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20/12/2019

Ya no llueven gominolas I

Pit Arañahuesos se había ahorrado muchas bofetadas en la cara por el asco que daba tocarle. Su rostro inhumano era una jauría de desafortunados rasgos. La nariz, torcida para ambos lados se movía temblorosa cada vez que se ponía nervioso, olisqueaba el aire o simplemente respiraba. Las enormes orejas eran perfectamente asimétricas y presentaban una notable cantidad de agujeros, algunos con pendientes y otros sin ellos. La silueta de su dentadura se asemejaba a una irregular cordillera maloliente. Y así el resto.

Pit Arañahuesos no era humano, pero eso no era excusa.


Aún así, de toda la pequeña manada de Ecs que conformaba el grupo, Pit Arañahuesos era considerado el guapo y no era irónico. La inteligencia colectiva de los Ecs no daba para el concepto de ironía, tenían suerte si con su conocimiento del lenguaje fuesen capaz de distinguir un verbo de una lechuga. Tenían suerte si no se meaban encima al intentar conjugar un pasado simple.

Por suerte, dentro de la ofensa a la vista y el oído que eran estas diminutas criaturas, hablaban lo suficientemente bien como para que se pudieran adivinar sus maquiavélicos planes.

- Huele a caca - dijo Pit. No era el líder, pero en el grupo no había ninguno por encima de otro. Estaban todos apilados en lo más bajo del escalafón. Su belleza y carisma, de todas formas, lo convertían en una suerte de figura a seguir. - Huele a mucha caca.

Los demás asintieron mientras movían sus afiladas narices. Era muy meritorio que una especie tan poco higiénica como eran las enanas criaturas, pudiesen percibir el mencionado olor por encima del suyo propio. Pero, en su defensa, olía a caca. Olía a mucha caca.

- Los bebés huelen a caca. - explicó Frag Caracuero, la intelectual del grupo. - El bebé tiene que estar por aquí.

Los cinco ecs salieron del armario de la habitación y comenzaron a buscar por la habitación en un sorprendentemente caótico silencio. Eran criaturas que se movían con comodidad entre las sombras, la naturaleza que los había creado no había sido tan cruel, y les había proporcionado una habilidad para el sigilo notable. Quizás hacer que los Ecs fuesen difíciles de ver había sido un favor de la naturaleza al resto de las criaturas, pero al menos eran los diminutos seres los que se veían beneficiados.

Sus ojos brillantes no tardaron en encontrar lo que buscaban.

- ¡Aquí está el bebé! - gritó un tercero, tan joven que aún nadie se había molestado en ponerle nombre. Los demás le sisearon con la lengua para que no gritase. El dueño de ese bebé se podría enfadar si se enteraba que lo estaban robando. - Lo tienen en una jaula. Huele a caca.

Los demás asintieron a todas las afirmaciones del joven Ec. El bebé dormía plácido en una cuna de madera, ignorante de las voces chillonas de su alrededor y de su propio olor a caca. Con torpeza casi marcial, los Ecs lo envolvieron en la propia manta que el niño había apartado en sueños y lo levantaron entre tres.

- Es grande. ¿Seguro que es un bebé?

- Los humanos son grandes. - explicó Caracuero haciendo gala de sus conocimientos. - Pueden medir hasta el doble.

- Hala cómo van a medir el doble que esto, estúpida. - apuntó Pit.

-Tú eres estúpido, idioto.

El Ec más joven se llevó la mano a la boca al escuchar tamaño improperio, dejando caer el culo del bebé que sujetaba sobre su compañero.

El joven humano se despertó y comenzó a llorar con un estridente berrido que llenó la habitación. Los Ecs comenzaron a gritar asustados. Con su mejor y única habilidad tirada por la borda por el ruidoso y enorme bebé, las criaturas comenzaron a corretear por la habitación, derribando juguetes, cojines y en general todo lo que estaba a su alcance, salvo al propio bebé, al cual sacaron entre todos de su cuna y lo metieron con ellos en el armario, tras el cual desaparecieron tan rápidamente como habían entrado.

La habitación quedó de repente en silencio, con algún peluche cayendo mullidamente al suelo. Los Ecs se habían ido tan rápido que no se habían molestado en recoger sus destrozos. Tan deprisa se fueron que ninguno se acordó de cerrar la puerta tras su huida.

 

La imagen se detuvo, congelándose. El tiempo dejó de correr en la grabación, que mostraba las 3:07:59 de la madrugada, a pesar de ser ya las 3:35:33.

Era la quinta vez que Manuel Ibáñez veía la grabación de la cámara de seguridad, y aún no acababa de comprender del todo qué era lo que acababa de ver. Tampoco qué era lo que había encontrado en la habitación en cuanto entró tras oír los llantos.

No le importaba. Lo único que importaba era que alguien había secuestrado a su hijo.

- ¿A quién tenemos disponible?

- El Americano está por la zona, y Lorenza está a una hora. No logro encontrar a Matas, pero no puede andar lejos. ¿A cuál llamo?

Manuel Ibáñez miró a su secretario con la furia que no se permitía dedicar a la incomprensible grabación del secuestro de su hijo. Unas horribles y extrañas criaturas acababan de secuestrar al bebé de Manuel Ibáñez, líder indiscutible del narcotráfico en el Norte y Occidente de España, y su secretario le preguntaba que a qué mercenario iba a encargar la misión de rescatarlo y hacer pagar a los perpetradores.

El fiel lugarteniente no tardó en comprender las palabras tras la rabia de su jefe.

- Llamaré a todos.