En las noches de luna llena, en mi profesión, todo el mundo se vuelve un poco más loco. La magia se dispara, los hombres lobo se dejan llevar y una de cada dos sectas intenta sacrificar a alguien.
Pero podía ver por dónde caminaba sin despeñarme, algo era algo.
El mar sonaba de fondo, adormilado, mientras yo avanzaba despierta cerca del acantilado, con un ojo en el suelo y otro en una runa solar que llevaba conmigo. La runa estaba agotada, sin magia, y no servía para iluminar, pero en la oscuridad de la noche su tenue brillo servía para confirmar que había magia cerca.
Hacía más de media hora que había dejado el coche atrás y seguía caminando fuera de cualquier camino delimitado, con cuidado de no tropezar con las afiladas piedras costeras o caerme por el acantilado. Pero estaba cerca, la runa solar brillaba con más fuerza, indicándome que estaba captando algo de magia residual, y con esa información no tardé en encontrar el sitio exacto que buscaba.
Desde lejos su aspecto era tan poco característico como cualquier matorral de los otros cincuenta que me había encontrado hasta ahora, así que opté por asegurar que era el sitio que buscaba acercando la runa, la cual asintió parpadeando levemente.
Guardé de nuevo la piedra en el bolsillo y metí el pie cuidadosamente en el medio del arbusto, el cual pareció no ofrecer ningún tipo de resistencia material y me dejó atravesarlo como si fuese un holograma. Había encontrado la ilusión que guardaba la cueva, ahora solo tenía que infiltrarme con cuidado, y descender a su interior sin alertar a su habitante.
- Joder ¿tú? - dijo la muchacha del pelo negro y el tatuaje en el hombro, mientras me miraba con fastidio. - ¿Qué coño quieres ahora, Parabellum?
Seguí tosiendo y escupiendo agua durante un minuto más, arrancando en el proceso trozos de mi garganta, que ardían por la sal. Cuando recuperé la respiración y el aire llenaba mis pulmones de nuevo, sustituyendo al medio océano que había entrado segundos antes, repasé mentalmente lo ocurrido. Había tardado solo dos pasos en apoyarme en una roca más resbaladiza de lo esperado y la cueva en la que intentaba infiltrarme sigilosamente me tragó, haciéndome rebotar contra las paredes hasta caer en el centro de la laguna que guardaba en su interior. Mi sigilo desapareció al ritmo de la música producida por mi cráneo contras las paredes, ante la sorpresa de su habitante, que tuvo que sacarme de ahí antes de que bebiese más agua de mar de la recomendable.
Marisol me dio la espalda mientras yo peleaba por quitarme la ropa mojada que se pegaba a mi cuerpo. Cogió un mando a distancia envuelto en plástico de una mesita que había en la orilla del agua y volvió a subir el volumen del sistema de música que rodeaba la cueva. Los acordes metaleros de alguna canción hicieron retumbar la cueva de nuevo, con una acústica envidiable. No tenía muy claro de dónde sacaba la electricidad, pero Marisol había conseguido en esta cueva apartada de todo el mundo un apartamento que, aunque húmedo, le daba mil vueltas al mío. Además del sistema de música y una pantalla plana, había muebles bien escogidos, con un estilo moderno que aún así casaba con las piedras llenas de líquenes y moluscos. La luz de un par de lámparas iluminaba el interior de la cueva, reflejándose en el agua que parecía calmarse tras mis chapuzón e iluminando una vivienda que poseía todo lo que se suponía que debería tener.
Excepto retrete, noté por primera vez.
La laguna dejó de tener ese aspecto bucólico desde ese mismo momento.
La sirena salió del agua y se secó con una toalla mientras su cola se dividía y adquiría la forma de unas largas piernas humanas. Se puso la toalla alrededor de la cintura, por costumbre más que por modestia, y enchufó un secador a uno de los alargadores que colgaba de una pared.
- Ven. Sécate el pelo. - indicó con un gesto - Y más te vale que tengas una buena razón para haber venido sin avisar, si no quieres que te tire de vuelta al agua atada al secador.
- Te he avisado, pero no te llegan los mensajes - me defendí. La actitud hostil no funcionaba con la sirena fanática del metal - No tengo la culpa de que no tengas cobertura en tu casita de la playa.
- Y yo no tengo la culpa de tener que vivir escondida del mundo, y que la compañía de teléfono no llegue hasta mi cueva, Parabellum. - respondió con desgana. Me miró mientras empezaba a extender mi ropa mojada en una mesita de madera, con intención de secarla - ¿Me has traído pilas?
Saqué de mi mochila mojada una bolsa de plástico cerrada, había sido suficientemente previsora y sabía que una visita a Marisol tenía ciertas posibilidades de acabar en el agua. Le pasé la bolsa a la sirena, que la miró con media sonrisa.
- Está bien... Esto es la única razón por la que te saco del agua cada vez que te veo. ¿Qué quieres?
- Los trasgos me han dicho que sabes algo de unas llaves desaparecidas...
Marisol arqueó una ceja pero evitó mirarme, mientras desenvolvía el paquete. Sabía algo, y se acababa de dar cuenta que yo ahora sabía que lo sabía. O algo así.
- Puede que... - dudó - haya visto algo en el paseo marítimo. Pero me conoces mejor que eso. La gente como nosotros tenemos que cuidarnos de... la gente como vosotros. No voy a empezar a compartir contigo todo lo que vea o deje de ver. - Marisol frunció el ceño al desenvolver el paquete - ¿Son de las pequeñas? Sabes que no uso de las pequeñas, siempre te pido pilas de las grandes.
- Eso es porque todavía sigues escuchando música un Disc-Man, Mar. - Saqué otro paquete de la mochila. Y se lo pasé - Son para esto. Tienes que modernizarte.
-¿Qué?
- Un reproductor de MP3, acuático, pensado para nadadores. Puedes escuchar música mientras das tus paseos marítimos. Me he permitido meterte un par de discos de Nightwish. Killian me dijo que te gustaban.
- ¿Killian? ¿Qué pinta Killian en todo esto?
- Tiene muchas ganas de recuperar sus llaves, Mar.
- ¿Son de él? Tenías que haber empezado por ahí...
