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Contra todo pronóstico II

— No tiene puto sentido, Amanda.
Mi amiga colocó una taza de café delante de mis narices y me obligó a sujetarla. Aún me temblaban las manos de los nervios. Estábamos en su oficina, un gabinete de psicología moderno, sencillo y elegante. Decorado como a mí me gustaría tener mi consulta.
— Tú misma me lo has dicho, Arancha. Es magia. La magia nunca tiene sentido.
La mujer era demasiado elegante como para repetir la palabrota. Me observaba intentando calmarme, pero su entereza jugueteaba con mis nervios.
— Sí lo tiene, es lo que me preocupa. Tres cartas de la Muerte en una tirada del Tarot. Nunca lo he visto, pero desde luego que no es buena señal.
— ¿Comprobaste luego la baraja?
— ¡Claro! En cuanto la chica salió corriendo de la consulta. Nada más barajarlas volvía a haber una sola carta de la Muerte. Me eché las cartas a mí misma y todo funcionaba con normalidad.
— ¿Normalidad? ¿Veías el futuro?
— Que salían cartas al azar, joder, Amanda. — le dí un sorbo al café. No sabía a nada. Nunca sabía a nada en el despacho de Amanda, pero la pausa a media mañana era bienvenida, especialmente en mañanas como esta.
— ¿Has puesto protecciones contra malos espíritus o maldiciones?
— Es mi consulta, Amanda, por favor. Entre lo que coloco yo o lo que me trae... traía Vero de vez en cuando ni siquiera tú podrías entrar un día que te levantes de mala hostia. Eso es lo que me preocupa. Hasta la baraja estaba protegida. Si algún mal espíritu ha logrado pasar las defensas quiere decir que es de los gordos.
— ¿Quieres que te ayude a buscarlo?
— Nolita y yo hemos barrido la casa. No hay ni rastro. Lo que me vendría bien sería a Vero con su pistola y...
— Ya... ¿Qué tal está? — el giro brusco en la conversación me provocó latigazo cervical.
— Aún en casa de su madre. Sigue jodida...
Preferí no recordar el estado actual de mi mejor amiga, pero las imágenes de la última visita a Madrid aparecieron en mi cabeza. Había visto espectros con mejor cuerpo que ella. Pero me necesitaba, volvería, estaría con ella hasta que su pudiese levantar. Sé que ella haría lo mismo por mí.
— ¿Quieres que hable con ella?
Observé a Amanda. Ya lo había valorado. Verónica necesitaría ayuda profesional para recuperarse de su adicción y la doctora Amandeepa era la única capaz de entender los problemas que la magia de la ambrosía podría haber producido en su mente. Pero aún era pronto para presentarlas. La conocía. Verónica se pondría a la defensiva y se cerraría aún más. Los recuerdos de sus gritos volvieron a mi cabeza y Amandeepa torció el gesto al percibirlos. Me acaricié los arañazos de la última visita y cerré los ojos intentando omitir el recuerdo. No había venido a ver a Amanda como cliente. Hoy no.
— Es pronto, pero... sí. Necesitará tu ayuda.
Asintió y se quedó en silencio. Era una profesional de decir muchas cosas con su silencio.
— Será mejor que vuelva, tengo un cliente más antes de comer.
— Si necesitas ayuda avísame, por favor.
Volví a asentir, le di un sorbo al café que no sabía a nada y me despedí de mi amiga mientras cruzaba la puerta. Bajé los dos pisos de diferencia por las escaleras y volví a entrar en mi despacho, con los nervios recuperados y preparados para enfrentarme a mi siguiente cliente con calma.
Las luces se encendieron solas en cuanto entré y una bombilla se fundió.
— ¡Nolita! ¡Deja las luces en paz, hostia!


— ¡Mario! ¡Hijo mío! ¿De verdad estás ahí?
Observé a la mujer. Una señora mayor, primeriza en mi consulta, pero con experiencia en el luto. Su hijo había muerto hacía más de un año en un accidente de coche y la mujer aún no había encontrado consuelo. Lloraba ante la posibilidad de que su hijo la escuchase.
Observé al hijo. Lloraba, abrazado a ella. Lloraba porque él era incapaz de sentir el abrazo. Lloraba porque ella tampoco lo sentía. Yo era el único método de comunicación que unía al hijo muerto y a la madre viva.
— Está aquí, la está abrazando ahora mismo — Mi acento falso se deshizo un poco por el esfuerzo de no emocionarme con la escena. Hay partes de mi trabajo que no puedo permitirme convertir en rutinarias. La mujer buscó con su mano la de Mario pero no la encontró. El fantasma la recolocó y la acarició.
— Creo que puedo sentirlo... — No podía, pero se lo creía y eso era lo que ambos necesitaban.
— Su hijo está lejos, puede oírle, pero apenas puede hablar. 
— Ay, pobre...
— Todo lo contrario. Su espíritu no está ligado a ningún asunto terrenal, ha conseguido pasar al más allá. Solo el dolor de su madre ha sido capaz de traerlo momentáneamente entre nosotras.
— Mario, hijo, hay tantas cosas que quiero contarte...
El fantasma la miró directamente a los ojos, pero resultaba invisible para ella así que me buscó a mí. Le devolví la mirada con una sonrisa.
— Pero antes... tengo que hacerte una pregunta... ¿fue culpa mía?
Vi a Mario soltar el abrazo, estremecerse de lástima. Empezó a negar con la cabeza.
— Dice que no —añadí aséptica, solo podía sospechar de qué hablaban.
— Solo quería saber si habías llegado, sabía que tenía que esperar, pero no dejo de pensar, el mensaje del móvil que te mandé... ¿Lo leíste mientras conducías? Te tengo dicho que no mires el móvil, pero sé que no me haces... que no me hacías caso, y siempre tuve la sensación de que por culpa de mi mensaje tuviste aquel accidente y...
La madre de Mario no pudo continuar y las palabras fueron sustituidas por sollozos. El espectro miraba a su madre, también llorando. Con pavor. Tras varios segundos luchando contra sí mismo llegó a asentir lentamente. Eso era lo que había ocurrido.
Tragué saliva.
— Dice que no —mentí. El espíritu me miró sorprendido. La mentira le había asustado. La mujer me miró con un rayo de esperanza. Le había quitado de encima el peso del amasijo de hierros que era el coche accidentado de su hijo.
— ¿Se.. seguro? 
— Lo espíritus no saben mentir — le respondí. No todos, al menos, solo los más cabrones, pero esa información no le era necesaria.
Mario y su madre me miraron a la vez. Ambos dijeron gracias al mismo tiempo y una lágrima resbaló por dos mejillas.
Una era mía.


La última sesión me había dejado cansada pero satisfecha. La mujer que salió era diferente a la que había entrado. El fantasma de su hijo no arrastraba una carga emocional que lastraba su espíritu, pero ella sí, al menos, antes de pasar por mi consulta.
Saber que su hijo no murió por un mensaje suyo al móvil era todo lo que necesitaba saber. Aunque fuese mentira. De todas maneras, su hijo no había mentido cuando dijo que no era culpa de ella. Sabía de quién había sido la culpa del accidente, y también se mostró agradecido cuando retiré esa carga de los hombros de su madre.
Ambos me dieron las gracias. Yo a ellos. Me recordaban por qué adoro mi trabajo.
Di otro mordisco a la tostada de aguacate mientras me regodeaba en el éxito. Nolita me juzgaba por mis hábitos alimenticios. Puede que tuviese el aspecto de una joven de veinte años, pero tenía el espíritu de una señora que murió con más de ochenta. Había muchas decisiones en mi estilo de vida que juzgaba duramente. Solía arquear la ceja derecha cuando abría la consulta a las doce de la mañana. Solía arquear la izquierda cuando llegaba a trabajar con resaca. Había días que lograba que arquease las dos a la vez. Cuando le hablaba de alguien que había conocido la noche anterior cerraba los ojos y si ese alguien resultaba ser de mi mismo sexo solía desaparecer escandalizada y no volvía a verla en todo el día. Mis bombillas lo agradecían.
Que comiese una tostada de aguacate y tomate en lugar de un buen cocido de garbanzos apenas lograba un ligero gesto de desaprobación en la escala Nolita.
Pero había cosas que nos unían. Ayudar a los espíritus era un trabajo agradable para ambas. Ella hablaba con todos los espíritus y sabía a quién preguntar para encontrar a cualquier muerto. Yo los canalizaba y los ponía en contacto con los vivos. Las dos disfrutábamos de sesiones como las de Mario y su madre.
También nos encantaban los programas del corazón, y las dos veíamos en silencio la tele en nuestra pausa para comer.
Carlos Armesto, presentador, amo del cotilleo, maestro de la prensa rosa, buen cliente y mejor amigo le estaba dando un buen repaso a una ex modelo, ex cantante y ex actriz por unas polémicas declaraciones. Era algo personal, la mujer había criticado la relación de mi amigo con su actual pareja y Carlos había decidido devolvérsela. Yo disfrutaba de verlo usar su manejo del escarnio público con tanta elegancia mientras su enemiga se hacía más pequeña entre a balbuceos y tartamudeos.
— Todos sabemos de dónde vienen estos rumores, ¿verdad? — decía Carlos en la tele mientras la mujer miraba a ambos lados, no fuese que los rumores viniesen por ahí. Vi la cara de mi amigo, lo conocía. Iba a ponerse solemne—. Son producto de tu necesidad de ser querida, de que no se olviden de ti, de que se siga hablando de ti. Eres tú, la que se encarga de alimentar esas mentiras, de crearte un personaje tan ridículo que hasta tu misma te lo crees. Que si dejase de existir, tú morirías con él.
La tele parpadeó durante un segundo y Carlos miró a cámara directamente.
— ¿No te recuerda a alguien, Arancha? 
Di un salto hacia atrás en el asiento ante el giro de los acontecimientos y tardé varios segundos en entender qué había pasado. Dejé escapar un suspiro, le di otro bocado a la tostada y cambié de canal. Un anuncio de detergente.
— ...penas tres lavados. —El hombre miró a cámara. Me miró mí—. Eres una vergüenza, Arancha. Una mancha en tu— cambié de canal de nuevo. Ahora mostraba imágenes de un par de zorros árticos dando saltitos mientras la grave voz del narrador seguía hablando— ...linaje. Recuerda que no eres tú la que ha huido, hemos sido nosotros los que te hemos expulsado. Y no descansaremos hasta que dejes de — apreté el botón mientras le daba otro bocado a la tostada. El hombre del tiempo dejó de señalar borrascas y comenzó a señalarme a mí acusatoriamente— usar el poder que te ha sido concedido. No eres digna de él. Recuerda una cosa, Arancha.
Apreté de nuevo el botón y la tele mostró el plató de un concurso. Una mujer señalaba a una pantlala mientras hablaba, por primera vez, sin dirigirse a mí.
— Quiero resolver el panel— dijo. Un panel luminoso con varias letras y muchos huecos en blanco se mostró, y la mujer completó la frase en voz alta—. «Tu familia no te perdonará nunca».
El panel se iluminó y mostró el texto leído: «Tu familia no te perdonará nunca».
— ¡Exacto! —grito emocionado el presentador— «Tu familia no te perdonará nunca». ¡Es correcto!
Suspiré, le di el último bocado a la tostada y cambié de canal por última vez. Dos ratones de dibujos animados discutían sobre como conquistar el mundo. Posé el mando en el asiento, no solían aparecerse cuando ponían dibujos animados, les parecía poco digno.
Nolita me miraba preocupada, mientras yo intentaba tranquilizarla con la mirada. No sé cómo de bien me salió.
— Tenemos que volver a exorcizar la tele.


En cuanto me tomé el café de después de comer, me concentré e intentar percibir el rastro de magia en la televisión. Aún tenia tiempo hasta la siguiente cita para hacer un poco de limpieza, especialmente tras las tres cartas de la Muerte.
Si habían conseguido llegar a la pantalla, quizás habían sido los mismos los que habían interferido con mi baraja del Tarot. Por desgracia lo tuve que descartar pronto. El rastro venía por la antena del edificio, la cual no estaba protegida con las defensas de mi despacho. Suspiré, tendría que comprar algún sahumerio de exterior y proteger la antena. Además, eso no resolvía el misterio de la baraja, la cual reposaba en el trapito violeta que guardaba en mi mano, ajena a interferencias externas. La magia del televisor olía a metal quemado. El rastro de magia de la baraja olía a miel y lavanda. O puede que fuera el trapo que la envolvía.
El timbre del despacho sonó y logró que diese un pequeño bote en el sitio, no esperaba a nadie. Miré a Nolita y asintió. Atravesó la puerta y volvió a entrar.
— Es la chica de por la mañana, la del Tarot — dijo algo agitada. No le gustaba los ojillos que le dedicaba, estaba claro. Me gustaría haber tenido una conversación con mi secretaria, pero ya era tarde para eso.
Caminé hacia la puerta, aún con la baraja en la mano.
— Le recuerdo que no tiene cita, Doña Lola — apuntó la fantasma. La ignoré y abrí la puerta. Los ojos celestes que me observaban tras ella tenían rastros de rojo en los bordes. Había llorado. Su aura estaba más apagada.
— ¿Estás...? ¿Qué ha pasado?
Me aparté y la invité a pasar. Entró con cuidado, sin dejar de observar de reojo la baraja que sujetaba en mi mano.
— He ido a hablar con Marga. No sé, no tenía claro qué hacer. Lo de las cartas me dio miedo, Arancha ¿Seguro que no ha sido cosa tuya? — Negué con la cabeza de manera sincera—. Hablamos. Discutimos. Me amenazó con contarle a Lorena lo nuestro. Le dije que me daba igual, que yo mismo se lo contaría, pero...
La invité a sentarse en la silla y le ofrecí un vaso de agua. Lo agradeció con ansia.
— He visto a Marga, su actitud, la de verdad, la que me mostraba. He visto cosas que no me han gustado nada, cosas que ya he vivido. Chantaje emocional, gritos, manipulaciones...
Miré la baraja.
— Bueno, entonces... parece ser que las cartas te han ayudado ¿no? Marga no era la decisión correcta —me atreví a decir. Levantó la mirada de su vaso y me clavó los ojos. Esperaba una sonrisa, pero no la hubo, aún tenía algo más que contarme, por lo visto.
— ¿Sabes a quién me ha recordado hoy Marga?
— ¿A quién?
— A Lorena. A mi propia pareja. En sus peores momentos. — No intenté disimular mi mueca. Eso era lo que no me había contado antes—. No me había dado cuenta hasta ahora, joder. Hasta que he visto sus mismas mierdas en otra mujer. Durante un segundo pude verla a ella, gritando. Pude verme en una relación con Marga, jodida, atrapada. Otra vez...
— Otra vez...
— Sí. Otra vez. No me he dado cuenta de por lo que he pasado hasta que me he imaginado pasándolo de nuevo. Entonces... Necesito saber...
Me miró. Miró. A la baraja. Comprendí.
— No puedo asegurar que las cartas sean tan precisas y certeras como la última vez, no te quiero engañar.
— Échalas. Acertaron con Marga. Quiero saber su opinión de mi relación con Lorena.
Asentí. Coloqué con meticulosa elegancia las cartas en la mesa, mientras intentaba repetir todo lo que había hecho la última vez. 
Extendí un abanico de cartas y sin alargarlo más, saqué la primera carta: La Muerte.
— Esta representaba como está ella ¿no? Lorena.
Asentí, pero algo me decía que daba igual. Saqué la siguiente carta.
La Muerte. Otra vez.
— La mía.
— La tuya —confirmé.
No quise alargarlo mas y planté la tercera carta en la mesa. Tres muertes volvían a sonreírnos en la mesa.
— Está claro que tengo que hablar con Lorena.
— Espera... — la detuve agarrándola de la mano—. ¿Cómo puedes estar tan segura? Quiero decir... ni yo tengo claro qué quieren decir las cartas con esto.
— Mi madre confiaba en las cartas, Arancha, con eso me vale. Además, no me están diciendo nada que no supiese ya. Solo necesitaba confirmación, algún tipo de mensaje que me abriese los ojos. Es mejor que vaya a hablar con ella, necesito quitarme esta tirita cuanto antes.
— ¿Quieres que vaya contigo? — me apretó la mano, que aún seguía agarrada a ella.
— No, no... gracias. Será más fácil si voy sola...
— Tienes mi número para cualquier cosa que necesites ¿vale?
— Gracias.
Aún estuvimos cogidas de la mano varios segundos más.

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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.