Puede que yo tuviese el pelo y la ropa aún mojados y que el frío de las cinco de la mañana se ayudase de los trozos de hielo repartidos por todo el suelo de la lonja para provocar que ni siquiera la adrenalina de la acción lograse que entrara en calor.
Puede que además estuviese perdiendo la pelea. Y esta vez ni mi Glock, usada como último recurso tantas veces que me debería plantearme por qué no era el primero, me iba a servir de ayuda. La tenía en la mano, sí, pero tanto ella como el arma estaban atrapadas dentro de un pequeño bloque de hielo que me llegaba hasta el antebrazo. Incapaz de mover ni siquiera el gatillo, mi mejor arma y mi mejor brazo estaban inutilizados.
Puede que la risa maníaca de mi adversaria me perforase los oídos. Además, su tono no indicaba megalomanía, o locura, como solía ocurrir en estas situaciones. No. La cabrona se estaba despollando de mí.
No, cada vez que recuerdo esa noche lo primero que me viene a la mente, por encima de todas esas cosas, era el pútrido olor a pescado pasado que me envolvía, mientras yo intentaba salir de un contenedor nadando entre kilos de peces que ningún pescadero en su sano juicio había querido comprar.
Normal que esa zorra se riese de mí.
La Poderosa Dama del Frío, maga elemental de categoría tres, experta en poder controlar y crear hielo a su antojo, y pescadera de Lunes a Jueves, me había vencido. Al menos el primer asalto. Por suerte, tan poco estaba acostumbrada la mujer a conseguir victorias en su vida, que su sorpresa fue superior que la mía, lo cual me dio un respiro.
Aproveché que La Poderosa Dama del Frío, o María Encarnación, como se llamaba de día, había transformado su risa de superioridad en una sincera carcajada al comprobar que había caído en doscientos kilos de tripas de pescado y conseguí salir del contenedor. En el momento que saqué medio cuerpo me desplomé de cabeza al frío y húmedo suelo, y volví a atreverme a respirar. Mala idea. Demasiado cerca del contenedor, y aún con varios trozos de pescado pegados a mi cuerpo como asquerosos gusanos hechos de gelatina y espinas. La bocanada de aire fresco que esperaba se convirtió en una cata de aromas de cosas que llevan demasiado tiempo muertas. Ni siquiera la arcada que conseguí reprimir me parecía tan asquerosa como el aire que me envolvía.
Encarnación me las iba a pagar.
Golpeé el brazo congelado contra el suelo, pero el hielo estaba pegado a mi piel, agarrado a ella con mil alfileres que se me clavaban cada vez que lo intentaba mover. Ardía. Era hielo y ardía. Me hubiese parado a apreciar la ironía, pero Encarnación había dejado de reirse, y volvía a preparar hechizos con sus regordetas manos, con la misma facilidad con la que limpiaba una merluza.
Dos luces brillantes pasaron cerca mío, y tuve la suerte y la agilidad de esquivarlos a tiempo. Impactaron en la pared estallando como copos de nieve, congelando al momento el embaldosado, que crujía ante el brusco cambio de temperatura.
Encarnación siguió lanzando hechizos mientras yo corría esquivándolos, saltando finalmente tras el mostrador de uno de los puestos de la lonja. El aterrizaje no fue nada suave, y el suelo, lleno de un agua nada incolora, inodora o insípida no logró frenarme hasta que acabé bruscamente en la pared.
Maria Encarnación volvió a estallar en carcajadas, como si en lugar de una experimentada detective de lo paranormal mi trabajo fuese la de una payasa de circo. Hasta yo tuve mis dudas. Por suerte, mi cerebro me dio un respiro y tuvo una idea.
Volví gateando hacia el mostrador y lo usé para atrincherarme, mientras las carcajadas de la hechicera se acercaban, a la vez que apaciguaban. Agarré con mi única mano disponible la manguera que usaban para limpiar el puesto y salí de mi parapeto disparando un chorro de agua a la cara de Encarnación, que sorprendida solo pudo reaccionar de la manera más básica que se le podía ocurrir a un mago. El ataque de magia congelante chocó con el potente chorro de la manguera, convirtiendo las inofensivas gotas de agua en un improvisado granizo que chocó repetidas veces con su cara.
Aprovechando que el parte meteorológico no había avisado a Encarnación de la inesperada tormenta que arreciaba en el tercio norte de su cara, golpeé con toda la fuerza que pude a la mujer con el bloque de hielo que era mi mano. Un sonoro crujido producido en parte por el hielo rompiéndose en parte por su cráneo, retumbó en las paredes embaldosadas de la lonja, arrojándola un metro hacia atrás.
Mi pistola, liberada por fin del hielo y de mi mano, salió volando, aterrizando en cajas de sardinas en mal estado, conviertiéndose en el tercer objeto más letal del montón donde había caído. Solo pensar en volver a acercarme a uno de esos asquerosos pescados hizo revolverme el estómago, pero Encarnación aún no estaba fuera de combate, y aunque no estuviera segura de que la Glock o mi mano derecha funcionasen tras haber sido congeladas, eran mi única opción.
Me acerqué deprisa hasta donde había aterrizado el arma, y haciendo de tripas corazón, metí la mano en la caja, encontrando tripas, corazones, y finalmente el metálico tacto de mi única salida.
Levanté la pistola, apuntando a Encarnación con la mano izquierda, y me quedé clavada en el sitio. La hechicera no solo se había levantado, si no que concentraba olas de magia alrededor de sus manos, mientras tanto éstas como el resto de su cuerpo se convertían en hielo.
La mujer empezó a crecer, mientras el hielo trepaba por sus extremidades. Su cuerpo rechoncho ahora se convertía en una mole de hielo y amenazantes témpanos. Se reía, pero ya no de mí. Finalmente había aprendido y se reía como una maníaca henchida de energía. Había infravalorado a la hechicera, y aunque pensé en que debería actualizar mis fichas sobre ella valoré el gesto como inútil. En sus ojos pude ver que solo una de nosotras saldría de ahí.
- ¡Devuélveme las llaves! - grité alzando el arma - ¡No te pertenecen!
- ¡Ni de coña! - su voz cavernosa retumbó por todas las paredes de la lonja, y durante un segundo, los peces bailaron, en un gesto de fingida mortalidad. - ¿Sabes el poder que puedo conseguir con ellas?
El monstruo de hielo que hasta hace un momento había sido una señora rechoncha de cincuenta años, me miró, con una luz blanquecina que brillaba en donde deberían estar los ojos.
Sin pensarlo más, apreté el gatillo.
Por supuesto, no funcionó.