En otras circunstancias me gusta conducir de noche. Poco tráfico, toda la carretera para mí, un silencio cómodo, que es raro de encontrar al volante para alguien que vive en una ciudad como Barcelona... Pero hoy llevaba la camiseta y el pelo aún mojado, un bañador de mi novio que llevaba en el coche sustituyendo mis tejanos, y perseguía una moto que había logrado por tercera vez echarme de la carretera. No era mi paseo más relajante.
La gravilla y la arena rebotaban en los bajos de mi Seat, mientras yo meditaba sobre el poder de decisión del ayuntamiento de Barcelona, y los motivos por los cuales alguien había cobrado dinero por pagar dinero a alguien para enviar a alguien a plantar un árbol en el terraplén que acompañaba en paralelo la carretera de la costa. Y cómo si no hubiese apretado el freno hasta el máximo hubiese enviado al garete el trabajo de tanta gente, así como mi carrera y la de mi coche.
Arranqué de nuevo huyendo del arcén tan rápido como huía de mí la gravilla que proyectaban mis ruedas y volviendo a la carretera por tercera vez. Salirme de la carretera tres veces era tentar a la suerte demasiado, así que me vi obligada a replantearme la estrategia de ataque.
Mi Seat de tres puertas no era un vehículo grande, pero sí que era mayor que la motocicleta en la que huía Manos Largas. Aún así, cada vez que me acercaba lo suficiente, el cabrón usaba sus poderes telekinéticos para dar un volantazo a mi coche y evitar que lo derribase echándome de la carretera. Lo cual, dicho sea de paso, no era bueno para el coche, para mi paciencia, ni para mi GPS, que recalculaba la ruta cada vez que descubría que me había independizado del plan nacional de carreteras.
Por suerte, su motocicleta petardeaba en la lejanía. No solo el vehículo era lento, además su conductor le iba a la zaga, y había escogido huir de mí en una carretera secundaria, en lugar de meterse en la ciudad y darme esquinazo por cualquiera de sus calles. Cada vez que lo perdía de vista, el rugido de caniche que era su motor sonaba a lo lejos, indicándome por dónde seguirlo por si el hecho de que la carretera no tuviese ninguna desviación no fuese lo suficiente.
Volví a apretar el acelerador y no tardé ni un minuto en ver una luz roja a lo lejos. Manos Largas era buen ladrón gracias a que su telekinesis le permitía no utilizar ni sus manos ni su cabeza para llevar a cabo sus trabajos. Desgraciadamente para él esto había atrofiado su cerebro lo suficiente como para ni siquiera molestarse en apagar la luces para intentar librarse de mí.
Aproveché una recta para acelerar, confiando en que, de haber un radar de carreteras, a estas horas estuviese durmiendo, y no tardé en alcanzar a Manos Largas, el cual se giró asustado en su moto al oírme acercarme tan rápido.
El motorista separó una de las manos del manillar de la moto, apuntándome. Para ser precisos, giró su brazo y su chaqueta de manga larga, mientras su guante seguía pegado al manillar. La naturaleza, que había proporcionado telekinesis al ladrón, lo había intentado compensar con unos brazos diminutos que no llegaban al codo de su chaqueta. Conocía pocos hijos de puta mayores que el que había convencido a Manos Largas de usar ese sobrenombre.
Me miró mientras le adelantaba, amenazándome con la mano. Por lo que sabía necesitaba apuntar para concentrar su telekinesis, por suerte para mí, esta vez mantuve más distancia que su radio de acción, y no podía volver a toquetear mi volante. Pero sabía que si intentaba derribarlo me acercaría demasiado y me volvería a echar. Para darle más emoción a mi izquierda esta vez no había un terraplén, si no el Mediterráneo, oscuro como el petróleo, preparado para recibirme si en cualquier momento a mi coche le apeteciese un chapuzón.
Manos Largas me seguía apuntando con una mano mientras yo le adelantaba, amenazante sin dejar de mirarlo con el ceño fruncido. Le devolví el favor y tras cambiar de marcha para alejarme de él le enseñé que mi mano también sabía hacer trucos, mientras le mostraba para ser exactos el de “mi dedo del medio comunica mis sentimientos”.
Tras acabar de adelantarlo, volví al carril, y en cuanto tuve a la motocicleta detrás, apreté el freno a fondo.
Cerré los ojos mientras esperaba el golpe y, tras oírlo de manera casi satisfactoria y notar la sacudida en el coche, pude ver como una figura humanoide me adelantaba dando vueltas por el aire, y desaparecía tras ser iluminado fugazmente por las luces delanteras de mi Seat.
Me bajé del coche tranquilamente y observé con verdadera curiosidad. El cuerpo de Manos Largas flotaba a un palmo del suelo, bocabajo, mientras aún aterrado concentraba todo su poder en seguir evitando impactar contra la carretera, a pesar de que lo había logrado hacía rato ya. Aproveché para sentarme de un salto encima de él y la sorpresa de mi peso hizo que finalmente aterrizase dejando escapar un gritito.
Una vez cómoda sentada encima de sus costillas, con sus pequeños pero poderosos bracitos atrapados bajo su cuerpo, e iluminados por las luces de mi coche, saqué la pistola y una sonrisa, y amenacé con ambas al ladrón.
- Me vas a decir a quién le has vendido las llaves ¿verdad, Jaime? No tengo toda la noche...

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.
Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.
Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.