Los muertos me quieren (muerta) IV



- ¿Se te ocurre algo reciente que pueda provocar que tu espíritu atraiga a los muertos? - preguntó Arancha, mientras se sentaba en su silla – Algún asunto turbio con algún zombie, fantasma...
- Puede ser el liche, o la banshee que me he cargado. O la movida que he tenido en el Rainbow's Arse con un par de satánicos. Al menos esta semana, si vamos más atrás...
Arancha resopló y se dejó caer en su sillón de cuero repleto de cojines adornados con bordados que parecían moverse en la penumbra de la habitación.
- Va a ser una noche muy larga...

El Consultorio Astrológico de Doña Lola de María no solía recibir clientes a esas horas de la noche, pero mi amiga, con sus ropas de andar por casa, sin el acento exótico fingido y  mirándome con ojos de sueño mientras se preparaba un café, no era Doña Lola de María, era Arancha.
Por dentro la habitación tenía un aspecto sobrenatural muy logrado, e incluso las luces eléctricas que la médium había encendido en lugar de sus habituales velas eran lo suficientemente débiles para no quitarle el aspecto esotérico al lugar. Solo la luz fluorescente de la neverita que Arancha acababa de cerrar, oculta en uno de los tallados muebles de madera de donde sacó un brick de leche rompía la atmósfera de la habitación que yo observaba casi sin fijarme, mientras garabateaba con mi bolígrafo.
Arancha esperó a que yo acabase de colocar los posavasos de marfil en el morado mantel de seda, que parecía más caro que cualquier vestido que yo podía tener en casa, y puso un par de cafés en la mesa de madera tallada. El negocio le iba muy bien a mi amiga, por lo que podía observar por su mobiliario, tan diferente al estilo ecléctico-reciclado de mi despacho.
- Bueno ¿estás preparada? - comenzó.
Asentí, no muy convencida. Estaba más que acostumbrada a ver todo tipo de fenómenos paranormales a mi alrededor, pero no me gustaba cuando yo era el centro de estos. Pero era consciente de que si quería averiguar por qué los espíritus venían a por mí, la única solución era un examen profundo por mi espiritista de cabecera.
- Bien, coloca las manos en la mesa. - obedecí, poniéndolas boca arriba. Arancha me las cogió. Le había visto hacer el mismo procedimiento en alguna ocasión, y normalmente sus gestos eran medidos y armoniosos, como siguiendo algún tipo de ritual. Ahora, así como no se molestaba en intentar ocultar su acento vasco conmigo, los movimientos también eran sinceros, directos. Los rituales era para gente a la que había que convencer que Doña Lola de María estaba hablando realmente con los muertos. Conmigo no hacía falta, sabía perfectamente que era capaz. Hasta mi propia abuela me lo había dicho, y la pobre llevaba muerta más de quince años.
- Voy a examinar a fondo tu aura, Vero, a ver si encuentro qué es lo que est-
La misma sensación de chispazo eléctrico que sentí al tocar el cadáver de la morgue pero aumentada un par de amperios más recorrió mis manos, mordiendo las de Arancha. Mi amiga salió disparada hacia atrás, dejando escapar un grito acallado a la mitad e incrustándose en el acolchado sillón.
No sabía si esto era lo habitual, pero al menos entendí por qué el sillón necesitaba tantos cojines.


- ¿Ari? - pregunté, sin moverme del sitio, asustada por la idea de que mi amiga sufriese por las putadas que normalmente la vida tenía reservadas para mí, colocadas en una estantería con mi nombre y varios signos de exclamación. - Arancha. ¿Estás bien?
La médium abrió los ojos levantándose del sitio en el momento. Sus movimientos, habitualmente más suaves, y la expresión de sus ojos, habitualmente menos sicópata me anunciaba algo inquietante.
- Arancha no está en casa. - dijo Arancha.
En la misma mesa donde nos encontrábamos, había ganado y sobre todo había perdido varias timbas de póker, hasta que descubrí que es mala idea jugar a las cartas con alguien capaz de ver tu aura. Por eso la cara de póker que mantuve en ese momento no me costó esfuerzo alguno. También ayudaba que, si bien la situación de la morgue era espeluznantemente inusual, ver a mi amiga poseída por un espíritu ocurría varias veces por semana, algunas veces incluso por reirnos un rato. Incluso había visto a Arancha dejar entrar un espíritu en su cuerpo tras intentar contar un chiste sólo “porque él era mucho más gracioso contándolo”.
Por eso pude ver cómo el espíritu que habitaba el interior del cuerpo de mi amiga se sintió molesto por no ser capaz de arrancar de mí la expresión de terror buscada. Por eso quizá también se apresuró en seguir hablando, para intentar demostrar que era el que tenía la situación controlada.
- No me has matado del todo, Parabellum...
- Ya veo, ya... - respondí.
- Admítelo, en el fondo sabías que ibas a volver a verme.
Logré poner el mismo gesto que dedicas a esas señoras mayores amigas de tus padres que te saludan y recuerdan cosas que hacías cuando eras niña, a las que devuelves el saludo con cortesía pero claramente no tienes ni puta idea de quién son, de qué te conocen o si realmente lo hacen o te están confundiendo con la Puri, la hija del charcutero que se fue a estudiar fuera. El espíritu me miró molesto a través de los ojos de Arancha.
- ¡Soy Gregorio Negro! ¡Intentaste matarme y fracasaste miserablemente, ínfima mortal!
Arqueé una ceja, invitándole a seguir explicándose. Por supuesto que sabía quién era, el liche que hacía una semana había intentado matar en Teruel, pero disfruto enormemente de privarle de atención a la gente o criaturas que más lo exigen.
- ¿Eres la banshee?
- ¿Qué? ¡No! La banshee no era más que una de mis enviadas para...- El liche se detuvo, notando cómo yo contenía una risa de satisfacción - ¿Te hace gracia? ¿No te das cuenta de lo que he hecho?
Negué con la cabeza.
- He ligado mi espíritu al tuyo. ¿Creías que destruir mi filacteria era suficiente como para acabar conmigo? Sabía que sería cuestión de tiempo volver a vernos. Que si ninguno de mis enviados acababa contigo y te enviaba al infierno donde te esperaba, yo mismo volvería de él para acabar el trabajo...
Su último comentario logró que una de mis cejas se arquease, con un deje de sincera preocupación.
- ¿El infierno? ¿Has vuelto del infierno? ¿Cómo?
- Ah, Parabellum, hay gente que tiene amigos en el mismo infierno, pero tú eres la primera persona que veo que tiene enemigos. Hay gente abajo que tiene más interés en verte que yo... Y gracias a su ayuda, podré llevarte conmigo hasta el fondo de...
Agarré la taza de café, y se arrojé su contenido a la cara poseída de mi amiga. El liche se sorprendió, primero por mi reacción, que acusó a un pronto por mi parte, luego por el efecto que éste hacía en su piel.
Ardía. Ardía como el infierno del que decía venir. Y lo curioso es que estaba rebajado con leche fría de la nevera. Cuando hablamos esta parte del plan, las dos estábamos de acuerdo en que era mala idea escaldar la bonita cara de mi amiga. Pero el agua bendita en la que habíamos disuelto el café lograba que el único que notase el dolor fuese el espíritu del liche, cuyo control sobre el cuerpo de la médium se debilitaba.
Aprovechando ese momento, golpeé con el posavasos, y de esto la pobre Arancha no se podía librar por mucho que lo hablásemos, en la cabeza de mi amiga. El símbolo que había garabateado con el bolígrafo en el marfil hizo su efecto, potenciado por el hueso de muerto del que estaba hecho el posavasos. El espíritu del liche salió del cuerpo de mi amiga, y se vio absorbido por la trampa para espíritus que habíamos preparado antes del ritual.
El posavasos tembló y ardió, mientras la energía del espíritu era contenida. Lo posé rápidamente en el centro de la mesa, cuya madera tenía grabados tantos símbolos espirituales bajo el mantel, que parecía el mapa de metro de Tokio tallado por un pájaro carpintero puesto de LSD. La energía comenzó a disiparse, mientras el espíritu maligno del liche era consumido.
El posavasos dejó de temblar, mientras dejé de prestarle atención y comencé a prestársela a mi amiga, que despertaba del trance.
- ¿Ha salido bien? - preguntó, cuando logró abrir los ojos y darse cuenta de dónde estaba.
- Como siempre. -respondí - ¿Qué hago con la trampa?
- Ah. Ponla donde las otras.
Cogí con cuidado el posavasos de hueso tallado, que aún estaba caliente, y lo coloqué en uno de los armarios, donde otros cinco posavasos reposaban, uno de ellos ennegrecido y medio quemado. 
- ¿Qué tal ha ido? - preguntó Arancha mientras se frotaba el chichón en la frente - Has tenido que golpearme ¿verdad?
- Era de los pesados, Ari, lo siento. - cerré el armarito y le di una vuelta de llave. Dejé escapar un suspiro.
- He visto su línea espiritual, Vero. - asentí, sin atrever a mirarla de nuevo, sabía qué iba a decirme. - Venía del infierno ¿verdad?
Asentí de nuevo, agachando la cabeza, como un perrito que no deja de morder los cojines a pesar de recibir su enésima regañina.
- Tienes que hacer algo con eso, Vero. - me dijo con sincero tono de preocupación mi mejor amiga. Asentí suspirando. - Tienes que solucionar las cosas con tu ex.

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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.