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El dragón tontísimo y el jabalí ignífugo

Relato de la Hermana Herminia en el que vosotros habéis escogido el título, y luego la Hermana Herminia ha tenido que escribir. Lo cual tiene mérito, porque lleva muerta como cuarenta años.
Las leyendas de los dragones siempre cuentan que son seres que albergan sabiduría bajo todas y cada una de las escamas de su piel. Antiguas mentes superiores, que no han dejado de acaparar conocimientos en sus largos siglos de vida. 
Xurdito no. 
Xurdito era tontísimo.
Xurdito era un dragón, sí. Y no era un dragón joven precisamente. Quizás incluso fuese el más viejo de todos, pero si lo era no se acordaba. Porque era tontísimo. Si nuestro anciano dragón hiciese caso a las leyendas, debería ser la más astuta de las criaturas del reino. Pero Xurdito no conocía esas leyendas. Porque era tontísimo[1].
Xurdito, ignorante de su propia ignorancia, pasaba los días contando las monedas que formaban su colchón de oro. Era su trabajo favorito y el único que hacía durante todo el día. Un trabajo, además, que no se acababa nunca por varios motivos: 
Para empezar, era mucho oro acumulado, el dragón había hecho fortuna a base de reducir a cenizas a todos los aventureros que venían a robar su tesoro, que era a su vez cada vez más grande y atraía a más aventureros con más oro. También porque muchas veces pedía prestado dinero y no lo devolvía. Porque Xurdito era tontísimo, pero eso no le impedía ser también ser tremendamente rico, como pasa muchas veces. 
Para seguir, Xurdito, por si no habíamos incidido lo suficiente, era tontísimo, y le costaba mucho contar las grandes sumas de dinero que había acumulado a lo largo de los años.
Para rematar, cada vez que llegaba a más de cincuenta monedas, y cuando su limitada capacidad matemática rozaba el límite de lo que podía dar sin echar fuego por las orejas en lugar de por la boca, venía otro aventurero a intentar robarle el oro.
Con una llamarada, dicho aventurero, que había oído que el dragón era tontísimo, era calcinado sin enterarse muy bien de lo que había pasado. Si era suficientemente rápido o astuto, el aventurero en cuestión se daría cuenta de que por muy tonto que sea un dragón, lo de vomitar fuego les da una ventaja en combate muy difícil de superar.
Por eso, cuando aquel jabalí entró en la caverna del dragón, el dragón le dejó hablar antes de calcinarlo. Porque estaba acostumbrado a que aquellos que intentaban robarle la fortuna fuesen fieros guerreros, astutos ladrones, astutos guerreros o fieros ladrones. No jabalíes.
También le dejó hablar porque era un jabalí, y no esperaba que lo hiciese.
—Hola, tonto dragón —se permitió la falta de respeto el jabalí—. Vengo a robarte un poco de tu tesoro.
Y sin más explicación cogió un puñado de oro con sus fauces, así que realmente cogió un bocado de tesoro pero quedaba raro así explicado, y comenzó a irse.
El dragón, que era tontísimo pero no tanto, lanzó una llamarada de fuego a aquel insolente animal. Tras el fogonazo, que convirtió la oscuridad de la cueva en la luz del día y la luz del día en oscuridad, Xurdito se sorprendió al ver la silueta del jabalí en la entrada de su cueva, sonriente y lo más sorprendente, indemne.
—Veo que no has oído hablar de mi leyenda, Xurdito. Tus llamas no pueden hacerme daño, y como eres tontísimo jamás encontrarás mi punto débil.
Y el jabalí se fue, desapareciendo con bocado de oro, que era un puñado pero con la boca.
Y la escena se comenzó a repetir todos los días. El jabalí aparecía, cogía un montón de oro, soportaba las llamaradas de Xurdito, que por mucho que se esforzase eran incapaces de penetrar el duro pelaje del caradura y descarado jabalí.
—¿Has probado a calcinarle los ojos? —le dijo un guerrero justo antes de ser calcinado por Xurdito. Le había comentado su problema a él, ya que recibía pocas visitas con las que hablar el pobre dragón. Porque era tontísimo. Y tacaño. Y seguía debiendo dinero.
Al día siguiente Xurdito enfocó sus llamas a los ojos del jabalí, pero este se limitó a cerrar los gruesos párpados y el fuego rebotó en ellos como lo haría en algo en lo que rebota el fuego.
—Quizás su punto débil sea la boca —aportó un sabio hechicero antes de que las llamas lo consumiesen.
Xurdito hizo caso al calcinado mago, pero descubrió que el pelaje del morro era tan resistente como el del resto del cuerpo, protegiendo así su interior. El jabalí se rió de su nuevo intento y salió por la entrada de la caverna, con el oro en la boca.
Poco a poco Xurdito estaba quedándose sin tesoro y sin ideas. A decir verdad, su tesoro seguía siendo enorme ya que la boca del jabalí no era tan grande. Pero a decir verdad también, las ideas en su lugar eran demasiado escasas, y pocos aventureros lograban darle alguna que no hubiera probado antes de morir.
—¿Has probado a meterle fuego por el agujero del cuerno[2]?
Al día siguiente Xurdito apuntó su llama al mencionado agujero, pero rápidamente el jabalí lo protegió tapándolo con el rabo. El jabalí se rio de nuevo del tontísimo dragón y salió con otro puñado de monedas de oro que seguramente se gastaría en el bar.
—Conozco a ese jabalí —admitió un sabio monje. Había entrado de manera sigilosa en la caverna del dragón un día a robar su tesoro, pero no pudo evitar intentar ayudar al desesperado dragón—. Conozco el manto divino que lo protege, otorgado por una benévola diosa a la que engañó. Pero como él bien sabe tiene un punto débil: Tan solo tienes que calcinarle los tímpanos, donde el poder de la diosa no le protege, ya que entonces dejaría de oír
Tras el sabio consejo del monje, Xurdito le dio las gracias y lo calcinó, mientras sonreía porque por fin sabía el punto débil del molesto jabalí.
Al día siguiente, el animal entró como hacía todos los días, se acercó al montón de oro, y antes de llenarse la boca con él miró al dragón, que ese día permanecía más en silencio que de costumbre.
—¿Has encontrado ya mi punto débil, tontísimo dragón?
Xurdito sonrió, satisfecho.
—Sí, molesto jabalí —respondió con una voz que hizo resonar la caverna como si fuese una extensión de su garganta—. Solo tengo que calcinarte los tímpanos.
—¿Y sabes qué son los tímpanos o donde están, tontísimo dragón? —sonrió de nuevo el jabalí.
Xurdito se quedó callado sin saber qué decir, sorprendido porque no se le había ocurrido que no sabía dónde estaban ni lo que eran. Su propia estupidez le había vuelto a jugar una mala pasada. El jabalí sonrió satisfecho y volvió a meter un montón de oro en su boca.
Xurdito, cansado, aplastó el jabalí de un zarpazo y se lo comió.
Y luego murió atragantado con aquel pellejo indestructible. Porque, de nuevo, Xurdito era tonto. Tontísimo. Que quede claro. Y me debía mil duros.




[1] Se sospecha que el dragón Xurdito estaba basado en alguna persona de la vida real de la Hermana Herminia, en concreto alguien que no parecía caerle especialmente bien, por la constante repetición del adjetivo y que, según sospechamos le debía dinero. Volver

[2] La mayoría de cuentos de la Hermana Herminia han sido manuscritos, y su enrevesada caligrafía era especialmente ofuscada cuando quería. Sospechamos que el jabalí no tenía ningún agujero en el cuerno y que, seguramente, no tuviera ni cuernos. Seguramente la autora había escrito otra palabra, pero el editor original Gregorio Feijoo, en la edición de 1984, decidió optar por ‘cuerno’ y hemos decidido respetar su decisión. Volver


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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.