El señor Gonofre y las historias interactivas

¿Os acordáis del juego que os propuse la semana pasada? ¿Donde decíais 7 palabras y yo tenía que hacer un relato con ellas? Sois una pandilla de bastardos, mirad que lista de palabras me habéis dejado: hirsuto, barbecho, onanismo, sofrología, cercenar, imposibilidad, motoraton. Aquí va el relato, agarraos, que con semejante diccionario no va a salir algo muy cuerdo, no.
El señor Gonofre masticaba plácidamente el último trozo de queso que había cortado con su navaja. Sentado en un banco, tomando el sol, disfrutaba una tarde más de la tranquilidad del campo y el pueblo.
El señor Gonofre recordaba la época en la que tuvo que vivir en la ciudad, cuando era más joven y ante la imposibilidad de trabajar en el campo, se vio obligado a hacerlo allí. Comparando, disfrutaba de las pequeñas diferencias. La suave brisa que cruzaba el valle, y refrescaba su hirsuta piel, tostada y seca de tanto sol. La tranquilidad, el silencio, como si toda la humanidad estuviese disfrutando con él en silencio de la maravillosa puesta de sol. La seguridad de que el ritmo frenético de la ciudad no intoxicaría su paz.
El señor Gonofre tosió. El tabaco, pensó. No fumaba desde que tenía ocho años, pero de vez en cuando tenía accesos de tos que perturbaban su tranquilidad. Pero sólo eso era incapaz de interrumpir su descanso.
Observaba a los pájaros, con sus graznidos, que resonaban por todo el valle. De vez en cuando revoloteaban sobre los campos en barbecho, o se posaban en alguna rama cercana. Su trinar era acompasado. Menos el de los cuervos. Sus molestos ruidos interrumpían los momentos de paz del señor Gonofre. Pero era lo único que le molestaba.
Unos pasos decididos se acercaban a su pequeña fortaleza de tranquilidad. Un joven, con paso firme y una sonrisa que más que suya parecía que alguien había dibujado en su cara con algún rotulador, se dirigía hacia el señor Gonofre. Ya había reconocido la silueta, aunque fuese la primera vez que veía a esta persona, no era la primera vez que se encontraba con alguien de su calaña. Sus tejanos y su americana de pana conformaban el uniforme que le delataba. El joven le extendió la mano, mientras sonreía y saludaba con su característico grito de guerra.
-Círculo de lectores le apetecería...- El señor Gonofre levantó la mano con un gesto, interrumpiéndole, y sacó del banco una cajita. De ella sacó un libro. Las mil y una noches. Técnicas avanzadas de onanismo. Un libro perfecto para los días de lluvia
- Hace tres meses, - comenzó- vino un joven y le compré este libro, con la condición de que no volviera a intentar venderme nada.
El señor Gonofre se agachó de nuevo y sacó otro libro de la caja. Sofrología para niños. Cuentos infantiles de psicopedagogía ilustrada. En la portada aparecía un osito sonriente acompañado de una versión caricaturizada del Dr Caycedo. Un libro perfecto para los más pequeños.
- Hace dos meses volvió, y le dije que le compraría este libro si no volvía a molestar.
El señor Gonofre se agachó por última vez.
- El mes pasado volvió, de nuevo. - esta vez, en lugar de un libro, sacó la cabeza cercenada del anterior vendedor del círculo de lectores. Aún sin cuerpo, la cabeza sonreía, como su compañero aún vivo.
El vendedor echó a correr, sin perder su sonrisa, y no sin antes venderle al señor Gonofre sin que éste se diera cuenta un cómic de las últimas aventuras de los Motorratones de Marte contra el Dr. Maybe, en las que estos héroes motorizados salvaban al mundo de un robot ninja gigante.
El señor Gonofre odiaba a estos vendedores. Eran lo único que perturbaban su paz.
Tras un rato largo, sin que pasara nada. Sin que ningún cuervo graznase, sin que sus pulmones tosieran, o sin que ningún vendedor intentase venderle algo, la paciencia del señor Gonofre llegó a su límite. El silencio, el molesto silencio del campo era lo único que realmente perturbaba su paz.
El señor Gonofre entró en su casa, visiblemente molesto, y puso en su equipo de música el último disco de los White Snakes a todo trapo. Ahora sí que disfrutaba de la paz...

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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.