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GOMINOLAS
gominolas - Ya no llueven gominolas V · 31/01/2020

Pit Arañahuesos trepó por la suave y resbaladiza corteza del árbol de algodón y buscó refugio entre sus blancas y mullidas hojas. Arrancó un trozo del suave material, se escupió en las heridas y se las frotó como había visto hacer a los Blondos alguna vez. Las heridas le ardieron y Pit emitió unos chillidos similares a los de un tenedor haciendo el amor a una pizarra. Cuando lo que la fea criatura acabó lo que entendía por primeros auxilios, se sentó en una de las ramas y se permitió descansar.

Por fin se permitió que una sonrisa se dibujase en su cara, mostrando un número de dientes que incluía decimales. Tras el pequeño momento de victoria Pit sacó su bolsita. El Ec la olisqueó y su sonrisa creció aún más, ocupando una porción excesiva de su rostro.

Había costado mucho esfuerzo pero la saquita llena había merecido la pena. Pit nunca había visto tantas reliquias juntas, salvo hacía una hora, cuando la enorme y alta figura que les había contratado había abierto uno de los cofres con el cual llenó los saquitos de sus compañeros, para luego cerrarlo sin haber hecho casi mella en su contenido.

Recordó la mirada de los demás, buscando la respuesta a la única pregunta que cabía en sus cabezas en cuanto vieron el tesoro. Pit, como líder de facto del grupo, tuvo que responder por los demás: No hizo nada.

Atacar a la enorme y peligrosa Altalfa no hubiera salido bien. Los Ecs no se caracterizaban por saber golpear bien, se les daba mejor otras actividades como esconderse o ser golpeados. La Altalfa hubiera acabado con ellos con sus afiladas garras sin despeinarse. De hecho, estaba convencido de que le hubiera encantado hacerlo.

Pero Pit era listo, muy listo. Tanto que casi sabía contar, aunque no sabía hasta qué número. Lo que sí sabía era que si aceptaban el pago y se iban sin dar más problemas, tendrían un saquito con su recompensa. Si intentaban conseguir más de lo que les correspondía, solo recibirían un castigo rápido. Al no ser que su contratista tuviese el día juguetón, que entonces ni siquiera sería rápido.

Los cinco Ecs dejaron el bebé en sus garras y huyeron rápidamente en dirección contraria. A los pocos metros de fuga se empezaron a atacar entre sí.

No eran tan tontos como para pelear con una Altalfa por dinero, pero ¿Con un Ec? Ellos mismos eran Ecs, y sabían que eran muy torpes peleando, así que seguramente podrían con uno sin problema ¿no? En su cabeza tenía sentido.

Pit Arañahuesos lloraba por sus heridas, pero también por las de sus compañeros, las que él mismo había producido. También esas le dolían. Se había llegado a romper una de sus uñas. Pero al menos había salido con su saquito intacto.

Volvió a observar embobado su colorido interior, fruto de un pasado lejano, de abundancia. Reliquias cada vez más escasas y valiosas. Había robado un enorme bebé humano por un puñado de ellas. Volvería a hacerlo. Claro que volvería a hacerlo. Es más, pensó, volvería a hacerlo ahora. Quizá la Altalfa aún seguía en el puente donde la habían dejado, quizás necesitaba más bebés. Había sido muy fácil.

Pit Arañahuesos sacó una de las reliquias de su saquito y la introdujo en la boca. Notó su energía fluir por su interior, su sabor hacer explotar sus sentidos. Quería más, muchas más. La Altalfa se las daría, solo necesitaba secuestrar otro bebé, los humanos no eran tan grandes como decían las leyendas, no sería difícil.

La criatura salió de la mullidas copa del árbol y saltó ágil al suelo.

El Ec se arrepintió al momento, en cuanto vio las cuatro enormes figuras frente a él.

Luego su cabeza estalló.


- ¿Qué era eso? - preguntó Dieguito, aún sujetando la pistola automática en la mano. Estaba nervioso, él lo sabía, los tres mercenarios lo sabían. Pero ninguno lo admitiría en voz alta. No delante del hijo del jefe.

Mata se acerco al cadáver de la criatura, que si con cabeza no le llegaba a la cintura, sin ella apenas podría hacerlo a las rodillas. Eso si fuese capaz de levantarse. Pero por muy extraña que fuese, no parecía poder hacerlo con el tercio superior de su cuerpo desparramado sobre la corteza del árbol.

- Eso, -dudó buscando las palabras-... Don Ibáñez, era una de las criaturas que se llevaron a su hermano.

- ¡Nos ha atacado! - gritó el joven líder-. Todos lo habéis visto ¿no? Ha saltado de ese árbol dispuesto a lanzarse a por nosotros, era una emboscada.

- También era la única pista que teníamos sobre el bebé. O sobre dónde estamos. - El Americano señaló al paisaje con gesto exasperado: Un colorido bosque, compuesto por árboles de aspecto irreal, con hojas de formas inquietantemente regulares. A su alrededor, altas montañas de un color que solo se podría definir como marrón fosforito con nieve o azúcar en sus picos. En el cielo, a pesar de lo denso del bosque que les rodeaba desde que habían salido de la cueva de la que habían salido, se podían ver tres arco iris diferentes.

- Nos había atacado - repitió con nula seguridad en sí mismo. Los demás mercenarios se mostraron más listos que él no llevándole la contraria. Tampoco fueron tan tontos de darle la razón.

- No te preocupes por el monstruo, Dieguito - tranquilizó Lorenza mientras bajaba el brazo del joven, aún aferrado a la pistola. - Buen tiro, de todas maneras, se nota que tu padre te ha enseñado bien.

Su tembloroso jefe asintió y recuperó algo de autoridad junto con una pizca de autoestima. Decidió que necesitaba tomar las riendas del grupo, si quería recuperar a su hermano, así que con esfuerzo se acercó al cadáver. Su primer cadáver, al menos de lo que parecía una criatura con un mínimo de inteligencia. Se obligó a pensar que no era más que una rata especialmente gorda y se arrodilló ante él.

- ¿Qué tiene en la mano? - preguntó El Americano mientras se acercaba al cadáver-. Parece una saca ¿Tendrá oro o algo así?

Dieguito le detuvo con un gesto de la mano en un acceso de liderazgo y retiró la bolsita de las diminutas y tiesas manos de Pit Arañahuesos. Los demás lo rodearon mientras observaron el contenidos, sorprendidos.

- Son... ¿Gominolas?