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MOVIDAS
articulo - Ya no llueven gominolas II · 29/12/2019

Damián Corto, ventimuchos o treintaypocos, agente de la Guardia Civil, estaba nervioso. Tenía motivos más que de sobra para estarlo. Eran las cinco de la mañana y se encontraba calado hasta los huesos en una patrullera que navegaba las peliagudas aguas cantábricas en la oscuridad. El mar tenía el color del petróleo, pero no su densidad. La superficie era afilada y espumosa y el barco bailaba a la falta de compás de las olas.

Se aferró a su arma esperando que le aportase tranquilidad, pero la muy egoísta hizo lo contrario. Le recordaba que no era un paseo en barco, no era una patrulla normal, era una misión. Su primera misión. La primera en el mar. La primera en la noche. La primera en la que era esperable encontrar hostiles.

El Agente Damián cambió de postura. El chaleco antibalas, el cual esperaba que no tuviese que hacer las veces, además, de chaleco salvavidas, le apretaba. A la vez le venía grande. Miró al resto de agentes, más experimentados a la hora de disimular los nervios que él. Su sargento, cincuentaytantos, moreno, piel curtida, viendo la expresión del joven, le colocó la mano en el hombro de manera tranquilizadora.

Fue inútil. Había alguien más en el barco que intranquilizaba a Damián. No pudo evitar mirarlo. Su sargento le corrigió con la mirada.

- No está aquí. - le recordó su superior. Oficialmente en la patrullera no iba ningún civil armado. Y mucho menos él. Pero era difícil obviar su presencia.

La presencia le devolvió la mirada a través de sus gafas de sol, a pesar de que la noche aún cubría el mar. Damián sintió un escalofrío y optó por volver a mirar a la negra superficie del mar, mucho más misericorde.

El Americano, entre treinta y sesenta años, complexión normal, tez morena, camisa hawaiana, gafas de sol y un flotador de patito, volvió a otear en la oscuridad buscando su objetivo con una sonrisa en la cara. Los demás agentes se esforzaban por igual para evitar mirarlo. No estaba allí. Un civil, especialmente alguien como él, no podía participar en la misión. No estaba dándole órdenes al timonel sobre cuándo girar o qué dirección tomar. No podía ser cierto que le avisase al sargento de que estaban a punto de llegar a su objetivo. No oficialmente.

La lancha motora negra, con las luces apagadas, se mezclaba con el color del mar, pero la espuma de las olas chocando con su casco delataban su posición si sabías dónde buscar. Y el Americano lo sabía. Con un gesto silencioso señaló a la lancha que flotaba inerte frente a ellos y preparó su arma. El Sargento tuvo un acceso de autoridad y le ordenó guardarla. La información parecía cierta, y el Americano no colaboraría con la Guardia Civil si no fuese así. Pero necesitaba recordarle a la figura que no estaba ahí que, aunque en ese momento estuviesen colaborando, era una patrullera de la Guardia Civil, y había un protocolo que seguir.

El tipo del flotador de patito sonrió divertido y le invitó a proseguir con un gesto, mientras se apartaba. Pero no guardó el arma.

El sargento sacó el megáfono y comenzó a hablar, rompiendo en pedazos el silencio de la noche.

- ¡Los del barco! Les habla la Guardia Civil. Su lancha no identificada está en aguas nacionales de España. Identifíquense.

La lancha, insolente, siguió muda, flotando.

- Salgan a cubierta con las manos en alto. Les habla la Guardia Civil.

Más flotante insolencia como respuesta.

- Muy bien. Tienen un minuto para salir, o prepárense para ser abordados.

El Americano le apartó el megáfono de la boca y preguntó, sin dejar de sonreír.

- ¿De verdad quiere abordarlos? Les están esperando, Sargento. Les acribillarán en cuanto pongan un pie en su barco.

El Guardia Civil estaba cansado de seguir las instrucciones de alguien que no estaba ahí. Daba mucho por el culo para no estar. Pero no era la próxima vez que trabajaba con él, y sabía que su experiencia era útil.

- ¿Qué pretendes? ¿Que iniciemos fuego nosotros? - le gruñó. El resto de agentes miraban perplejos la insubordinación, aunque no tenían nada claro quién era la autoridad en la conversación.

- Agáchese, sargento. - y con un gesto ordenó lo mismo a los demás agentes, que en contra de sus regios principios jerárquicos, le hicieron caso.

El Americano, con toda tranquilidad, apretó su arma y disparo al agua. La lancha negra, al oír el disparo, rompió su silencio y abrió fuego sobre la patrullera. El Americano se sentó tranquilamente al lado del sargento mientras seguía sonriendo.

- Hala. Ya han abierto fuego. ¿Podemos empezar a dispararles ya?


El tiroteo se solucionó rápido y sin apenas bajas por el lado de la autoridad. Un agente resultó herido en un brazo y el patito de goma recibió un disparo letal que lo desangró de su aire. En el lado de la lancha fue diferente. Solo los tres atacantes que se habían rendido resultaron ilesos. El resto habían sido derribados a partes iguales entre el Americano y los agentes. Los abatidos por el fuego de la Guardia Civil eran atendidos por sus heridas y detenidos. A los abatidos por el Americano se limitaron a cubrirlos con una manta.

La misión había acabado, pero el agente Damián Corto aún seguía nervioso. Había visto al tipo del patito de goma trabajar con letal eficiencia y el cabrón del sargento había mandado al novato agente para llevarle a uno de los detenidos.

- ¿Este era el hombre que buscaba? - el Americano, por suerte, pareció ignorar al agente y miró directamente al contrabandista que venía esposado. Su sonrisa se estiró aún más al reconocerlo.

- ¡Martinito! - gritó con afabilidad el hombre. - Dichosos los ojos.

El tal Martinito no parecía sentirse muy dichoso, aún así le devolvió un intento de sonrisa.

- Os he entregado la lancha, Carlos. - el Americano torció la sonrisa al oír su nombre. Daba igual, tampoco era el de verdad. - Os he dicho donde estaba. Tenéis toda la coca en la bodega. ¿Me perdonará Don Ibáñez ahora?

- ¿Perdonarte? ¿Por qué? Has hecho lo normal, Martinito. Te ofrecieron más pasta y te pasaste a otra empresa. El cartel de Arriga tuvo suerte de contratarte como empleado. Es el libre comercio. Son negocios, Martinito, no hay nada que perdonarte.

Acto seguido le pegó un tiro y el cuerpo de Martinito cayó redondo en la cubierta.

- Fuck. - dejó escapar el Americano. - Esperaba que el cuerpo cayese al agua. ¿Me ayudas a tirarlo por la borda?

El agente Damián se quedó mirándolo, pálido, y solo una voz familiar logró que siguiese sus órdenes.

- Hágale caso agente. - le dijo el sargento. - Él tampoco estaba a bordo.

El sonido del cuerpo cayendo al mar perseguiría al agente durante toda su carrera profesional.

- Carlos, tienes una llamada de tu jefe. - el Sargento le pasó un teléfono móvil. Se sintió traidor a su uniforme haciendo de secretario para un mercenario a sueldo, pero se obligó a recordarse los motivos. - ¿Puedes preguntarle qué quiere que hagamos con la droga?

El Americano le quitó importancia a la pregunta con un gesto displicente, mientras recogía el teléfono móvil del Guardia Civil.

- Quedáosla. Tenéis de sobra para requisar y aún os quedará algo para vosotros.

El Sargento tuvo la buena idea de retirarse para darle confidencialidad al tipo y a su llamada. Además, así, no vería la sonrisa que se le dibujaba en la cara tras recibir las noticias. Sus hombres tendrían mucho que celebrar, y había de sobra para pagar su silencio y aún así comprarse algo boonito.

El Americano se aseguró que nadie le oía y respondió finalmente al aparato.

- Aquí Salvini - comenzó el tipo mientras se quitaba el cadáver del patito de goma de la cintura. - Ya está hecho.

- Perfecto - respondió la voz al otro lado del aparato. No era su jefe, era su secretario, pero a efectos prácticos no era más que la voz de su jefe, con otro timbre. - Pues vuelve cuanto antes, te necesitamos en casa.

Parecía grave y parecía urgente.

-¿Es una de esas cosas que mejor no me contáis por teléfono?

El secretario observó el interior el armario de la habitación del bebé, donde lo que parecía un agujero en la pared llevaba a un túnel con una iridiscente y lejana luz al final. En las paredes parecía rebotar el tintineo suave de una alegre melodía compuesta por el viento. Una ligera brisa con aroma a algodón de azúcar provenía de su interior. Finalmente contestó a la pregunta del mercenario.

- No. Da igual quién lo oyese, Salvini. No me iban a creer.