóvil. Giré sobre mis pies y volví de nuevo al plató. En cuanto avancé unos metros la aguja volvió a caer al 0. No estaba roto, había detectado una señal. Retrocedí corriendo y el medidor comenzó a dar botes de alegría sobre su máximo y a piar pitidos. Había encontrado a los espíritus y, por la insistencia del Multímetro, estaban todos juntos tras la puerta a la que había llegado. Por confirmar, pegué el cacharro a la pared y una voluta de humo indicó que había vuelto a sobrecargarlo.

Los espíritus estaban detrás de la puerta. Todos, a juzgar por la reacción del Multímetro.

Levanté la mirada y leí el nombre que esperaba leer.

Gurú Vivek Manish. Camerino.