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Los muertos me quieren (muerta) III

El forense encendió la grabadora y comenzó a hablar, el eco de las paredes de la morgue impregnándose en la cinta.
- El cadáver presenta rotura de las vértebras cervicales tres y cuatro y laceraciones en el rostro debido a impactos de cristal. Aplastamiento de la caja torácica, y de diversos órganos internos. Los indicios observados apuntan a que el difunto falleció por el impacto contra el suelo, y no antes.
- Parabellum... -dijo el muerto.
- Ah. Y también hace eso.

- Dice mi nombre. - pregunté, mirando al cadáver desfigurado que señalaba Antón.
- Concretamente dice tu mote, Verónica. A veces esos detalles son importantes.
Miré al forense, que sonreía con una boca que parecía una herida de bisturí. Me devolvía la mirada a través de unas gafillas redondas tintadas de rojo. Conocía a Antón desde hacía tiempo ya, y aunque nuestro trabajo había logrado que coincidiésemos en más de una ocasión, su inquietante forma de ser lo mantenía en ese limbo en el cual viven los conocidos con los que no quedas a tomar unas copas al salir del trabajo, pero sí te llaman si un muerto pronuncia tu nombre.
Me acerqué al cuerpo que reposaba en la camilla metálica, y lo examiné. Un hombre de unos sesenta años, piel morena, pelo cano. Su pecho estaba desnudo de ropa y de piel, abierto en canal por el corte experto del forense. Me esforcé en no dejar escapar una arcada al observar el interior de su caja torácica en plena jornada de puertas abiertas. Podía ver los pulmones, su corazón y demás órganos que alguien con mis conocimientos médicos era incapaz de distinguir por color, posición e incluso función. Estaba acostumbrada a lidiar con muertos, pero normalmente mi trabajo era demasiado frenético como para andar fijándome en esos detalles. Pero no podía perder mi fama de chica dura delante de Antón, que estaba más que acostumbrado a lidiar con el interior de las personas, así que contuve la mueca de asco.
- ¿Y quién es? - pregunté, mientras volví a dar un par de pasos hacia atrás. Antón me miró sorprendido.
- ¿No lo conoces? - ahora fui yo quien le devolvió el gesto de sorpresa. - Porque él parece conocerte a ti.
Antón clavó el bolígrafo en el hombro del difunto, y pude ver como sus pulmones se hincharon, para al momento deshincharse emitiendo un sonido que en otras circunstancias no me hubiera resultado tan inquietante.
- Parabellum... - repitió el muerto.
Sentí un escalofrío. Debería estar acostumbrada a este tipo de situaciones, pero lo habitual era que los muertos reposasen en sus tumbas, o me persiguiesen intentando arrancarme la cabeza. Que se mantuviesen quietos simplemente pronunciando mi nombre era tan poco habitual como inquietante.
- No lo he visto en mi vida – respondí quedándome con la boca abierta el tiempo suficiente como para que el olor a muerto entrase en ella. Contuve otra mueca de asco, que se apiló junto a la anterior.
- Sinceramente, creía que era cosa tuya, no sería el primero que me mandas que no está bien hecho. - se permitió bromear - Aunque eso me tranquiliza en parte.
- ¿En serio? ¿Qué te puede tranquilizar de todo esto? 
- Pues que sería el primer humano que me mandas. Y que tú empezases a dedicarte a cargarte humanos no sería bueno para el negocio.
- ¿Quieres decir que no es un zombie?
- No sé qué es ahora. Sé que hasta hace menos de un par de horas este tipo estaba fumando un cigarrillo asomado al balcón de su terraza, vivito y coleando, tan tranquilo, hasta que la barandilla de su balcón cedió.
Volví a dar un par de pasos adelante, haciendo de tripas corazón para examinar con detenimiento las tripas y el corazón que reposaban al aire frente a mí. Otra arcada contenida en la pila de arcadas contenidas.
- ¿Y nadie ha hecho nada raro con el cuerpo? 
- Por lo poco que sé hace falta algún ritual para traer de vuelta a alguien del más allá, y yo he estado delante del cuerpo desde que nos avisó la policía. No creo que nadie tuviese tiempo.
Antón se encogió de hombros, yo hice acopio de fuerzas para tocar el cuerpo con el dedo, pero antes de llegar a tocarlo, volvió a repetir mi nombre usando unos pulmones que ya no respiraban.
- Parabellum...
Volví a dar un paso atrás, instintivamente. 
- ¿La gran Parabellum tiene miedo a un muerto viviente? - broméo Antón. Refunfuñé, pero fui incapaz de replicarle. No era el cadáver lo que me asustaba. Era el hecho de no saber qué estaba pasando. Llevaba años estudiando y trabajando con todo tipo de muertos vivientes, me había encontrado con todo tipo de casos, pero esto era algo nuevo hasta para mí. Miré al forense.
- ¿No hay nada raro en el cuerpo? ¿Alguna marca ritual, un tatuaje...?
Antón se encogió de hombros.
- Es un cuerpo normal, un humano que ha tenido el peor día de su vida, nada más. - Antón frunció el ceño tras sus gafitas. A pesar del tono socarrón, noté cómo a él también le comía por dentro no saber lo que ocurría. - Creo que si ocurre algo, debe ser en el plano espiritual, y sabes que ese no es mi terreno.
Me apoyé en la pared, cansada y confusa.
- Creo que puedo llamar a alguien que puede ayudarnos, pero es muy tarde, quizás deberíamos esperar a...
- Parabellum. - dijo una voz cavernosa a mis espaldas. De un salto me giré, y casi tenía la mano en la pistola, cuando me di cuenta de que me había apoyado en uno de los armarios que contenían los cadáveres. Uno de ellos me estaba llamando, desde dentro. Mi nombre estaba en boca de todos.
- Será mejor que la llame. - decidí, tras recuperar el aliento.
- Será mejor que la llames.


- Su espíritu sigue dentro – respondió Arancha tras varios minutos de examen. Antón volvió de su despacho, con una camisa de forense sin manchas de sangre. En todos los años que llevaba trabajando con él, era la primera vez que veía tener esa deferencia con alguien. Arancha solía producir ese efecto.
Doña Lola de María, menos conocida como Arancha, experta médium y una de mis mejores amigas, era físicamente lo contrario a mí: Alta, morena y con curvas ahí pero no allá. Incluso con el jersey gris y la falda larga que tenían aspecto de haber sido recogidos del suelo, y unos pelos que aún creían que seguían en la almohada, habían conseguido que Antón se pusiese una camisa limpia por primera vez en su puta vida. 
Pero Arancha era mucho más que una cara bonita, y su capacidad para ver y comunicarse con los espíritus era la razón por la que la había llamado.
- Como los zombies ¿no?
- Tengo la suerte de no saber cómo funciona un zombie, Vero. Pero no... - Arancha examinaba algo cerca del cuerpo que ni Antón ni yo podíamos ver, tan concentrada que ni siquiera se percataba de los órganos internos que reposaban a menos de un palmo de su cara. - Esto no parece algo hecho a propósito, parece más bien... un accidente.
- ¿Un accidente? - preguntó Antón.
- Sí, como si se hubiera enganchado con algo. Es difícil de explicar. ¿Podéis hacer que vuelva a hablar?
Asentí, volviendo a acercarme. Con respeto, pero intentando ocultar mi tensión ante mis compañeros, toqué con la punta de mi dedo índice el hombro del cadáver, y antes de sentir el chispazo eléctrico me di cuenta de un detalle: Era la primera vez que yo lo tocaba.
El cadáver abrió los ojos, y empezó a repetir mi nombre, sin pararse siquiera a coger aire con los pulmones, que reposaban macabramente inertes.
- Parabellumparabellumparabellum...
Incapaz de reaccionar, y con el corazón latiendo a la misma frenética velocidad con la que el muerto repetía mi nombre, tardé en darme cuenta de que un coro de muertos empezaron a acompañarle. Mi nombre empezó a sonar por toda la morgue, mientras las luces parpadeaban. Arancha me escudriñaba con sus ojos de médium tan abiertos como lo estaba su boca. Pero esos ojos no me miraban, miraban algo más allá, perforándome para buscar en lo más profundo de mí. También parecían asustados de lo que veían.
- PARABELLUMPARABELLUMPARABELLUM – El cadáver empezó a gritar, aún sin levantarse del sitio, con los ojos abiertos, mirando al techo.
Aprisionada entre las paredes que contenían muertos, y el hombre abierto en canal que me llamaba desde la mesa del forense sentí miedo. No me avergüenza decirlo. A pesar de ser una dura detective paranormal, que una decena de cadáveres canten a coro tu nombre en una morgue es suficiente como para que el más frío de los corazones tiemble. Y el mío ahora mismo estaba del tiempo.
- ¡PARABELLUM!
- ¡¿Qué?! - grité, dejando escapar una lágrima, mientras me acercaba al hombre muerto - ¡¿Qué cojones quieres?!
El hombre se levantó, sonrió, y me levantó por el cuello.
- MUERE.

Deberle la vida a Antón era algo que el forense no iba a dejar pasar fácilmente, pero aún así lo agradecí. Un golpe con la bandeja de instrumental y una fuerza sobrenatural que me recordaba que Arancha no era la única que olía a paranormal en aquel sótano hicieron que el cuerpo no solo me soltase, si no que dejase de repetir mi nombre, acompañado en su silencio por el orfeón cadavérico que dejó de gritar desde el interior de las paredes.
- Gracias... - me costó decir, no sólo porque aún me era difícil respirar, sino porque veía en los ojos del forense que sacaría provecho de ese agradecimiento. - ¿Qué ha sido eso, Arancha? ¿Qué has visto?
- Eres tú – dijo la médium, que a pesar del moreno de su piel dejó ver la palidez en el rostro. - Sus espíritus están enganchados con el tuyo.
El silencio inundó la morgue, mientras yo intentaba comprender lo que eso significa. Solo Antón se atrevió a romperlo:
- A ver cómo explico yo el bandejazo post mortem en el informe.

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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.