Durante la siguiente sesión no estaba concentrada. Tampoco necesitaba estarlo.
En parte estaba más tranquila. En un principio había achacado las tres muertes del Tarot a un mal espíritu o maldición, pero viendo el resultado, más bien parecía lo contrario. Eso explicaría que hubiese traspasado las defensas de mi consulta, diseñadas para protegernos de cualquier ataque, pero para dejar pasar a los espíritus no malintencionados. Lo último que quería eran unas murallas tan altas que me dejasen sin cobertura.
— Cómo me alegro de volver a veros, hijos — dije en voz alta. No escuché la respuesta.
Mi cabeza había dejado de estar intranquila por las repetitivas cartas del Tarot, pero comenzaba a darle vueltas a otro asunto. El apretón de manos.
— Me alegra escucharte decir eso ¿Tienes fotos de mi bisnieto? — seguí hablando.
El apretón de manos fue largo y tuve que hacer un gran esfuerzo para no abrazarla en cuanto le tembló la voz al despedirse. Había visto como había vuelto de su primera conversación, no quería pensar en como acabaría tras la segunda.
— Está muy gordo ¿Qué le dan de comer? — dije.
— Esta juventud de hoy en día come cualquier porquería — añadió Nolita a pesar de que solo yo podía escucharla y no estaba prestando caso a la conversación.
Tenía su número, podría llamarla. Solo por saber cómo estaba. Cómo había ido.
Cojones, Arancha, que nos conocemos. Estás fantaseando con la idea de que la voz bonita volvería a estar soltera, pero no estás pensando en lo que significaría para ella.
— El nuevo trabajo de tu hijo ¿bien? Mira que rezo todos los días porque le funcione — continué en voz alta.
No. La pobre ha acabado dos relaciones y, por lo que ha dejado entrever, bastante nocivas. Lo último que necesita es que yo no la deje descansar e intente ligármela antes de que tuviese tiempo de aclararse la cabeza. No. Yo no la iría a buscar.
— ¿Sigue teniendo problemas con su nueva jefa? — seguí canalizando la voz del espíritu en automático, mientras hablaba con sus hijos y yo ignoraba la conversación. Era demasiado rutinario. Preferí seguir pensando en como actuar.
No iba a presionarla, no era lo que ella necesitaba ahora mismo. Si ella quería, tenía mi teléfono, ya me llamaría si me necesitaba. Y, si lo hacía, tendría que esforzarme. Sería su amiga. Nada más. No intentaría ninguna estupidez. ¿Podría hacerlo? Claro que podría hacerlo. Solo tendría que resistirme a su voz. A su sonrisa. A su cuerpo.
— Joder, es que encima está buena — dije en voz alta.
Los nietos de la señora Martín se quedaron mirando, sorprendidos, pensando que su madre, a la que venían a visitar todos los meses, había descubierto cosas nuevas en el más allá.
— Perdón, ha habido interferencias, otro espíritu se ha cruzado —empecé a excusarme mientras me ponía colorada.
Nolita negaba con la cabeza mientras chasqueaba la lengua con un ruido de desaprobación.
— ¿Se va ya, Doña Lola? — preguntó mi secretaria mientras yo descolgaba mi abrigo.
— Tengo un par de recados y ya no tengo más consultas hoy. Creo que iré a tomar algo al Rainbow, Killian no deja de preguntarme por Vero. ¿Tú? ¿Vas a ver a Berto?
La fantasma miró hacia arriba y pronunció su nombre en voz baja, casi llamándolo. Ascendió varios metros flotando en el aire y atravesó el techo de la consulta, asomándose al suelo del piso superior. Bajó con una mueca frustrada.
— No ha vuelto todavía, habrá parado en algún bar de la que viene de hacer canguro de Bertito. Ay, ya le decía yo en vida que bebía demasiado, y ahora que no estoy para recordárselo aún le va a dar un ataque de tanto vino que se mete.
— ¿Tan malo sería?
— ¡Doña Lola! ¿Cómo puede decir eso? ¿Quiere que mis nietos se queden sin abuelos?
— Lo decía porque así estaríais juntos, mujer. Además ¿No les quedaba una abuela por parte del padre?
— Pero no es lo mismo —aclaró con recelo—. Ademas, yo puedo esperar a que mi Berto disfrute de los años que hagan falta. No sé si usted podría aguantar sin mí en esta consulta.
— Te echaría de menos Nolita, no te voy a engañar.
La mujer sonrió y al momento se quedó callada, intentando escuchar algo. Quizás Berto había llegado ya a su casa y oía las llaves. Desapareció ante mi vista sin dejar ni rastro y sonreí, quedándome a solas en mi consulta. Comencé a apagar las luces, convirtiendo mis decorados muebles en retorcidas sombras, busqué mi bolso durante varios minutos y lo encontré donde lo había dejado, en la estantería junto a la mesa de la consulta.
Las cartas del Tarot, de nuevo envueltas en su pañuelo violeta, reposaban a su lado.
Las cogí en la mano y valoré llevármelas a casa. Estudiarlas e intentar comprender qué había ocurrido.
— Está otra vez aquí — dijo una voz a mis espaldas. No di un saltito ni pegué un gritito, pero dejé escapar un «Hostia Puta» que logró una mueca de indignación por parte de Nolita, la cual había vuelto a aparecerse.
— ¿Quién? —logré preguntar.
— La chica del Tarot.
Me quedé en silencio, sin saber qué decir. Oí el timbre de la puerta.
— ¿Enciendo las luces? — asentí sin recordar cómo se hablaba y todas las luces de la consulta se volvieron a encender con un parpadeo. Otra bombilla reventó.
No me vi capaz de luchar contra las ganas que tenía de darle un abrazo. Sus ojos rojos habían sumado otra mala ruptura. Su preciosa voz estaba resquebrajada de llorar. De gritar. Estaba rota y me costó mucho no intentar arreglarla con un abrazo.
— Necesito un abrazo —dijo. Me abalancé sobre ella sin pensarlo y casi caemos al suelo del rellano. Pero no iba a dejarla caer. La abracé con fuerza.
— ¿Qué tal estás?
Lloró durante tres minutos a modo de respuesta. Yo la acompañé con un par de lágrimas. Nolita desapareció de nuevo, dejándonos a solas en la penumbra de mi consulta.
— ¿Quieres...? — dudé—. ¿Hablar? ¿Quieres que vayamos a tomar un café? ¿Un vodka?
— Arancha, necesito que me ayudes...
Si alguien le había hecho daño estaba dispuesta a hacer lo que fuese, se pusiese quien se pusiese por medio. Sé donde guarda Verónica las armas y tengo las llaves.
— Claro. Lo que necesites.
Separó su cara de mi hombro y noté el frío de las lágrimas en él. Busqué un pañuelo y le di el más cercano, el violeta que protegía la baraja del Tarot. Se secó su preciosa cara y yo tuve que pelear contra mis instintos para no acariciarle la mejilla.
En cuanto vio la baraja en mi mano, me agarró de ella y me llevó hasta la consulta. Procuré intentar no disfrutar del roce de su mano. Me escudé en mi profesionalidad y me disfracé de Doña Lola de María para poder comportarme mejor.
— ¿Quieres un agua, un té, o algo? — pregunté en cuanto se sentó en la silla. Me miró y se rió, y solo cuando me recuperé de su agradable e inesperada reacción descubrí que había puesto mi acento falso sin querer. El disfraz nunca me había parecido tan ridículo.
— Quiero que me tires las cartas, una última vez. ¿Te importa?
— Claro que no, ¿estás segura?
— No estoy segura de nada, la verdad. Por eso necesito tu ayuda. Su ayuda — señalaba al mazo de cartas.
Asentí, mientras las volvía a barajar.
— ¿Qué necesitas saber?
Me miró, casi hasta sorprendida por mi pregunta. Daba por sentado que ya sabía qué iba a preguntar, como si yo fuera vidente, o algo.
— Tú y yo.
— ¿Qué?
— Joder, Arancha. ¿No quieres saberlo? Tú y yo. ¿Qué futuro tenemos?
Me puse colorada. Balbuceé. Me puse y me quité mi acento y durante un segundo casi respondo con un acento nuevo.
— ¿Estás segura que quieres preguntarle eso a las cartas?
— Yo ya me hecho la pregunta. Y tú también te la has hecho. Me lo dijiste el otro día en la discoteca.
— ¿Te lo dije? — me atraganté con nada y una de las cartas salió volando de mis manos. Era la Muerte. Cómo no. La miramos. La volví a colocar en su sitio y seguí barajando. No contaba, podía haber sido casualidad.
— Arancha, por favor. Quiero saber su opinión — señalaba de nuevo a las cartas—. Tú y yo. ¿Qué futuro nos espera?
Tragué saliva, desplegué las cartas en un arco y coloqué mi mano izquierda sobre la primera. Ella colocó su mano sobre la mía y el roce de nuevo volvió a producirme un cosquilleo.
— La primera carta en salir te representaba a ti ¿no?
Asentí, nerviosa. No tenía muy claro qué estaba pasando, pero tenía la sensación de estar jugándome mi futuro al mus. Siempre que estaba ella cerca solo lograba sacar La Muerte, incluso cuando se me caían al suelo. Tenía bastante claro qué pasaría si la racha continuaba. Dejaría de notar ese agradable roce de manos al momento.
Giramos la primera carta.
La Sacerdotisa.
Me alegró comprobar que yo no era la única que respiraba aliviada.
— No es la Muerte. Toda una mejora. ¿La Sacerdotisa? ¿Qué significa?
— Suele ser señal de que tenemos que dejar de guiarnos por la lógica. —recordé de lo que había estudiado. Era la interpretación más aplicable—. Que tenemos que fiarnos más de nuestro instinto.
— ¿Y qué te dice tu instinto?
Levanté la mirada y encontré esos ojos celestes rodeados por un aura de color similar. Mucho más brillante que cuando entró.
— Que eres fuerte. Que te han hecho daño a sabiendas y aún así estás aquí. Que no me preocupe por hacerte daño sin querer. No podría.
Que te bese. Pero no quería decirlo en voz alta sin ver el resto de cartas. Tampoco quería esperar más, así que comencé a levantar la siguiente carta. Su carta.
La estrella. Sonreí.
— ¿Y esta qué significa?
— Descanso. Recuperación— miré los ojos celestes. Dos estrellas—. Una luz en la oscuridad iluminando el camino.
Nuestras manos izquierdas aún seguían entrelazadas, sobrevolando el abanico de posibilidades de nuestro futuro.
— ¿Tú puedes ser mi luz? — preguntó con una sonrisa que hubiera iluminado todos los caminos oscuros que se me pusiesen delante.
— O tú la mía, depende de cómo prefieras interpretarlo.
Nos sonreímos durante horas, iluminadas por la luz que irradiaba la otra. O durante minutos, iluminadas por bombillas a medio fundir debido al trato al que las sometía Nolita. Nos dio igual.
— ¿Vamos a por la última carta? — pregunté, tenía curiosidad. Por el momento la baraja parecía muy precisa, tenía curiosidad por saber qué más tenía que decir.
— ¿Qué hay en nuestro futuro?
Asentí. Nuestra relación. ¿Qué nos espera? Ya no tenía miedo a la carta que saliese. Aún la carta de La Muerte no sería un presagio suficientemente poderoso como para detener la chispa que brotaba de nosotras y viajaba a través de nuestro apretón de manos. Si la siguiente carta fuesen Los Amantes, me abalanzaría sobre la mesa y le daría un beso en ese mismo momento.
Giré la carta.
La Templanza.
Hostia.
Hubiera preferido La Muerte. Y debió vérseme en la cara, a juzgar por las carcajadas que brotaban del mismo lugar que la voz más bonita que había escuchado nunca.
— Una lástima... ¿Qué significa?
La miré, colorada. Me había leído el pensamiento tan bien como si lo llevase escrito en la frente. Intenté recomponerme. Me apretó la mano y conseguí recobrar la profesionalidad.
— Equilibrio. Moderación... Nos recuerda que acabas de salir de dos relaciones y que, por mucho que quiera levantarme y besarte ahora mismo, necesitas tiempo.
— Vaya... — Me miró con sus ojos celestes y su aura se apagó ligeramente. Su apretón se aflojó. Yo me aferré a ella—. Tiene razón. Sí. Quizás sea demasiado pronto, aún no tengo claro qué ha pasado hoy, yo...
Me levanté de la silla y tiré suavemente de su mano haciendo que ella se levantase. Ambas quedamos frente a frente. Cerca. Oyendo, oliendo y sintiendo la respiración de la otra.
Le di un abrazo. Me lo devolvió, aferrándose a un trozo de madera en mitad de una tempestad.
Sentí su aura celeste con todos los sentidos, incluyendo varios de los que van después del quinto.
Noté los rastros de almas marcadas por la suya. Almas agradecidas. Algo habitual de ver en una doctora.
Percibí la gran marca, producida por la lejana pero profunda muerte de su madre. Hacía años desde que no estaba, pero su presencia seguía notándose en su aura. En su alma. Un rastro blanco y dorado, que olía a miel y lavanda. El mismo rastro mágico de las cartas.
— Tu madre usaba el Tarot antes de morir, me habías dicho ¿No?
Asintió sin soltarme.
— Puede... — me atreví a decir—. Puede que no haya sido el destino el que haya movido las cartas que han salido hoy... Un espíritu bienintencionado, ligado a tu alma...
— Era mi madre la que nos hablaba a través de las cartas ¿verdad?
Me quedé sorprendida.
— ¿Desde cuándo lo sabías?
— Empecé a sospecharlo desde la tercera carta de La Muerte. Por eso quería vine antes de hablar con Lorena. Quería preguntarle a ella.
— Eso explicaría la carta de la Templanza —bromeé. Me miró. Su mejilla estaba cerca, muy cerca.
— No. Creo que eso sí que ha sido el destino —se rió, aún nerviosa.
Le devolví la sonrisa. Si Templanza era lo que necesitaba para mantener cerca esa voz tan bonita y esos ojos celestes tan alegres, esperaría el tiempo que hiciese falta antes de robarle un beso.
A los pocos segundos, Raquel me robó el beso a mí.
Las luces de la consulta se apagaron.