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GOMINOLAS
gominolas - Ya no llueven gominolas III · 23/01/2020

Salvini fue el primero en llegar a la mansión y fue el primero de los tres mercenarios en ver el armario que hacía las veces de puerta a un mundo fantástico. El secretario de Don Ibáñez pudo observar lo que podría pasar por un gesto de genuina sorpresa, algo inaudito en el rostro de El Americano. El curriculum del hombre decía que éste había trabajado para la CIA estadounidense, para el antiguo DAS colombiano y para el CNI -aunque no aclaraba si el de México o el de España-. El mismo curriculum también decía que una de sus mejores habilidades era la manipulación y el engaño, así que bien podía ser todo mentira. Aún así, lo que nadie dudaba, era que Carlos Salvini tenía experiencia en todo tipo de territorios.

Sin embargo, lo que tenía en frente, era completamente nuevo. Y le fascinaba.

- ¿Y dices que se han llevado por aquí al hijo del jefe? ¿Al pequeño? - El secretario asintió -. Adivino entonces que no dejaría una misión tan importante solo en mis manos ¿No? - El secretario negó -. ¿A quién más va a llamar? ¿A la Bella y la Bestia?

- Salvini, por favor -amonestó el secretario-. Estamos hablando del hijo pequeño de Don Ibáñez, necesitamos que trabajéis juntos. No se te ocurra llamarlos así delante de ellos, sabes que no les gusta.


Francisco Matas, ignorante de que hablaban de él a kilómetros de distancia, respondió finalmente al mensaje y se levantó despacio de la cama, mientras sus articulaciones se quejaban del esfuerzo. No estaba viejo para esa mierda. Matas estaba viejo para muchas mierdas, pero no para esa. Para esa no llegabas a viejo.

«Voy para allá»había dicho. No le hacía ni puta gracia ir, y mucho menos para allá, pero si le llamaban a él a las cuatro de la mañana, tenía que ser importante.

Matas, aún en ropa interior, caminó en silencio por la habitación, mientras su pareja dormía plácidamente bajo las sábanas. La tenue luz de su móvil iluminó sus amplias curvas y Matas sonrió, alegre y triste a la vez. Alegre, porque tenía frente a él la razón por la que lo hacía, por la que iría hasta el fin del mundo, haría el trabajo más deleznable y volvería. Triste porque sabía qué trabajos le encargaba Don Ibáñez, especialmente con tanta urgencia, y sabía que podía resultar complicado llegar hasta el fin del mundo, difícil hacer el trabajo y casi imposible volver.

Pero Matas también era consciente de que vivía de prestado. Que si había podido pasar todos estos años acompañado del amor de su vida, había sido gracias a Don Ibáñez. Que si había podido encontrar un modo de ganarse la vida tras haber sido expulsado del cuerpo de Legionarios por aquella pelea, había sido gracias a su actual jefe. Así que cerró los ojos y la puerta de la habitación con la misma suavidad, y bajó hasta el desván.

Sacó de un armario su ropa de trabajo y de detrás del mueble una maleta metálica. Se puso la primera y abrió la segunda. Comprobó las dos escopetas y las tres automáticas y las colocó con cuidado en su mochila militar. Añadió raciones, un botiquín, utensilios de supervivencia y un par de explosivos. Cerró todo y se preparó para salir. Dedicó varios segundos a mirar el nombre bordado en la mochila. Matamata.

Matas era su apellido real. Matamata era como le habían apodado en el ejército. Eso antes de la pelea, después su apodo pasó a ser otro. Esa misma noche también se acuñaron otros apodos, como El Tuerto, el Cararrota y el Perforado, aunque el último fuese a título póstumo.

Matamata salió de su casa sin despedirse de su pareja. Era más fácil discutir a la vuelta que darle un beso de despedida.


Lorenza guardó el maquillaje en su bolso y comprobó el resultado en el espejo del baño del bar. Estaba preciosa. Se sentía preciosa, y al que no le gustase la elección de colores tendría un problema serio con ella.

Leyó el mensaje de Matamata, aún tardaría media hora más en llegar a buscarla, tenía tiempo aún. Salió de la puerta del baño de mujeres y se sentó de nuevo en la barra, donde su Kas Limón le esperaba. Le dio un sorbo mientras esperó pacientemente, no tardaría en acercársele.

Porque lo haría, claro que lo haría. Había oído la conversación, y había visto las miradas. Al otro lado de la barra el hombre hablaba demasiado alto como para que no le oyesen el resto de personas que se cimbreaban alrededor de sus bebidas a esas horas de la mañana. Todo el bar lo hacía, había logrado captar su atención, él y sus dos amigotes, que le reían las gracias.

Lorenza le observó de nuevo, tras su paso por el baño. El hombretón no pudo evitar notar el nuevo maquillaje de la mujer y ésta le lanzó un beso desde el otro lado de la barra. Se levantó de su taburete y con un gesto ordenó a sus secuaces que se quedasen en el sitio, ante la risa de los otros.

Caminó lentamente, acercándose al sitio en la barra de la mujer del Kas Limón con una sonrisa traviesa. Lorenza le respondió con el mismo gesto. Era alto y guapo, con una barba mantenida a raya a pesar de las horas, y un olor que mezclaba la colonia con el alcohol. Cuando llegó a la altura de la mujer, ambos intercambiaron miradas traviesas.

- ¿Te has pintado por mí? - preguntó el hombre señalando el colorido maquillaje. Lorenza asintió lentamente. - Si es que vas provocando...

Se llevó las manos al paquete, sorprendido por la velocidad con la que le cayó la patada en los huevos.


Matamata aparcó el coche en doble fila y saludó a Lorenza a través del cristal. La mujer subió al asiento del copiloto y saludó con una sonrisa sincera al viejo.

- ¿Tenías partido? - preguntó el ex legionario señalando a la cara de la enorme mujer que se abrochaba el cinturón.

- ¿Eh? Ah. No. Había un gilipollas del otro equipo en el bar, dando voces, y hacía tiempo que no le partía la cara a alguien. Me jode, pero es que el cabrón iba pidiendo caña a gritos.

- ¿Te jode?

- Sí, no creo que me dejen entrar en el bar, después de esto. He roto un par de muebles.

- ¿Y cuántas cabezas? - sonrió Matas mientras arrancaba el coche y lo dirigía a la autopista.

- Tres - respondió la mujer. Bajó la visera del coche y se comenzó a quitar el maquillaje con los colores de su equipo en el espejo. Aprovechó para limpiarse la sangre que le había salpicado sin que se diese cuenta. - No, cuatro. Creo. Yo qué sé... - la mujer acabó la limpieza y miró a su compañero.- ¿Qué tal tú? Hacía tiempo que no coincidíamos en un trabajo.

- Bien, bien, hace tiempo que no trabajo. Tampoco es que lo necesite, la verdad. No estoy jubilado, pero Ibáñez me llama... no voy a decirle que no.

Lorenza asintió, pensando en su propia incapacidad para negarle nada a Ibáñez.

- ¿Qué tal está Cristobal?

- Bien... lo he dejado durmiendo en casa. He preferido no despertarle, se pone demasiado sentimental cada vez que tengo que irme por un trabajo. - Matas agradeció el interés genuino de su compañera. Tan diferente a la actitud de sus antiguos compañeros del ejército cuando decidió hablarles del amor de su vida. Justo antes de la pelea. Del muerto. De la expulsión. De Ibáñez. En otra vida.

El silencio de sus recuerdos fue roto por su alegre compañera.

- ¿Has traído armas? No he tenido tiempo de pasar por casa, y no sé si el jefe guarda herramientas en casa. - El viejo asintió. - ¿Qué crees que ha pasado para que nos llamen a todos?

- ¿A todos? ¿El americano también viene? - Lorenza asintió. - No soporto a ese hijoputa. ¿Sabes cómo nos llama? - Lorenza asintió de nuevo.

- Que tenga huevos a decírnoslo a la cara.

La Bestia guardó el espejo y tiró el pañuelo con restos de pintura. La Bella le ordenó guardarlo en el cenicero, que para eso estaba.

El coche siguió avanzando hasta hacerse de día.