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El inolvidable viaje de Rayas

Había olvidado todo, salvo dos cosas.
La primera y más importante era mi objetivo: Robar la calabaza emplumada de Mnemósine, diosa griega del olvido.
La segunda era cómo pelear.
Pero a cambio no recordaba ni mi nombre. Los demás viajeros de la caravana me llamaban Rayas por las cicatrices de mis brazos, que lucían como tatuajes que contaban historias que no podía recordar. No tardé en aceptarlo como nombre propio, a falta de otro mejor.
Me daba igual, apenas se dirigían a mí, y cuando lo hacían era a través de gritos de pavor y miedo. Gritaban en un idioma que me costaba comprender. No era mi lengua materna, la mía era muy distinta y sonaba muy lejana a todos aquellos extraños lenguajes que encontrábamos en los oasis de aquel desierto. Supuse que mi lengua materna debía de encontrarse cerca de mi destino, el cuál aún se encontraba a tantas lunas de distancia que ninguno de los cartógrafos que encontraba en mi camino sabía reconocer. Tan solo señalaban en una dirección, más allá de donde se acababan sus mapas.
Su lógica resultaba intachable: Si yo preguntaba por el templo de una diosa desconocida para ellos, seguramente se encontraría en un lugar de sus mapas que resultaba igualmente desconocida.
Pero era suficiente para que yo siguiese avanzando, de caravana en caravana, en dirección al fin del mundo. Porque era una de las pocas cosas que recordaba, mi objetivo:
Tenía que ir al templo de Mnemósine para robarle la calabaza emplumada. Quizás así pudiese recordar algo más, puede que incluso mi propio nombre.
—¡Rayas! —llamó el jefe de la caravana en un idioma que no era el suyo. A medida que avanzaba en el viaje, los idiomas cambiaban y mi nombre perdía el significado e iba mutando poco a poco, mientras la gente lo adaptaba a su acento—¡Rayas! ¡Olgoi!
Me levanté del suelo donde dormitaba y miré al hombre que gritaba. No era el único que lo hacía, pero mientras el lampiño anciano gritaba órdenes, los demás miembros de la caravana gritaban por el mero placer de hacerlo. Dejándose llevar por el pánico, escondiéndose tras las rocas.
Observé el motivo de los gritos. Tres. No. Cuatro olas de arena se dirigían hacia nosotros rápidamente.
—Olgoi-khorkhoi —repitió el anciano. No tuve problema en entender lo que quería decir: Gusanos de Muerte. Unas temibles criaturas que se alimentaban de la muerte que producían ellos mismos. Monstruos fantásticos que atemorizaban a los viajeros en sus peores pesadillas.
Recogí mi espada y mi escudo del suelo y comencé a correr a su encuentro. 

Había pasado ya un invierno desde que comencé mi viaje.
Había perdido la cuenta de por cuántas caravanas había pasado. Por suerte para mí, la mayoría de ellas quedaban satisfechas con mis servicios de protección. Los monstruos que habitaban en los desiertos, cañones y valles que había cruzado en este tiempo eran tan variados como los idiomas que me iba encontrando. No hablaba ninguno de ellos. Reconocía algunas palabras que no recordaba haber escuchado, pero apenas me lograba entender con todos los que encontraba a mi paso.
No lo necesitaba. Para ellos era un monstruo extranjero incapaz de leer o escribir, pero realmente no pedían mucho más en mí. Que pudiese usar mi extraña mi espada y mi exótico escudo para protegerlos era todo lo que me exigían. Comida y guía hasta mi siguiente parada era todo lo que me ofrecían a cambio. Cuando les salvaba la vida decapitando algún monstruo especialmente desagradable me solían ofrecer alguna muestra de agradecimiento. Ocurría con frecuencia, y no sabía qué hacer con ellas, así que cuando la caravana llegaba a su fin en alguna ciudad, las intercambiaba por monedas. Solo conservaba mi espada y mi escudo, era lo único que necesitaba, era lo único que recordaba.
En una ciudad oasis que llamaban Kasgar, tras intercambiar la piel cuarteada de los gusanos de muerte por unas monedas de oro y comida, un mercader mostró interés por mi escudo.
—No está en venta, anciano —le dije en mi idioma a pesar de que no lo entendería. Me respondió en el suyo propio, a pesar de que yo tampoco lo haría. 
Pero a pesar del enorme abismo lingüistico que nos separaba, logré entender que no tenía intención de comprarlo. Señalaba las grafías que adornaban mi fiel escudo. Con torpeza, empezó a leerlas.
—Mne..mósine... — sonrío, satisfecho.
Me quedé inmóvil en mi sitio. Nunca nadie había sabido interpretar los extraños símbolos grabados en el metal. Su caligrafía era tan diferente a la mía que llegué a pensar que en realidad yo no sabía leer. Hasta que aquel anciano leyó la palabra escrita tan claramente como si la hubiera sacado del único recuerdo que poseía.
—¡Mnemósine! ¡La diosa! ¿La conoce?
—¡Mnemósine! —repitió el anciano, orgulloso de haber descifrado correctamente el escudo que venía de tierras tan lejanas. Ambos nos mirábamos sonrientes, felices de encontrar alguien con el compartir un recuerdo que resultaba tan distante. Me hizo gestos para que le acompañara y no dudé en seguirle. Si hubiera querido matarme, me encargaría de él y de los diez bandidos que pudieran atacarme por sorpresa. No sería la primera vez desde que tenía memoria.

De un salto conseguí encaramarme en el quitinoso lomo del escorpión gigante, que intentaba clavarme su aguijón, grande como un ariete y afilado como una lanza. Logré esquivarlo en el último momento y atravesó su propio caparazón, girando sobre sí mismo sorprendido por el dolor de su propio veneno. Cayó a los pocos segundos, incapaz de sostenerse sobre ninguna de sus ocho patas. Intentó partirme a la mitad con sus pinzas de la que saltaba sobre ellas y aterricé frente a él, clavando mis pies en la arena y mi espada en su cabeza, para asegurar.
—Gracias —me dijo una mujer en cuanto volví a la caravana tras cumplir mi parte del trato. Me sorprendió la respuesta de la mujer. No era solo que se dirigiese a mí. Normalmente nadie quería hablar con Rayas, especialmente tras acabar con dos escorpiones del tamaño de uno de los vagones que arrastraban a duras penas los camellos. Mucho menos cuando aún portaba las cabezas decapitadas de los recién derrotados enemigos en la mano, chorreando un veneno capaz de acabar con la vida de un hombre en un suspiro y la de un buey en suspiro y medio.
Me sorprendió que su agradecimiento, a pesar del exótico acento que retorcía todas y cada una de las letras, había sido en mi idioma.
Observé a la mujer. La había visto en la caravana, por supuesto. Apenas había cincuenta viajeros y llevaba dos meses de viaje con ellos. Además, era esbelta y bella, la hubiera recordado aunque fuese solo una fugaz visión entre todo un regimiento. Pero hasta ahora, como todo el mundo que me había encontrado desde que había perdido la memoria, intentaba evitarme.
Quizás fuese mi tamaño, o mis facciones tan diferentes a las suyas. Quizás fuese el hecho de que no soltaba jamás mi espada ni mi escudo. Quizás fuese que había dejado de de intentar comprender idiomas tan cambiantes y había comenzado a fingir que era incapaz de hablar con tal de no dar explicaciones. No sabía cuál de las múltiples razones era, pero la hermosa mujer no me había dirigido la palabra hasta ahora.
Lo que me sorprendió fue que cuando finalmente lo hizo, fue usando una de mis palabras. De mi lenguaje. La primera que oía en lo que imaginaba que sería mucho tiempo.
—¿Hablas mi idioma? — le dije con un entusiasmo difícil de contener. La mujer me miró, sorprendida, mientras no apartaba la vista de las cabezas decapitadas que colgaban de mi escudo.
—Gracias —repitió. 
Era la única palabra que sabía en mi idioma. Seguía siendo una gran noticia, me estaba acercando.

Hazal repitió mi nombre de nuevo. En su idioma Rayas no significaba rayas. Para ella, Rayas era mi nombre. Para mí también. Llevaba casi cuatro años usándolo como tal y, por el momento, no había recordado el mío ni había encontrado uno mejor.
Desde aquel “gracias” hacía tantas lunas, habíamos trabajado en acercarnos, tanto desde un punto de vista lingüístico como de otras maneras. Hazal me acompañó en mi periplo, saltando de caravana en caravana y gracias a sus dotes como intérprete como a los conocimientos adquiridos por ser la hija de un viajero comerciante, nuestro negocio de protección había ido en buen camino, como mi misión.
Gracias al mapa que me entregó aquel viejo que había podido leer mi escudo, al menos sabía en qué dirección debía caminar si quería cumplir mi objetivo. Durante mi trayecto, y gracias al esfuerzo de Hazal por aprender conmigo, descubrí más sobre el mundo que tanto había caminado. Mi viaje había comenzado aproximadamente al norte del imperio Han y tras varios años de caravana en caravana, había llegado a Arshak, antigua capital del imperio Parto.
Estaba cada vez más cerca de mi destino. El templo de Mnemósine estaba tan cerca que comenzaba a encontrarme cada vez más gente que decía, al menos, saber leer las grafías de mi escudo. Aún estaba, eso sí, tan lejos que su distancia parecía imposible, a pesar de que, con mis rudimentarios conocimientos de cartografía, podía adivinar que llevaba más de dos tercios de viaje. Aún debía continuar.
Me despedí de Hazal, que seguía repitiendo mi nombre, con lágrimas, mientras me pedía lo imposible.
Quería que renunciara a mi misión vital. Que me quedase en su ciudad con ella, fundásemos el hogar del que tanto hablábamos en sueños y viviese el resto de mi vida con ella. Sabíamos desde que nos conocimos que era una quimera. Pero mi propia espada había decapitado quimeras así que Hazal, sin confesármelo, confiaba en que en el último momento, justo antes de la despedida, yo cambiase de parecer.
No lo hice. No giré la cabeza, no me atreví. No tenía tanta fe en propio convencimiento y temía ser débil y abandonar mi propósito en la vida. Lo único claro que sabía de mi existencia. Tenía que robar la calabaza emplumada, aunque aún no supiese por qué.
Lamenté mi amnesia y, por primera vez, no era por lo que no me permitía recordar, si no por lo que sí me permitía. 
Hubiera deseado poder olvidar los llantos de Hazal mientras me veía seguir caminando, sin vacilar, dejándola atrás.
Jamás lo olvidaría.

El mar Mediterráneo me resultó más hostil que cualquier terreno al que me había enfrentado en mis casi seis años de travesía. Odiaba no poder clavar mis sandalias en terreno firme. Odiaba no tener control alguno sobre la dirección de mi andadura. Y odiaba aquella cría kraken con todo mi ser.
Por suerte, a pesar de los largos tentáculos que atrapaban el barco y amenazaban hundirlo en mitad de la tempestad, la descomunal criatura no era tan diferente a los demás monstruos a los que me había enfrentado los últimos años.
Me miró, con la ignorancia de las bestias que observan aquellas diminutas criaturas que éramos para ellas y no son capaces de comprender el peligro que suponíamos.
Le devolví la mirada y añadí una sonrisa, gesto que no pudo imitar porque carecía de boca. O, si la tenía, estaba tan oculta tras el manglar de tentáculos que no pude verla. Me daba igual. Tenía ojos y los ojos eran una gran señala.
Solían marcar dónde tenían la cabeza.
Salté dos de sus poderosos tentáculos que aplastaron a media docena de marineros y para cuando finalmente me atrapó bajo un tercero que apareció de la nada, había llegado lo suficientemente lejos como para arrojar mi espada y atravesar su córnea con ella.
La tripulación celebró mi nombre el resto del trayecto sin saber que no hacían más que repetir una palabra deformada que venía del lejano oriente. A pesar de que la mayoría de ellos ya hablaban un idioma que se parecía al mío bastante para entendernos sin problemas, no me molesté en explicar que si me llamaban Rayas aunque fuese en otro idioma eran por las cicatrices de mis brazos. No tenía sentido.
Llevamos el cadáver del kraken al puerto más cercano y con mi parte de la recompensa pude comprar un barco con tripulación propia y un mapa que finalmente me llevaría al templo de Mnemósine.

Llegué nadando a la playa. Había perdido a mi barco y a mi tripulación en las garras de una tormenta producida por la ira o la indiferencia de Poseidón. No le di importancia. Había perdido cosas más importantes aún en mi periplo. Simplemente agradecí que el dios que casi consigue arrebatarme la vida pertenecía al mismo panteón que la diosa que me había traído hasta esa isla.
Había perdido también mi escudo. No me avergüenza admitir que lloré su falta con más lástima que la de mi tripulación.
Me levanté de la arena y comencé a caminar. Conocía la isla de memoria a pesar de no haber estado ahí nunca, al menos desde que tenía memoria. Había estudiado los mapas con afán. El templo estaba en mitad de el trozo de tierra. Era mi destino final. La calabaza emplumada se encontraba en su interior. Por supuesto que sabría llegar, lo haría con los ojos cerrados.
También era consciente de los peligros que albergaban dicha isla. No me daban miedo y confiaba en poder enfrentarme a ellos.
No tardaron mas que unos minutos en recibirme y dos ojos se clavaron en la figura intrusa que había osado poner pie en su sagrada isla.
Cada uno de los cíclopes me observaba, con la tranquilidad de quien observa a una presa fácil. Les devolví el mismo gesto, mientras buscaba mi espada y mi escudo con las manos aún llenas de arena.
Recordé que ya no estaban ahí.
Me agaché y recogí un par de piedras del suelo. No iba a ser fácil, pero saber que estaba tan cerca de mi objetivo me daba la energía que necesitaba para seguir avanzando. 
Tampoco resultó tan difícil.

Con la piel cubierta de sangre e incapaz de distinguir dónde comenzaba la mía y dónde la de los dos enormes cadáveres que había dejado en la playa, hinqué las rodillas ante el altar de la diosa cuyo nombre recordaba mejor que el mío.
Tras demasiados años de travesía, había llegado a mi objetivo. La única razón de mi existencia, el motor que me había impulsado durante todo ese tiempo: La calabaza emplumada.
Un extraño y decorado artefacto que reposaba en las manos de la estatua de la diosa que me miraba decepcionada bajo su pétrea mirada. Noté la presencia amenazante de la diosa y dudé que los dos cíclopes fuesen la única defensa de su preciada reliquia, pero no había caminado desde más allá del fin del mundo para detenerme a tan corta distancia de mi objetivo.
Alargué las manos y llegué a notar el cosquilleo de las plumas en las palmas de mi manos antes de que todo se volviese oscuro.

—¿Qué haces otra vez aquí? —dijo la voz de Mnemósine en mi cabeza—. No jodas que esa ramera de Meng Po lo ha vuelto a hacer. ¡Atreverse a usar uno de mis acólitos para intentar robarme a mí! 
Su voz no resonaba en mi cabeza. Su voz era lo único que existía. Era todo el universo o, al menos, todo lo que mi simple y mortal humanidad me permitía sentir. Por su tono de voz, estaba más decepcionada que su propia efigie. 
—No, no, no. Esto no puede ser. Ahora mismo, vas para allá y le arrebatas su reliquia como ya te he ordenado. No puedo permitir que esa usurpadora te ande borrando la memoria a ti, precisamente. Solo yo tengo ese poder, no necesito imitadoras baratas. Así que, ya siento insistir, pero me temo que vas a tener que volver...
De nuevo, todo volvía a oscurecerse. Todos mis recuerdos se borraban. Mis viajes por el lejano oriente, los gusanos, el viejo que leyó mi escudo, Hazal y su amarga despedida...
No.
No quería olvidar. No quería seguir siendo un juguete en el estúpido juego entre dos diosas. Tenía que recordar. Tenía que romper el ciclo, ser consciente de que me habían arrebatado mis recuerdos. Otra vez. Otra vez, había dicho la diosa ¿Cuántas veces llevaba? No podía recordarlo, mi memoria no era más que una telaraña que la poderosa diosa arrancaba sin delicadeza. Antes de que me arrebatase el último de mis recuerdos, me aferré a la piedra que aún conservaba en la mano y me hice una cicatriz en el brazo.
Otra más. 
Apenas quedaba espacio para más rayas, en mis extremidades.
Finalmente, todo lo que sabía, desapareció.

Había olvidado todo, salvo dos cosas.
La primera y más importante era mi objetivo: Robar el babuíno de cristal de Meng Po, diosa oriental del olvido.

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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.