-¿Y qué coño ocurrió? - preguntó Killian, que había escuchado mi relato con fingido interés, motivado por agradecimiento a haber recuperado sus llaves y especialmente por el alcohol.
- Resbaló nada más dar un paso, y al caer al suelo se hizo añicos.
El irlandés me miró incrédulo. Su gesto dejaba ver que hacía un esfuerzo, pero no logré adivinar si era para evitar reírse o para hacerlo. En ninguno de los dos casos le salió del todo bien. El final de mi encarnizada lucha con Encarnación había tenido un final tan anticlimático, que lo habría lamentado si no fuese por que era yo la que había salido viva. Además había recuperado las llaves.
Era probable que tardase en recuperar la sensibilidad de mi mano derecha unos cuantos días. Y tras el chapuzón en casa de la sirena y la pelea entre hielo, mi nariz atascada evolucionaría sin duda en una gripe. Por suerte, esto implicaba que mi olfato estaba inhabilitado, lo cual me ahorró al menos en parte seguir oliendo a tripas de pescado, a pesar de que el aroma tardaría en írseme más que las quemaduras por congelación o el resfriado.
Para rematar, mi coche ahora tenía un bollo en la parte trasera con forma de la cara de un ratero que se lo pensaría dos veces antes de volver a apropiarse de lo ajeno.
Había sido una noche completita, y por eso ni siquiera me preocupaba que ya estuviera amaneciendo, y yo siguiese en el bar.
El Rainbow's Arse era el mejor antro de Barcelona para la gente como yo. Y por suerte, en toda la ciudad solo había una persona que era como yo en ese momento. Por norma, el pub Irlandés estaba frecuentado por criaturas mitológicas, muertos vivientes, demonios, y en general cualquier persona que tuviese o pudiese fingir un aspecto humano, a pesar de no serlo. Muy diferente de otros bares que solían tener humanos que no lo parecían. Pero a estas horas, casi de día, sólo estábamos su dueño y yo.
El bar parecía muy diferente con la luz del día empezando a entrar por la verja entrecerrada de la puerta, iluminando mesas vacías y botellas llenas con un tono naranja que hacía juego con el rojo de las paredes, o de la cara de Killian. El clurichaun también parecía muy diferente por el día a su aspecto habitual. Había tenido mala noche, se le veía en la cara. Normalmente, la criatura, un primo cercano y más alcohólico de los leprechauns irlandeses era un pelirrojo cabronazo y gruñón que bebía dos veces su peso en el tiempo que yo podía tomarme una pinta. Hoy no. Tras el robo de sus llaves, Killian no había podido disfrutar de la vida como solía hacer, y se limitó a beber lo que solía beber, pero sin pasárselo bien.
Había cerrado el bar hacía ya horas, y había echado más pronto de lo habitual a la clientela, labor para la que no dudó en usar una escopeta y un par de exorcismos. Llevaba, por lo que podía adivinar, horas en la misma postura, abrazado a su copa favorita, que no dudaba en vaciar y llenar con velocidad sobrenatural.
Puse las llaves en la mesa y por fin pareció darse cuenta de mi presencia. Sus ojos brillaron, y pude ver un gesto de mala hostia en su cara, lo cual, en el caso de Killian, se podía considerar su posición de descanso.
- ¡Mecagon la puta, Verónica! ¿Por qué mierdas has tardado tanto? ¡Estaba de los putos nervios! - La mitad del vocabulario que el pelirrojo enano sabía balbucear con su ligero acento irlandés y su fuerte acento a cerveza eran tacos. La otra mitad insultos. En ese momento me di cuenta que todo lo que le había contado había caído en un barril sin fondo, lleno de cerveza.
Suspiré, mientras Killian cogía las llaves, y bajaba de un salto del taburete desde el que solía atender a su clientela.
- Acompáñame, te lo has ganado.
Apuré la cerveza que el camarero me había servido en un ataque de generosidad insólito, y le acompañé a la parte de atrás del bar. Tuve que agachar la cabeza para no darme contra el marco de la puerta a pesar de que yo tampoco era la más alta de la clase. La habitación contigua al bar, protegida por un cartel que rezaba PRIVADO y seguramente por algún hechizo defensivo, estaba hecha a la medida del clurichaun, o lo que es lo mismo, a media medida mía.
Cuando dejé de observar la habitación, Killian me hizo un gesto de que me quedase quieta, mientras buscaba entre el llavero que le acababa de entregar una llave concreta.
- La hechicera decía que las llaves guardaban un enorme poder - comenté casi casualmente. El dueño delRainbow's Arse no era precisamente conocido por ser poderoso, al no ser que lo midiésemos en miligramos de alcohol por litro de sangre. La curiosidad de saber qué guardaban esas llaves me motivaba tanto como el dinero que me iba a pagar por recuperarlas. En mi trabajo había visto espadas encantadas, hechizos preparados, objetos malditos... Ninguno de ellos me encajaban. No, Killian era más práctico.
- ¿Poder? Claro que sí. - añadió casi riéndose, mientras se metía en una habitación más pequeña, haciendo uso de una segunda llave. - Algo tan poderoso que Manos Largas intentó robarme. - oí de nuevo una llave dentro de la habitación donde se había metido. La curiosidad me llamaba, pero asomarme sería como meter la cabeza en la madriguera de un tejón rabioso. - Algo por lo que mataría hasta a la mismísima Poderosa Dama del Frío. - Otro ruido de llaves y una enésima puerta abriéndose sonó dentro de la habitación, y un brillo dorado iluminó levemente la pared, por encima incluso de la luz del sol que se colaba por una rendija en la ventana. - Conozco pocas criaturas que no se sientan tentadas por este... poder que tú dices - las puertas volvieron a cerrarse, mientras el clurichaun salía de su agujero. - Ni siquiera tú, Verónica.
- ¿Qué quieres decir? - pregunté curiosa, mientras me arrojaba algo brillante.
- Dinero. Eso es el poder que guardan estas llaves. Algo que tú quieres, que todos queremos. Algo tan poderoso que mueve el mundo. Puto dinero.
Miré lo que me había lanzado Killian. Una moneda de oro, cinco dólares americanos, de 1879.
- Tu sueldo, Verónica. Con eso podrás arreglar el coche, curarte el resfriado y pagarte siete duchas, las necesitas. - El cabrón me había escuchado, en el fondo.
Miré la moneda en mi mano. Tenía que ser valiosa. La olla de oro que guardaba el clurichaun al final del arco iris no almacenaba baratijas.
La apreté en mi mano, notando el dolor aún en las articulaciones atenazadas por el frío. Me daba igual. Killian había compartido conmigo parte de su poder.
El dinero. Algo por lo que la gente estaba dispuesta a robar, matar, o morir. Había una lección filosófica muy profunda ahí.
Pero yo estaba muy ocupada pensando en qué me lo iba a gastar.