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GOMINOLAS
gominolas - Ya no llueven gominolas IV · 24/01/2020

Lorenza, Matamata y El Americano observaron el interior del armario, donde una gruta estrecha parecía llevar a un mundo de donde provenían alegres tintineos y olor a pastel recién hecho. Los tres mercenarios mantuvieron un profesional saludo, que solo la mujer rompía de vez en cuando con algún exabrupto malhablado.

Finalmente Matamata decidió que si su cerebro no iba a comprender del todo lo que estaba viendo, era mejor preguntar por las cosas que sí podría comprender.

- ¿Qué sabemos de... esto? - inquirió el exlegionario.

- Mecagonlaputa - aderezó Lorenza.

El secretario, de pie tras ellos y con cara de no haber dormido nada y no ver un futuro cercano donde pueda cerrar los ojos, comenzó a informarles.

- A las tres de la mañana de esta noche cinco... - el secretario dudó, él tampoco estaba preparado para la información que estaba dando-... individuos entraron en la habitación del hijo de Don Ibáñez y lo secuestraron. Entraron por el armario, y huyeron por el mismo. Aún no sabemos afiliciación de los secuestradores u origen. Nadie ha llamado pidiendo rescate.

- ¿El cártel de Arriga? - preguntó Salvini, aún recordando la escaramuza en alta mar, quizás era una venganza, pero lo dudaba. Los hijos siempre se habían mantenido al margen de los negocios, era una norma no escrita de los cárteles de la península. Lo era al menos desde hacía veinte años.

- Lo dudamos -respondió el secretario-. Aún así estamos contactando con todas las posibles amenazas, pero no creemos que vayamos a encontrar a los secuestradores por ahí. Esto parece... Otra cosa.

- Es otra cosa -confirmó Matamata.

- Mecagonlahostia -añadió Lorenza, mientras comprobaba el armario.

- ¿Habéis mandado a alguien a hacer un reconocimiento? - siguió práctico el militar.

- Hemos mandado a varios hombres. Los encargados de la seguridad de la casa han preferido meterse de cabeza a un agujero desconocido que soportar las consecuencias de su fracaso ante Don Ibáñez.

- ¿Han vuelto?

- Han vuelto todos, sí. El terreno no parece hostil. Por lo que han descrito, parece una especie de campiña, muy bucólico. Demasiado bucólico, decía alguno, como sacado de un cuento de hadas.

- Tiene sentido, si han venido unos enanitos a secuestrar al hijo del jefe. - comentó Salvini, aún agradecido de que la vida aún le deparase sorpresas de este calibre.

- No -corrigió Matamata-. No tiene sentido. Detrás de este armario hay una pared que da a otra habitación.

- A un cuarto de baño- apuntó el secretario.

- Mecagonsanpedro - injirió Lorenza.

- No tiene sentido que estemos viendo un túnel de veinte metros de profundidad que acabe en una campiña. ¿Alguien ha buscado alguna explicación científica?

El secretario miró a Matamata con expresión cansada.

- Somos un cártel, Matas. No tenemos a nuestra disposición a ningún catedrático especialista en agujeros dimensionales que lleven a mundos de cuento.

- Podría secuestrar alguno - se ofreció El Americano, como quien se ofrece a ir a por cafés.

- Tienen al hijo de Don Ibáñez. No hay tiempo para estudiar el origen de... esto. Necesitamos que los cuatro entréis ahí, busquéis a los secuestradores y traigáis al bebé de vuelta. Ya habrá tiempo de llamar a la Universidad de Miskatonic si hace falta, cuando lo hagáis.

El silencio se adueñó de la conversación. No era la oscura referencia que solo el secretario había entendido. Era el número de mercenarios para la misión. Faltaba uno.

- ¿Cuatro? - preguntó Salvini-. ¿Quién más viene?

- Don Ibáñez dirigirá la operación en persona. - Los tres mercenarios intercambiaron miradas. Su jefe era resolutivo, inteligente y capaz, pero no estaba acostumbrado al trabajo de campo. Era suficientemente buen estratega como para saber que haría mejor trabajo quedándose dirigiendo la operación desde su casa. Tardaron pocos segundos en llegar a la conclusión que el secretario les confirmaba. - Don Ibáñez, hijo, por supuesto.

- Mecagonmismuertos - lamentó Lorenza, en nombre de todos.