—Son vampiros.
—Son turistas, padre —respondí con paciencia ante su terquedad—. No todos los turistas que vienen aquí son vampiros.
—No, no, no… Son más que eso, lo huelo. —Olisqueó el aire, como si realmente pudiese detectar el aroma de algún vampiro cercano—. Llevo muchos años trabajando para el Vaticano. ¿Sabes a cuántos vampiros he derrotado?
Le di la espalda mientras me encogía de hombros. Sabía que, si le preguntaba, el padre Canastos me obsequiaría con un sermón el doble de largo que los que solía dar en misa. Más entretenido, eso sí. Con un solo una pizca más de violencia que sus lecturas de la Biblia. Pero no tenía ganas ni tiempo de volver a escucharlo, tenía clientes sedientos que atender.
—Ya no trabajas para el Vaticano, padre —decidí atajar—. No directamente. Te recuerdo que ahora eres un simple párroco de pueblo.
—Y por eso no pienso dejar a un par de lobos sueltos en mi rebaño. —Me miró severo e intenté devolverle la mirada con la misma fiereza. No me salió, llevaba ya muchas horas trabajando—. Y por mucho que digas que ya no te dedicas a esto, sé que tú tampoco vas a dejarlos pasar. Me vas a ayudar ¿verdad?
Acabé de preparar el séptimo café mientras hacía un gran esfuerzo por ignorarle. El padre Canastos había pasado demasiados años cazando vampiros, demonios e incluso brujas bajo las órdenes de la Iglesia. Pero tras su retirada forzosa necesitaba seguir buscando una excusa para seguir luchando contra monstruos imaginarios. Solo que en esta ocasión, eran realmente imaginarios.
No supe decirle que no la vez que decidió investigar sobre aquella colina que se decía que era un gigante durmiendo y que, al final, resultó ser una colina. Le seguí cuando perseguía los gritos de una banshee que, al final, resultaron ser la señora Angustias y su nieta ensayando para su nuevo grupo de música. Le ayudé a dar caza al duende que se decía que vivía en el garaje del veterinario que, al final, pues sí que era un duende mágico. Alguna vez tenía que acertar. Pero era un simple duende, pequeñito. Nada importante.
El verdadero problema era que el padre llevaba fatal la jubilación forzada y como buen perro del Vaticano que era, necesitaba algún hueso de santo que roer o acabaría cazando cabras alegando que eran avatares de Satanás.
Dejé escapar un suspiro mientras vertía el coñac en uno de los cafés. A la señora Loles le gustaba bien cargado, especialmente justo antes de ir a misa.
—Está bien, padre –respondí mientras colocaba los cafés en la bandeja y la cargaba con varias docenas de churros—. Le ayudaré. Aunque sea por evitar que acabe clavando una estaca a los pocos turistas que vienen por aquí.
—Sabía que acabarías apuntándote. —El rostro preocupado del cura se convertía en la sonrisa de un niño al que le han dado permiso para matar—. Tú también echas de menos algo de acción ¿verdad?
Ignoré su pregunta y paseé la bandeja con cuidado ante sus narices, saliendo de detrás de la barra.
Cogió uno de los churros de la bandeja con la misma habilidad con la que había visto manejar su cuchillo de plata y me miró, aún sonriente. Intenté derribarle la felicidad con otra mirada severa, pero seguía sin salirme.
—A su rebaño no le gustará saber que le anda robando churros, padre Canastos.
—Se llama diezmo, y estoy seguro de que a las únicas fieles que vienen a verme los Domingos no les importará que su párroco favorito vaya bien alimentado.
El padre observó sonriente al grupo de ancianas que juzgaba su atentado contra el séptimo mandamiento y su churro con la vehemencia que solo la gente de cierta edad podía recabar. Esa, esa era la mirada que yo estaba intentando lanzarle al padre Canastos.
Intenté repetirla, mientras me agarraba a la ofensa de su última frase.
—¿Sus únicas fieles, padre? Te recuerdo que soy la única de todo el pueblo que no se ha perdido ninguna de tus misas.
—Tienes razón, Carolina. Es verdad que siempre puedo contar contigo.
Si había seguido al padre Canastos hasta ese pueblo perdido en mitad de Castilla había sido por muchas razones.
Le había visto pelear. No solo contra un ejército de zombies el mismo día que decidimos dejar nuestra enemistad natural a un lado y canalizarla contra un enemigo común. También lo vi luchar contra la misma Iglesia que decidió expulsarme de convento y mi orden en cuanto descubrieron que yo, además del catolicismo, practicaba la brujería.
Era un hombre con recursos y durante un momento de mi vida creí que era incapaz de hacer nada mal.
Hasta que le vi dar misa.
El mismo paladín capaz de abrirse paso entre las filas enemigas sin flaquear, se atascaba tres veces en el mismo versículo. Confundía los santos entre sí y alguna vez habría jurado ver cómo rezaba el padrenuestro mirando una chuleta. El clérigo había dedicado demasiados años de su vida a entrenarse para ser un arma del Vaticano y claro, eso no deja tiempo para deberes tan mundanos como bendecir el vino de misa sin derramarlo. Por resumirlo, el padre Canastos sabía repartir hostias, pero no las correctas para su actual profesión.
Afortunadamente para él, la única de sus feligresas que era crítica con su liturgia era yo. Estaba convencida de que podría hacerlo mejor que él, pero la Iglesia Católica no vería nada bien que fuese yo la que celebrase la misa, tan solo porque era mujer. Y estar excomulgada. Y por lo de la brujería.
El resto de sus siete fieles daban el visto bueno con esa sonrisa que indicaban que, si bien estaban de cuerpo presente todos los domingos, el padre podría haber estado leyendo la guía telefónica que no hubieran notado diferencia alguna. Especialmente Loles, que nunca entraba a la iglesia sin apretarse dos carajillos. Su mirada no se centraba en el padre ni en el retablo que había tras él. Sus ojos grises miraban al infinito tan detenidamente que el mismo San Pedro debía estar notando su mirada.
Y el resto de la congregación tampoco le parecía prestar mucha atención. A pesar de sumar más años entre todas que el propio Concilio de Trento, el grupo de ancianas vestidas todas de negro se comportaban como chiquillas en catequesis. Hacían algún comentario en voz baja que creía que solo ellas podían oír y se empujaban en la fila para hacer la comunión. Eso si no se quedaban dormidas directamente.
Pero el padre nunca les afeaba la conducta. Claro que no. Angustias, Martirio, Soledad, Olvido, Amparo y la más joven, Socorro, con ochenta y cinco añazos, eran las únicas fieles que venían a misa con casi tanta regularidad como venían a mi pastelería. Sin olvidarnos por supuesto de su líder en la sombra, la señora Loles. No estaba el padre como para espantar a clientela, así que unos daban misa mal, y otros la recibían peor. La única que realmente sentía respeto por la liturgia era yo. La excomulgada.
Y pesar de mi respeto, admito que llevaba varios minutos perdida en mis pensamientos y ni siquiera había prestado atención a las palabras del padre. Decidí volver a escucharlo para intentar adivinar qué parte de la Biblia estaría destrozando ahora mismo.
— ...seres que se alimentan de sangre y viven entre nosotros sin que...— llegué a escuchar.
Recé un padrenuestro como disculpa por la blasfemia que casi digo en voz alta.
Comenzaba a atardecer cuando le di la vuelta al cartel de la pastelería y di por finalizada la tarde del domingo.
No quedaban clientes en el interior. La mayoría de visitantes del pueblo habían vuelto a sus ciudades tras el fin de semana y solo los auténticos y escasos habitantes de Matalaberza se quedaban a esas horas. Había sido una jornada dura pero había logrado que todo el mundo se llevase de vuelta a sus ciudades alguna caja con mis pastas de mazapán que me pasaba la semana preparando.
Agarré una de las pocas que quedaban en la bandeja y le di un par de mordiscos mientras me aseguraba de la calidad de mi propio producto por octava vez en el día. Trabajar en mi propia pastelería estaba siendo una prueba de mi voluntad constante. Si insistía en que todo el mundo se volviese a su casa con pastas no era por el negocio, si no para no quedarme a solas con mi propio producto. Si los años en un convento me habían enseñado algo era a hacer dulces, y era duro convivir con la tentación que yo misma creaba.
Por suerte, ese día contaba con ayuda y el padre Canastos devoraba las pastas mientras comenzaba a sacar de su bolsa de deporte todo tipo de armas.
—Creía que solo íbamos a vigilarlos —le hice notar cuando vi que sacaba la octava estaca de madera y la colocaba en la mesa que acababa de limpiar—. Que solo queríamos asegurarnos que son realmente vampiros y no simplemente, dos turistas muy pálidos.
—Y una vez que nos aseguremos de que son vampiros ¿Qué piensas hacer? ¿Poner una queja en la Oficina de Turismo?
—Te veo muy convencido de que no son simples humanos.
—Simples humanos haciendo turismo en Matalaberza.
—No son los primeros que vemos, huyendo del estrés de sus ciudades.
—¿Desde Holanda?
—Allí viven muy estresados, padre.
Gruñó, mientras seguía haciendo recuento de su armamento. Agitó una cantimplora adornada con la parafernalia dorada típica del Vaticano. Tanto adorno me recordaba a la alta curia, la misma que me excomulgó por un quítame allá unos hechizos. El padre reconoció mi mirada y excusó el recipiente.
—Agua del Jordán bendita por el mismo papa. Aún me queda un litro —agitó la cantimplora y no sonaba a un litro—. Más que de sobra para un par de vampiros, es tremendamente potente. Un par de chupitos puede convertir en cenizas al propio Drácula. ¿Quieres un poco?
—No se preocupe, padre. No necesito su arsenal —respondí mientras colgaba mi mandil tras la barra.
—Aún no crees que sean realmente vampiros ¿verdad? ¿Los has visto de día?
—Los vi llegar a la vez que el panadero, al amanecer, padre. Si fuesen vampiros se hubieran frito ya. Hasta yo misma estoy a punto, con este Octubre de sol que está haciendo.
—El panadero madruga mucho, quizás el sol no estaba lo suficientemente alto... Tengo entendido que pueden desarrollar cierta tolerancia.
—Si algo caracteriza a los turistas en España es precisamente su tolerancia al sol, sí —dije mientras comía la última de las pastas. Si iba a acompañar al padre, hubiera o no monstruos que cazar, necesitaría el azúcar—. Si son vampiros, han escogido el mejor sitio para ellos, desde luego: Un pueblo con una iglesia y dos capillas, dos arroyos de agua corriente, un sol abrasador y cuyo plato típico son las sopas de ajopuerro.
Por fin pude ver un atisbo de duda en los ojos del padre Canastos. Mi lógica le estaba convenciendo. No quería romperle su corazoncito de cazador de monstruos diciéndole que no le acompañaría. Pero si él mismo se daba cuenta de su error, quizás podía librarme la tarde del domingo para repasar mis grimorios o la telenovela.
—Puede que… —el padre Canastos dejó sus juguetes en la mesa, dubitativo—. ¿Crees que ha sido buena idea venirnos a este pueblo, Carolina?
La pregunta me sorprendió. No eran los vampiros lo que le preocupaban, en el fondo. El padre tenía dudas más vitales.
—No nos dejaron mucha alternativa, padre.
—Pero creíamos que aquí encontraríamos lo que buscábamos. Que el pueblo estaría plagado de criaturas mágicas, que podríamos seguir haciendo lo que mejor se nos da…
Le di un fuerte abrazo y noté la rigidez militar con la que siempre se movía deshacerse poco a poco. Era un buen hombre, pero siempre se había dedicado a enfrentarse a monstruos y todo tipo de criaturas mágicas. No había conocido otra vida. Y ahora que la estaba conociendo, era incapaz de adaptarse a ella, no como yo, que era feliz con mi pastelería y mi clientela.
—Quizás… —balbuceó—. Quizás tengas razón, Carolina. Quizás veo monstruos donde no los hay. Quizás necesite verlos…
—No los necesitas, padre —le liberé del abrazo y le miré a los ojos con una sonrisa. Mi mirada severa no era gran cosa, a pesar de haber tenido durante años una madre superiora capaz de derribar latas con un fruncimiento de ceño. Pero si en algo era buena, era transmitiendo calma. Y en hacer pastas—. Te han hecho creer que los necesitas. Pero vales para mucho más que para eso.
El padre me devolvió la mirada y su rictus se resquebrajó. Me devolvió la sonrisa, sincera.
—Gracias… Hermana—. No me gustaba que usase el título que me habían arrebatado sus superiores, pero entendí el gesto y lo agradecí—. Quizás tenga razón, y los monstruos solo estén en mi cabeza.
El grito que vino del exterior atravesó el silencio como un ariete y los dos saltamos en nuestro sitio.
—¿Eso ha sido un grito de auxilio? —pregunté, asustada.
—Peor aún —respondió serio el cura—. Ha sido un grito de Socorro.
El cuerpo de Socorro yacía moribundo en el suelo de la plaza.
La rodeaban las otras seis ancianas, asustadas y temblorosas. Furiosas y nerviosas. El grupo estaba tan tenso que parecía que de una palmada echasen a volar espantadas como cuervos.
Solo dos no se movían.
Una era la propia Socorro. La anciana mostraba solo tres colores. El negro de su ropa. El blanco de su piel y cabello. El rojo del charco de sangre que brotaba de su cuello. El padre Canastos había tenido razón. Su instinto no había fallado. Sabía que no me lo reprocharía, ahora mismo su máxima preocupación era encontrar a quien había hecho esto y asignarle su correspondiente penitencia. Aún así noté la culpa por haber dudado.
Intenté acercarme al cuerpo mientras rezaba por llegar a tiempo, pero una huesuda mano que bien podía pertenecer a la parca me detuvo.
Era la señora Loles, que se mantenía de rodillas en el suelo, con un rictus serio, mientras cogía con la otra mano a su compañera. Fui incapaz de leer lo que había en su rostro. Era la mirada de alguien que en sus más de cien años de vida había visto morir a demasiada gente. Socorro podría ser su hija, a pesar de tener más de ochenta años y pude notar cómo la señora Loles notaba la pérdida de su amiga como si fuera un familiar.
Me miró, examinándome y luego observó al padre Canastos.
—Han huido al cementerio —se limitó a decir.
Durante un segundo ambos dudamos, pero la decisión en la mirada de la señora Loles no nos dio lugar a dudas. El padre Canastos, sintiendo reforzados sus instintos y validadas sus sospechas por la mayor figura de autoridad que había en todo Matalaberza, abrió su bolsa de deporte y me ofreció un par de estacas.
Las rechacé mientras sacaba mi rosario de hechizos que llevaba en el bolsillo. Tenía varios preparados que podrían acabar con vampiro más rápido que una estaca.
—No se preocupe, vengo armada, padre.
—Sabía que tú tampoco te fiabas. ¿Te has preparado desde que te comenté mis sospechas?
—No. Desde que los vi llegar con el panadero.
Oímos sus risas nada más entrar al cementerio y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Habían escogido un lugar muy apropiado, los malditos. El sol se acababa de poner y las penumbras comenzaban a desparramarse por las lápidas y nichos.
Me aferré a la verja de la entrada con una mano mientras con la otra repasaba las cuentas de mi rosario, preparada para activar el hechizo que almacenaban en su interior en cuanto una de esas penumbras se moviese en mi dirección.
Las risas dejaron de oírse y curiosamente no me tranquilizó.
—Hay una cosa que no me cuadra, Carolina.
—¿Que no hayan esperado a que se pusiese el sol del todo para atacar?
El padre recogió mi observación con silencio.
—Hay dos cosas que no me cuadran, Carolina.
—¿Cuál es la otra?
—Que hayan venido a esconderse al cementerio.
—Son criaturas muertas ¿no? Se sentirán como en casa.
—¿En un lugar lleno de cruces?
Observé a mi alrededor. Lápidas con cruces grabadas en el mármol o directamente con su forma. Nichos con más cruces de plata por todos lados. El cementerio era la peor pesadilla de un vampiro. Además de la mía, en ese momento.
—¿Crees que no son vampiros?
—El mordisco del cuello es inconfundible, me temo. He visto demasiados como para no saber distinguirlos.
Un sonido sobre uno de los nichos hizo que juntásemos espaldas, cubriendo la retaguardia del otro, cada uno con sus armas preparadas.
—¿Y, en tu experiencia, a qué cree que nos enfrentamos?
—Vampiros, Carolina, estoy convencido.
—¿Vampiros a los que no les afecta el sol? ¿Ni las cruces? — balbucee, con temor a hablar demasiado alto y que nuestros enemigos decidiesen atacar —¿Cómo puedes estar seguro de que las estacas les matarán?
—A pocas criaturas no les mata una estaca en el corazón.
Buen argumento.
—Está bien, padre, confiaré en ti. Pero ni se te ocurra dejarme sola.
Dejé de notar el contacto de su espalda antes de acabar la frase. Un ligero ruido y el padre había decidido abalanzarse al ataque.
Durante un momento sentí pánico al notar mi retaguardia descubierta.
Después, sentí rabia por que el padre me hubiera abandonado. Pero al girarme lo vi salir volando arrojado por una oscura sombra y estamparse contra una de las lápidas. No me había abandonado, le habían atacado. Sentí alivio.
Luego volví a sentir pánico.
Con un gesto rápido de mi mano creé un halo de luz que me cegaba incluso a través de mis párpados cerrados. Luz solar, había preparado este hechizo hacía dos días, en cuanto creí notar la mirada en mi cuello de uno de los dos turistas. Capaz de convertir a un vampiro en un montón de cenizas y huesos.
Cuando el hechizo se consumió, la noche volvió al cementerio, sorprendida de que le hubiera brotado un día pequeñito pero fugaz.
Donde estaba el vampiro, había un montón de huesos. Desgraciadamente, seguían pegados a la carne y al resto del vampiro, que parecía tan sorprendido como yo de haber sobrevivido al hechizo sin más quemaduras en la piel que las que hubiera cogido un turista en la playa. Sonrió, mostrándome sus colmillos y durante un momento me quedé petrificada, como si hubiera sido yo la que había acabado transformada en una estatua de huesos y ceniza.
—¡La estaca! —gritó el padre Canastos desde la tumba en la que había aterrizado y que, por suerte, aún no era la suya. Enarboló el arma, intentando lanzármela con todas sus fuerzas. Pero otra sombra cayó sobre él aplastándolo bajo su peso.
No pude ayudarle, yo tenía mis propios problemas. El vampiro comenzaba a creerse que seguía vivo y pude ver como se preparaba para abalanzarse sobre mí. Lancé otro hechizo de luz, sabiendo que si bien no acabaría con él, al menos lo cegaría.
Pero la sombra fue más rápida que la luz y me embistió, arrojándome al suelo antes de acabar el hechizo. Mi culo aterrizó contra una corona de flores y mi cabeza rebotó contra uno de los nichos. Por suerte, su inquilino no salió a ver quién llamaba, ya tenía bastante con el muerto que intentaba arrancarme la yugular de un mordisco.
Aplastada por su fuerza, agarré la cruz del rosario que aún sostenía en mi mano y se la estampé en la cara. El monstruo dio un salto hacia atrás mientras se llevaba la mano a la frente, más sorprendido que dolorido. Las cruces no parecían hacerle efecto a distancia, pero a quemarropa al menos sí que eran suficiente como para crear una distracción.
Era un vampiro. Vestido como un turista, con la camiseta de un equipo de fútbol que seguramente no sabría pronunciar y la piel quemada como si hubiera pasado por Benidorm. Pero era un vampiro. Tan solo era realmente resistente a sus debilidades. La cruz le había afectado. La luz le había afectado. Pero no lo suficiente, necesitaba algo más. ¿Qué era más fuerte que la luz?
Busqué el hechizo en mi rosario mientras la bestia me arañaba las piernas con las que intentaba zafarme de él. Desgraciadamente mi corta estatura contra su nórdica envergadura tenía poco que hacer y pude notar su aliento pútrido cada vez más cerca.
No era pútrido. Era aliento a ajopuerro.
Tuve una revelación y de repente entendí qué hacían allí esos vampiros turistas.
No eran vampiros sin debilidades. Era vampiros que se estaban entrenando contra ellas. Por eso se movían al atardecer. Por eso peleaban en el cementerio. Por eso le olía el aliento a ajo. Habían venido al peor sitio para un vampiro para generar inmunidad ante sus debilidades.
Encontré el hechizo que buscaba y con mi mano libre conseguí dibujar el sello en el aire. Si quería entrenarse, le iba a dar una buena tabla de ejercicios.
La llamarada salió de mis dedos quemándome una uña. Me daba igual, volvería a crecer. La cara del vampiro, sin embargo, era más difícil.
La sombra se retorció luchando contra las llamas que habían surgido en su mejilla derecha y de repente se desvaneció en el aire. No logré ver nada más ya que volvía a estar cegada por el brote de luz esta vez acompañado de fuego.
Me puse de pie como pude y corrí en busca del padre Canastos.
—¡El fuego, padre! ¡El fuego les hace daño!
Los seis tiros a quemarropa que el cura disparó sobre el cuerpo del vampiro demostraron que me hizo caso, a su manera.
El enorme cuerpo del vampiro cayó desplomado, cubierto por completo de sangre y humo, con tres estacas clavadas en su pecho así como varios agujeros de balas de plata y la cantimplora de agua bendita completamente vacía. El padre me observó y una sonrisa sincera se dibujó en su rostro embadurnado de sangre, afortunadamente ajena.
Sonreíamos al ver que el otro estaba vivo. Sonreíamos al ver que, de nuevo, habíamos derrotado a los monstruos. Sonreíamos quizás, porque habíamos encontrado lo que veníamos buscando en Matalaberza.
Y en ese momento el padre dejó sonreír. Pude ver el rostro de pánico mientras levantaba su pistola descargada e intentaba disparar a la enorme sombra que comencé a vislumbrar tras de mí en los bordes de mi visión.
Solo tuve tiempo de girar la cabeza mientras notaba sus manos agarrarse a mi cuello. Solo pude ver el rostro desfigurado por el fuego atacarme mientras abría sus colmillos sedientos y hambrientos.
Solo pude oír el sonido de la carne del cuello despedazándose.
El cuerpo del vampiro cayó al suelo, como un saco lleno manzanas y sangre.
Su cabeza cayó varios segundos después, solo cuando la señora Loles la soltó, tras arrancarla con sus propias manos del cuerpo que ahora yacía ensangrentado en una tumba que no era suya.
—Lo siento —dijo la anciana—. Todo esto no tenía que haber pasado.
La figura negra de la anciana aterrizó suavemente sobre el charco de sangre que sus manos, ancianas para una nonagenaria, había producido.
Siempre había pensado que tendría más de cien años. Poca gente en el pueblo lo sabía con certeza, aunque comenzaba a sospechar que nadie podría saberlo. Y que serían más de cien. Y más de doscientos. Y fue quizás la sabiduría de tamaña edad la que le ayudó a entender qué pasaba por nuestras cabezas. Terror. Confusión. Ayudaba que ni el padre Canastos ni yo no éramos capaces de cerrar la boca.
—Entiendo que os debo una explicación. Y creo que a estas alturas, habéis demostrado ser dignos de recibirla. Os esperaré en la puerta de tu pastelería, Carolina. Pero antes limpiad este estropicio, por favor, os ayudaría, pero una no tiene edad para andar agachándose —dijo la señora que acababa de arrancarle la cabeza a un vampiro con sus manos.
Luego se alejó volando.
—A su pregunta te diré que no lo sé con certeza, Padre. No más de mil años, seguro, pero no andaré muy lejos. La memoria, ya no es lo que era con la edad.
La señora Loles le dio un sorbo a la taza de café cuyo proporción de café en el licor resultaba testimonial.
—Entonces —pregunté por tercera vez, ya que las dos primeras veces no me había quedado claro—. ¿Es usted un vampiro?
La mujer asintió por tercera vez con la paciencia de alguien que había sobrevivido a imperios. A la vez, con la misma simpleza con la que lo había hecho siempre la amable señora Loles, la anciana del pueblo. Título que debía ostentar desde hacía siglos, ya.
—Pero la hemos visto bajo el sol —apuntó el padre Canastos—. Y he probado sus sopas de ajo con usted…
—Y en misa, padre. La hemos visto en misa.
—¡En misa! No había visto a un vampiro capaz de resistir ver una cruz, y usted entra en misa voluntariamente todas las semanas.
—Bueno, ahí me ayuda mucho los carajillos de esta señorita —dijo mientras me devolvía la taza vacía—. Pero sí, soy consciente de que un vampiro más joven no aguantaría todo eso, ya no hacen vampiros como los de antes… Por eso vienen a conocerme… para aprender a controlar sus debilidades y no dejar que el demonio que vive en su interior les domine.
—Los dos turistas holandeses... ¿vinieron aquí por usted?
—Tengo cierto renombre entre la comunidad, padre. Muchos vampiros, cansados de la vida que nuestra aflicción acarrea, me han tomado como una especie de maestra para dominarla.
—¿Y cómo lo ha hecho usted?
—Llevo viviendo en Castilla durante más de ochocientos años, señorita. Si el sol, el ajo o la simple visión de una cruz pudiese acabar conmigo, ya lo habría hecho. A todo se acostumbra uno… ¿no?
—¿Entonces crea usted supervampiros? —el padre estaba tenso. Ambos conocíamos a la señora Loles y sabíamos que la anciana era en teoría inofensiva. Pero también sabíamos que había acabado con un vampiro especialmente duro de matar con sus manos y sin quejarse de los huesos. Ninguno de los dos teníamos nada que hacer contra ella, si llegaba el caso.
—No, no, no… Ese es el problema de los jóvenes. Yo les enseño a volver a vivir. A poder disfrutar del sol, de la vida, no depender solo de la sangre… vivir como humanos. Pero últimamente mi fama se ha propagado por los círculos incorrectos. Estos dos jóvenes que me han ayudado a eliminar… no tenían intención de disfrutar de su lado humano. Tan solo de hacerse más fuertes. Me tomaron por tonta y cuando les dije que no seguiría enseñándoles, se vengaron de mí, atacando a una de mis amigas…
—Socorro… —me santigüé al oír su nombre, rezando por su alma, estuviese donde estuviese. Porque no lo tenía claro—. Sentimos lo de su amiga.
—Bueno, bueno, no preocuparse —respondió la propia Socorro desde el otro lado de la mesa—. La verdad que no es para tanto. Y tiene sus ventajas, ya no me duelen las articulaciones, y lo de la sed de sangre… por lo que veo tengo una buena maestra que me podrá enseñar a superarlo.
La nueva vampira miró a su amiga con una sonrisa tierna y un solo colmillo asomando de la comisura de los labios.
—Lamento haberte traído a mi mundo de esta manera, Socorro. Pero si no llego a haberte dado de beber mi propia sangre, te hubiéramos perdido. ¡Tan joven! —Le dijo la vampiresa a la octogenaria. Luego miró en nuestra dirección—. También os pido disculpas a vosotros dos por haber tardado tanto en ayudaros en el cementerio, pero si no hubiera actuado rápidamente, la hubiera perdido. Tenía que acabar de convertirla en un vampiro, necesitaba tiempo.
—Entonces… ¿Nadie más corre peligro?
El padre Canastos estaba tenso. Estaba acostumbrado a la rigidez de su anterior trabajo y no estaba seguro de haber dejado todos los cabos sueltos. Dos de esos cabos eran las dos vampiresas que sonreían en la mesa de mi pastelería, ambas cubiertas de sangre, en un caso propia, en otro ajena.
—Hace años que no bebo sangre de nadie, padre, esté tranquilo. Es mi pueblo más que el suyo, no permitiré que haya más víctimas. Yo misma me encargaré de lidiar con otros vampiros que vuelvan a venir a perturbar la paz.
Esto pareció tranquilizar al padre que, si ya había hecho las paces con el hecho de convivir con una bruja, le resultó sencillo hacer lo propio con dos vampiras. Aún así, yo no dejé de notar que la señora Loles había dicho años y no siglos desde su último mordisco. Opté por no hacer más preguntas esa noche y el silencio se adueñó de mi pastelería durante unos segundos.
—Muy bien —recapituló el padre—. Entonces… Quieres decirme que de ocho personas que vienen a mis misas, dos son vampiras y una es una bruja ¿no?
— Y Angustias, que es una banshee, claro —apuntó la señora Loles sin darle importancia.
Los dos miramos a la mujer, sorprendidos.
—Ah, vaya. Creí que lo sabríais, como la habíais pillado cantando con su nieta…
Parpadeé un par de veces y no necesité mirar al padre Canastos para saber que estaba sonriendo.
—Si no le importa una última pregunta, Loles —no pudo evitar el padre—. ¿Qué sabe del gigante que duerme en lo alto de la colina?
—¿Por qué? ¿Qué ha hecho esta vez?