Contra todo pronóstico I

Leí el nombre que mostraba la placa metálica junto a la puerta de la consulta:
Doña Lola de María. 
Médium.
Era mi nombre, así que lo más probable era que ésa fuese mi puerta. Puede, no estaba segura. No antes de mi primer café. 
Siendo estrictos me llamaba Arancha Sicilia. Doña Lola era mi nombre artístico, pero no tenía ganas de empezar con crisis de identidades tan pronto por la mañana. No antes de mi primer café, insisto. Saqué las llaves y empujé con esfuerzo la pesada puerta de madera.
En el interior las luces parpadearon con un zumbido eléctrico y se encendieron haciendo desaparecer las sombras de la tenue luz matinal. Aún iluminado seguía siendo acogedor y misterioso. La decoración de mi lugar de trabajo estaba diseñada a medida para lograr el punto justo intermedio entre invitarte a entrar e invitarte a salir corriendo. Estudiado a nivel de marketing, el aspecto general era el de una preciosa casa de muñecas en la que hubieran matado a alguien. Era lo que mis clientes esperaban así que, por mucho que hubiera preferido redecorarla con muebles modernos y elegantes, Doña Lola de María tenía que trabajar rodeada de calaveras y bolas de cristal si quería que Arancha Sicilia tuviese una tele de 50 pulgadas en casa.
Busqué a mi secretaria y la encontré mirándome desde la mesa de recepción con un rostro inocente.
— Buenos días, Nolita. ¿Tenemos mucho lío, hoy?
— Poco no, Doña Lola.  —Nolita era tan incapaz de llamarme Arancha como yo de encontrar ganas de corregirla—. Mucho tampoco. Tenemos un mal de ojo, dos conexiones con el más allá y una lectura de cartas.
— No leo las cartas, Nolita.
— Lo sé, Doña Lola, pero usted misma me dijo, y cito textualmente «No podía decirle que no a una voz tan bonita».
Me encogí de hombros, no lo recordaba pero me vi incapaz de negarlo. Desde luego sonaba a algo que podía haber dicho, aunque era incapaz de recordar la voz bonita, por mucho que lo intentase. Podía haber sido una voz fea, dependiendo de las horas de la noche. No era descartable que sonase como un ganso al que le estuviese cambiando la voz. A peor. Tenía que empezar a prohibirme repartir tarjetas de visita a partir de las doce de la noche.
— ¿Tienes localizados a los ancestros de los clientes?
— La conexión de la mañana ya está apalabrada y se aparecerá en la consulta. Es lejana, pero servirá. Aún sigo intentando contactar con la de la tarde, pero es cliente fija, no tardará en aparecer.
— ¿Y de la lecturas de cartas? Si tengo que inventame un futuro, me gustaría conocer su pasado.
– Me temo que en la agenda solo hay apuntado 'voz bonita', con esa información no creo que pueda...
Gruñí a modo de respuesta. No quería discutir tan pronto. No sin mi café.
Caminé hasta el interior de mi consulta, aparté la enorme y sedosa cortina de la entrada y antes de tocar el interruptor, las luces se encendieron de nuevo solas con un lúgubre parpadeo.
— Nolita, no hagas eso, que me vas a joder las bombillas.
— Disculpe, doña Lola. La costumbre. —La joven agacho la cabeza y su figura se arrastró hasta la otra habitación atravesando la pared.
Era muy útil tener un espíritu como ayudante a la hora de contactar con el más allá, pero había cosas que aún no había aprendido a hacer.
El café era una de ellas.

— Estoy convencido de que me han echado mal de ojo, Doña Lola.
El primer cliente del día no era primerizo. Diego Manolo de Clara y varios apellidos más que solía recitar con orgullo hasta que alguien lo paraba. De pura raza. Aún no tenía claro de qué animal, pero de raza. Familia de empresarios de bien y cantamañanas de mejor. No me iba a quejar, normalmente venía con tonterías tan gordas como su cartera, así que seguí actuando con mi acento falso, mi nombre falso y mi falsa amabilidad.
— ¿Qué le hace sospechar eso, Don Diego? 
— Nos han metido tres puros de Hacienda en dos de las empresas de la familia. Y eso que una de ellas ni siquiera está a nuestro nombre por... unos motivos. —El interfecto se acercó para hablar en confidencia a pesar de que sus susurros podrían oírse desde la delegación de Hacienda de Madrid. Me miró a través de una gafas de sol que, por razones que desconocía, había decidido no quitarse ni en el interior del despacho.
— Pero Don Diego. ¿No fue usted quien me dijo que las multas de Hacienda era señal de que una empresa estaba creciendo?
— Pero no es solo eso, Doña Lola... Es más grave aún. Tengo pruebas de que me han echado el mal de ojo. Y no solo a mí. ¡A mi amante también!
Escondí mis ganas de mandarle a tomar por culo bajo una subida en su tarifa que le aplicaría al final de la consulta. Don Diego no tenía mal de ojo, le había examinado el aura nada más entrar. La tenía echa un asco, pero era el karma, no tenía nada que ver con maldiciones ni injerencias externas.
— ¿Cree que su mujer le ha podido maldecir?
— Eso pensé, Doña Lola. Eso mismo pensé... Pero luego ¡Zas! A mi mujer también le echaron mal de ojo.
Mi curiosidad pudo con el asco que me estaba dando el tipo.
— ¿Y cómo sabe que su mujer y su amante también tienen mal de ojo?
Don Diego miró a su alrededor para que no le viese nadie, a pesar de que estábamos solos en su despacho, al menos desde su punto de vista. Nolita observaba con curiosidad en una esquina, invisible para él. Se quitó las gafas de sol y mostró un ojo completamente rojo.
Me quedé en silencio y mi ayudante se acercó a observarlo de cerca.
— Conjuntivitis —añadió—. Seguramente se la haya pegado su amante, y él a su mujer. Le pasó lo mismo al hermano de mi Berto, un tarambana de toda la vida.
Yo no estaba tan segura como ella, pero me fiaba de su palabra.
— Muy bien, don Diego. Voy a arrancarle el mal de ojo, pero no será fácil. —Asintió—. Ni barato. —Volvió a asentir—. Además, tendrá que hacer un ritual de limpieza e ir al médico a tratar las secuelas físicas de la maldición. — Asintió por tercera vez—. Y por último... tendrá que decirle a su mujer y a su amante que vengan a mi consulta. Tengo que hablar con ellas... para eliminar la maldición, claro.
No asintió. Dudó.
— ¿Es del todo necesario?
Asentí.


La voz bonita entró a mi consulta, engarzada a un cuerpo consecuentemente bonito.
No tuve que hacer mucho esfuerzo para recordar dónde la había escuchado ni dónde la había visto por última vez. Aunque reconozco que sí tuve que hacer un poco. Calculo que habían sido las tres de la mañana, a juzgar por lo difuso de mis recuerdos.
La mujer me devolvió la tarjeta de visita que le había entregado en una ruidosa discoteca varios días atrás. También me devolvió la sonrisa. Observé la tarjeta, en la cual el nombre de Doña Lola de María estaba tachado y ponía Arancha escrito a mano. Con mi letra.
Recordé trozos de la conversación. La chica tenía pareja, y me lo dejó claro desde el principio. Si no recuerdo mal intenté hacer cosas por las que había juzgado mal a mi anterior cliente. Me avergoncé por lo desvergonzada de la Arancha del pasado. Pero la muchacha rechazó mis intentos con elegancia. No presioné mucho más, pero tenía una voz demasiado bonita como para dejar de escucharla así que seguimos hablando. Me contó sus problemas, yo le aseguré que podía ayudarla y le ofrecí mis servicios. Parecía fascinada por la idea de que le echase las cartas, y a mí me fascinaba su fascinación. Fui lo suficientemente sincera como para usar mi nombre de verdad. También para usar mi acento natural. No lo suficiente como para reconocer que no sabía leer las cartas.
Pero muchas veces, cuando un cliente me pide que le adivine el porvenir o que lo ponga en contacto con sus antepasados lo que necesitan es hablar, y alguien que les escuche. Y yo estaba más que dispuesta a escuchar esa voz.
Sin la música de la discoteca y sin la ayuda de los cubatas que me había tomado sonaba diferente, pero no peor. La observé mientras se sentaba en la silla frente a mí. Era un poco más alta que yo, lo cual no era poco. Rubia. Hermosa. Un aura de colores celestes que hacía juego con sus ojos. Sonriente. Me miraba con la misma curiosidad y escepticismo con los que miraba el resto de mi despacho. Se creía por primera vez lo que le había contado esa noche. Era mi trabajo. Aún era pronto para juzgar si además se creía que mi trabajo era de verdad.
Yo la observaba en silencio con profesionalidad. Tenía rastros sutiles de espíritus a su alrededor. Espíritus agradecidos, lo cual era agradable de percibir por mi sexto sentido. Una gran marca de un espíritu cercano. Una vieja herida que no parecía haber cerrado del todo a pesar del tiempo. No pude detectar al espíritu ligado a ésta. Debía de encontrarse muy lejos, ya.
— ¿Vas a poner el acento? — preguntó la voz bonita.
Me reí, nerviosa. No me gustaba ponerlo delante de gente que sabía que era falso. Era mi máscara, me ayudaba a creerme y hacer creer el personaje de Doña Lola. Delante de la gente que sabía que era un disfraz se sentía como eso, como un disfraz ridículo. No quería ponerme un disfraz ridículo delante de ella.
— Prefiero que no — respondí mientras buscaba en uno de los cajones del armario. Que no supiese echar las cartas no significaba que no estuviese preparada para hacerlo. Tenía tres tipos diferentes de cartas del Tarot, una baraja española, otra francesa y una de Las siete familias del mundo. Saqué una envuelta en un elegante pañuelo violeta y la coloqué en la mesa ceremoniosamente mientras me sentaba.
— Mi madre hacía esto muchas veces — se excusó. Obviamente la excusa era dirigida a ella y no a mí, que reía nerviosa y escéptica. Yo pude notar en su aura de quién era la marca del espíritu.
— Las cartas funcionan tanto como creas que funcionen, no son una ciencia exacta. ¿Sabes ya qué pregunta quieres hacerles?
— ¿No la recuerdas? Te lo pregunté en la discoteca.—Me encogí de hombros—. ¿Lorena o Marga?
Recordé los nombres, los tenía grabados en mi orgullo desde aquella noche en la discoteca. Lorena era su actual pareja, Marga era una nueva chica que había entrado en su vida. Demasiada gente entre la voz bonita y yo.
— No funciona así, me temo. Tienes que hacer preguntas mas concretas — le expliqué mientras barajaba—. Podemos centrarnos en la relación que tienes con alguna de las dos, para averiguar qué tal estás tú, qué tal ella, y qué tal el vínculo que os une...
Me miraba con la misma cara de incredulidad con la que había entrado. Estaba acostumbrada, así que continué.
— ¿Quién quieres saber? ¿Lorena o Marga? ¿Cuál de las dos era tu actual pareja?
— Lorena—. Asentí, fingiendo que no lo sabía perfectamente—. Pero... empecemos por Marga. ¿Vale?
— Como prefieras...— Coloqué la baraja en abanico en la mesa y con mi mano izquierda saqué la primera carta, colocándola ante ella.
— Esta representa cómo está ella.
Su escepticismo se difuminó durante un segundo y fue sustituido por miedo, mientras sus pupilas se contrajeron.
— La Muerte...
Sonreí para tranquilizarla.
— No te preocupes. La Muerte solo es una carta que implica cambio. Puede ser que Marga esté buscando un cambio en su vida, o que lo haya hecho ya... No tiene por qué ser necesariamente algo negativo..
— Pero no es buena señal ¿no? O sea, mal empezamos...
— Si vas a decidir tú en base a que no te gusta el dibujito de la primera carta lo podemos echar a cara o cruz, si quieres. ¿O es que ya tienes la decisión tomada?
Se rio con precaución. La miré detenidamente. La mayoría de las veces lo único que buscaba la gente en una tirada del Tarot era justificar una idea que ya tenían. Mi trabajo era ayudarla, independientemente de lo que dijeran las cartas. Pero por el momento no parecía que la balanza se inclinase para ningún lado. Habría que continuar.
— ¿Quieres hablarme de Marga?
— ¿Ayudaría?
— Siempre ayuda.
— No sé... me gusta mucho, tiene algo. Es misteriosa, lista... nos conocimos hará varios meses y siempre me ha intentado ayudar en mi relación con Lorena. Pero al final la amistad ha dado lugar a algo más. Hemos acabado liadas y no tengo claro si es un error o.... si el error sería dejarlo pasar. Marga me entiende. Entiende por lo que estoy pasando...
— ¿Por qué estás pasando?
La voz bonita levantó la cabeza, como si durante un segundo se hubiera olvidado de que estaba ahí. Su mirada había cambiado, era sincera. Más de lo que ella misma había esperado ser en mi consulta.
—Prefiero dejar eso para luego ¿Qué más dicen las cartas sobre Marga?
Pasé la mano por el abanico de cartas y señalé suavemente con el índice la siguiente.
— Ya has visto lo que han dicho las cartas sobre ella. Ahora vamos a ver qué dicen sobre ti. Al menos sobre cómo estás tú en esta relación.
Saqué la carta sin mirarla, clavando mis ojos en los suyos. No disponía de mi exótico acento, pero si le había gustado el misterio en esa chica, yo podía dárselo.
Sus ojos se abrieron de nuevo, asustados mientras yo le sonreía.
— ¿Cuántas más hay como esa?
— ¿Qué quieres decir? — busqué el objeto de su mirada. La carta. Su carta.
La Muerte. De nuevo.
Esta vez yo también me asusté. No era posible. Solo había una carta de la Muerte en la baraja. Pero en la mesa había dos, exactamente iguales. La de su pareja y la suya. Eran idénticas. La misma edición. No era posible que se hubiesen mezclado con mis otras barajas. ¿Podía ser un error? ¿cuándo la había utilizado por última vez?
No. No podía achacarlo a explicaciones tan extravagantes como errores de impresión o malas mezclas entre barajas cuando la solución más obvia estaba ante mis narices: Magia.
Las cartas tenían un ligero aura mágico dorado y blanco que podía casi percibir por el rabillo de mi tercer ojo. Fuese lo que fuese lo que hubieran hecho las cartas, era mágico. ¿Quizás pudiese echar el Tarot y no lo sabía hasta ahora? ¿Tenía además el don de la clarividencia? ¿O eran la cartas? Normalmente compraba material de calidad, ¿puede que fuese poseedora de una baraja del Tarot que funcionaba? 
— ¿Qué significan dos muertes? — preguntó preocupada.
No. No funcionaba. Una baraja del Tarot no puede dar dos veces la misma carta. Y menos la Muerte.
— No lo sé, no... no debería... — intenté responder—. Es un mal augurio. Una carta de la Muerte es signo de mala suerte, dos... No lo sé, nunca lo he visto.
— Creía que significaba cambio.
— Eso es lo que decimos para tranquilizarlos, pero no deberían salir dos cartas iguales. Y menos la trece, joder. La Muerte. No deberían...
Coloqué mi mano derecha sobre la siguiente carta. La mujer me miró, sus ojos mostraban miedo, pero igual solo reflejaban los míos.
— Esta carta representaría vuestro vínculo... El estado de vuestra relación.
Las dos la miramos detenidamente. Con miedo. Con duda.
La giré lentamente.
Ambas nos levantamos de la silla asustadas por la sonriente calavera que nos observaba, rodeada de sus dos hermanas.
La muerte. Por tercera vez.
Intenté decir algo, pero ver un augurio tan tenebroso dentro de mi consulta me oprimía la garganta. La voz bonita sí pudo hablar:
— Será mejor que no vuelva a ver a Marga ¿verdad?

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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.