Observé mi copa de vino, delicioso, caro. Lo paladeé. Pocas veces tenía una la oportunidad de aprovecharse de la cara y extensa bodega de Carlos Armesto. Conseguí refrenarme y no acabármela mientras me recordaba que había ido a esa fiesta en parte a trabajar. Levanté la mirada y me encontré la mirada reprobadora de mi mejor amiga mientras ella sujetaba una simple cerveza. Detrás de ella un par de fantasmas flotaron recelosos, rodeándola con miedo. Siempre había fantasmas alrededor suyo, ni siquiera me molesté en espantárselos.
Miré al resto de invitados. Hombres y mujeres de la alta sociedad, o al menos, altas finanzas. Gente pudiente y corriente. Futuros clientes. Entrecerré los ojos y conseguir filtrar los vivos de los muertos, al fin y al cabo yo ofrecía diferentes servicios a unos y a otros.
Saqué mis tarjetas de visita, dispuesta a repartirlas entre los invitados. En ella se leía con letra elegante y colores doradas mi nombre y mi profesión:
«Doña Lola de María.
Médium»
Por desgracia, antes de empezar con mi sesión de marketing un fantasma abrió la puerta de una patada y comenzó a gritar. Dejé escapar un suspiro mientras guardaba de nuevo las tarjetas en mi bolso, apuré mi copa y me dispuse a trabajar.
- ¡Vengo por mi baile! - gritó la mujer desde el marco de la puerta. Joven, bastante más baja que yo, ligeramente menos guapa que yo. Ojos azules y pelo negro como las sombras que la rodeaban. Muerta.
A simple vista no lo parecía y algo extraño confundía mis sentidos. Su imagen era sólida, definida y la patada en la puerta dejaba claro que era tangible, pero su negra aura me lo indicaba, era un espíritu. Uno poderoso, sin duda, pero un espíritu.
Como única persona que podía ver a los muertos y fantasmas, posé tranquilamente la copa en la mesa y comencé a caminar hacia ella. Carlos y Emilio eran clientes míos, y me pagaban demasiado bien como para permitir que un fantasma comenzase a arrojar la vajilla al suelo en su fiesta. Los observé, miraban sorprendidos hacia la puerta que se había abierto sola. Todo el mundo en la fiesta lo hacía.
- Exijo mi baile. - repitió el espíritu, mirando en dirección de la pareja anfitriona. Me dispuse a decirle cuatro cosas al fantasma, no eran formas de dirigirse a dos de mis mejores clientes.
- Muy bien, pues baila conmigo. - respondió Verónica. Mi amiga ya se había puesto la careta de dura matona a sueldo y no había dudado en lanzarse de cara a la nueva amenaza. No me hubiera sorprendido en absoluto si no fuese por el hecho de que, si hablaba con ella, es que la podía ver. Y ver a los muertos no era su especialidad, la suya era más bien producirlos.
- Espera, Vero ¿Puedes verla? - me miró, sorprendida. Yo a ella, con la misma expresión.
- Claro – dudó - ¿Tú no?
Asentí intentando comprender y Verónica leyó la duda en mis ojos. Observé al resto de la gente y todos los ojos miraban a la recién llegada. Yo no era la única que podía verla. Mala señal, para que un espíritu se mostrase tan tangible ante los invitados debería ser poderoso a niveles peligrosos, especialmente cuando lo hacía con gestos tan amenazantes como parecía hacerlo.
- ¿Sabes qué es? - le pregunté a mi amiga. Normalmente ella era la experta en criaturas extrañas, pero mi amiga se encogía de hombros mientras la estudiaba.
- Parece un espíritu, ¿no la conoces? - negué con la cabeza mientras observaba al resto de fantasmas y espíritus que había en la fiesta, los que solo yo podía ver. Todos se desvanecían o huían ante la visión de la mujer, como sardinas en una bañera en la que se ha zambullido un tiburón.
El espectro comenzó a caminar ante los ojos atónitos de los invitados. Bajo sus faldones que habían pasado de moda hacía más de setenta temporadas si es que alguna vez lo estuvieron, unos pies descalzos dejaban a su paso ardientes huellas que se consumían rápidamente. La buena noticia es que el resto de invitados parecían observarla como una actuación, especialmente tras el truco de las huellas de fuego. La mala noticia es que un poderoso espíritu pirokinético se acercaba lentamente a dos de mis clientes. Dos de mis amigos.
Verónica ya había comenzado a actuar. En los pocos segundos que había escapado de mi campo de visión ya se había hecho con un extintor y se acercaba a la chica cauta pero decidida. Yo aún no sabía a qué nos podíamos enfrentar, y tampoco quería ver cómo mi amiga le daba de hostias con un extintor a un fantasma delante de mis futuros clientes. Vero era eficaz, pero poco sutil.
Saqué mi teléfono móvil y comencé a buscar en Internet, algo que mi amiga la detective tachaba de hacer trampas, pero que era inútil negar su eficiencia. Fantasma. Fuego. Un espíritu tan poderoso no era alguien cualquiera, acarrearía alguna leyenda tras de sí. Tras un segundo excesivamente largo, la pantalla me mostraba demasiados resultados.
- Mi baile... - continuó con su acento dulce, familiar. Añadí “Baile” a la búsqueda y los resultados se acotaron. Comencé a buscar entre ellos rápidamente, mientras Verónica preparaba el extintor, aún no sé si para aplacar el fuego o para placar al espíritu. El fantasma se acercaba cada vez más a la pareja que se abrazaba asustada. - Me debés un baile, Emilio.
Sonreí ante la pista. Añadí “argentina” en la búsqueda y el resultado definitivo se repetía en la pantalla de mi móvil. Medio segundo antes de que Verónica se lanzase a por ella la llamé por su nombre.
- ¡Espíritu de Telesita! - El espíritu giró su cabeza por primera vez, clavando sus ardientes y fríos ojos azules en los míos, provocándome un escalofrío en la espalda. - Baila conmigo...
Todas las miradas de la sala se clavaron en mí, y por un momento no pude evitar pensar en que si esto salía bien, sería mucho más efectivo que repartir tarjetas entre los invitados.
Telesita sonrió, y encaminó sus pasos ardientes hacia mí.
Si salía mal, puede que acabase envuelta en llamas, pero prefería no pensar en esa parte.
El espíritu se dispuso a agarrarme de la mano, por lo que lancé mi móvil a Verónica, y le hice un gesto para que leyese el texto de la pantalla.
Telesita me agarró por la cintura y la música en directo que había guardado un respetuoso silencio tras la aparición de la aparición comenzó a sonar de nuevo. Quizás fuese la magia del momento, o quizás el origen argentino de Emilio, pero la orquesta arrancó con un tango sin dudarlo, y los invitados acompañaron a las notas agrupándose por parejas.
El baile había comenzado, y había que continuarlo hasta caer rendidos, o acabar envueltos en llamas.
- ¿Quién sos? - me preguntó con su dulce tono argentino. Yo no me atreví a usar el falso acento de engatusar a clientes, no me vi capaz de engañar al espíritu. Aunque sí me vi con fuerzas de usar, al menos, mi nombre profesional.
- Doña Lola de María.
- ¿Y qué hago tan lejos, Arancha? - mi farsa se derritió ante ella, quien no pareció ni escuchar mi mentira.
- Has venido a ver a Emilio, ¿verdad?
El espíritu miró al futbolista, quien bailaba agarrado a su pareja, mirándonos de reojo, vigilando pálido que la nueva invitada no estallase en llamas.
- Me parece que sí, pero no me acuerdo de cómo lo sé.
- Los recuerdos y las memorias son actos difíciles para los espíritus, Telesita. ¿Me permites que te ayude?
El espíritu asintió, volviendo a mirarme a los ojos. Seguimos bailando al son de la música sin darme casi cuenta.
- Alguien te ha pedido ayuda para Emilio, ¿verdad?
- Sí. Yo cumplí, me deben un baile... - La mano del espíritu que me agarraba a la cintura comenzó a arder al rojo vivo, intenté no apartar el gesto, pero pude notar el calor.
- Estamos bailando, Telesita ¿no? Todos en pareja, como a ti te gusta. - Se relajó varios grados de temperatura. Estábamos bailando, sin separar parejas, con velas y demás rituales que Verónica se estaba encargando de realizar siguiendo las instrucciones de mi móvil. Mientras el resto de invitados se dejaban llevar por algo que creían era una actuación más de la fiesta. Estábamos aplacando el espíritu con bailes y buen vino. Ojalá todos fuesen como ella. - ¿Recuerdas qué te han pedido?
El espíritu me señaló con la cabeza al futbolista.
- ¿Éxito? - Emilio había sido una estrella fulgurante del deporte, quizás eso era lo que se había cumplido.
Telesita me apretó contra su cintura y me respondió al oído.
- ¿Éxito? No me hagás reír, Arancha. El éxito es muy fácil de conseguir. Me pidieron algo más difícil: Amor...
La música se detuvo en ese momento y aproveché para soltarme de su agarre. Puede que tuviésemos que bailar hasta caer rendidos, pero no había nada en las normas que me prohibiese descansar entre canción y canción. Especialmente si planeaba seguir en tacones. Me serví otra copa y bebí rápidamente antes de que la música retornase. Caer inconsciente por el alcohol también era una salida válida según la leyenda del fantasma, y me parecía más cómoda y divertida que la del agotamiento. Telesita me miraba impaciente, y el suelo de madera comenzaba a arder alrededor de su viejo faldón.
Verónica pasó por detrás y con calma aplicó el extintor a las llamas, pillando desprevenida al espíritu. Aproveché su distracción para retomar el baile, pero esta vez fui yo quien la agarró de la cintura.
- La madre de Emilio, por lo que me ha dicho, era muy supersticiosa. Es muy posible que haya sido ella. - me informó mi amiga que seguía siendo la única que no bailaba. Se sentía desplazada al usarla como una simple paloma mensajera entre pareja de baile y pareja de baile, pero agradecida de no tener que intentar seguir los acordes, aptitud que me había demostrado demasiadas veces que no poseía. No quise decirle nada, pero le hubiera venido bien haberse conseguido algún compañero de baile aunque fuera para esa noche, olvidar su reciente ruptura. Pero si la conocía bien bastaba que yo misma se lo aconsejase para que hiciese lo contrario. - Está convencido de que ha sido su madre quien ha pedido por el. El problema es...
- La madre de Emilio está muerta – giré mi cabeza y la enfrenté a la mirada de Telesita, quien asintió, mientras caminábamos al ritmo de un acordeón. - Y alguien tenía que pagarte este baile, ¿no?
El espíritu asintió con poca seguridad.
- Si bailo contigo, espíritu, hasta caer desplomada, si bailamos todos a tu alrededor haciendo honor a la promesa de la fallecida madre de tu deudor... ¿estaremos en paz?
Ahora sí que el fantasma asintió con seguridad. Los muertos, en mi experiencia, no recordaban bien quiénes eran o cómo habían llegado ahí. Pero siempre tenían claro cuál era su objetivo.
- Está bien. ¿Vero? ¿Podrías hacerme un último favor? - mi amiga asintió – Pásame la botella.
La primera pareja había caído. Un par de invitados reposaban en un sofá, dormitando. Puede que fuese el hechizo embriagador de la leyenda de Telesita quien había envuelto a los invitados en una suerte de maldición que les obligaba a bailar hasta el agotamiento. Quizás solo fuese el vino.
Daba igual, Telesita comenzaba a estar satisfecha, y su sonrisa parecía más humana. Le di un trago a la botella de delicioso vino y noté cómo arreaba una buena hostia a mis inhibiciones y a mi equilibrio.
- ¿Qué tal es la vida de fantasma? - llevábamos una hora y los temas de conversación con la muerta comenzaban a desgastarse. Telesita se encogió de hombros y me quitó la botella de las manos con un elegante paso de baile. Intenté seguirla pero mi tacón dudó, amenazándome con una ración de suelo. El espíritu interactuó con el plano físico de una manera que nunca había visto y le dio un trago a la botella más largo que su contenido. Lanzó el vidrio vació contra el suelo produciendo un estallido y risas de los invitados, que aún creía que era una actriz contratada muy metida en su papel.
El borde de su faldón ardió en ascuas durante un segundo y Telesita me sonrió.
- Soy un fantasma condenado a ir de fiesta en fiesta, bailando y bebiendo. - se encogió de hombros mientras se ruborizaba por el alcohol, generándome nuevas preguntas sobre el metabolismo de los espíritus. - Podría ser peor.
Sonreí y miré alrededor, buscando. A modo de respuesta, Telesita hizo aparecer otra botella de vino de algún lado y la abrió con un sencillo y a la vez inhumano gesto de las manos. Me la ofreció y yo, que no tenía gana alguna de contrariar a un espíritu tan generoso, le di un buen trago. Buen vino. Diferente, con toques a café, fruta y más allá.
- La robé de una fiesta donde estuve hace un rato. - Malbec 1921, el año de cosecha y el lugar de origen de la botella reafirmaban la idea de que el espacio y el tiempo eran confusos para los muertos. Aprovechó que yo observaba la botella para escamotear otro par de vinos de la mesa y esconderlos en algún sitio.
- Tienen buen vino acá. - asentí, mientras hacía desaparecer una tercera botella por valor de cientos de euros. Carlos y Emilio no lo notarían. - ¿Y vos? ¿Qué hacés en esta fiesta?
- Soy amiga de tu deudor. Bueno, es cliente mío, pero... Me gusta pensar que son amigos nuestros, también. Si no nos habrían invitado ¿no? - se encogió de hombros mientras me volvía a agarrar para seguir bailando, esta vez con un ritmo más suave. - Al menos eso creía, pero, al verte aquí... ¿Igual sabían que vendrías? Quizás solo nos han llamado porque tenían miedo de que un espíritu les rondase en una fiesta como la de hoy...
Noté cómo el vino había poseído mi lengua durante unos segundos, empujándome a contarle las penas a un fantasma, cuando normalmente era al contrario.
Decidí recuperar mi tono profesional. Si Emilio y Carlos eran clientes, esperarían que tratase con el espíritu de manera eficiente. Si fuesen mis amigos, también.
Le di otro trago a la botella de vino.
- Sé que es mi amiga – me apoyé en Telesita, casi incapaz de seguirle el ritmo a pesar de que hacía varios tangos que mis tacones habían volado. Sin ellos, la argentina era casi tan alta como yo. - ¡Pero a veces parece que solo sea su cazafantasmas de cabecera! Sin ofender...
Telesita me palmeó la espalda mientras yo contenía pobremente las lágrimas mientras me confesaba ante ella.
- Siempre tengo que llamarla yo, y vale, que cuando estaba con Roberto casi no tenía tiempo para mí, pero ha sido cortar con él y volver a ser mi mejor amiga. - miré a la argentina a los ojos, una pequeña chispa de alcohol asomaba en sus ojos azules, pero escuchaba con paciencia. - No sé... yo la quiero, y es mi amiga de infancia, pero a veces es tan cabe... cabezota que no es capaz de pensar más allá que en su trabajo. O en sí misma. No recuerdo la última vez que salimos de fiesta que no fuese porque teníamos que buscar a algún muerto.
Me erguí, frunciendo el ceño y señalándola, enfadada.
- ¡Hoy! ¡Hoy iba a ser un día de fiesta, sin fantasmas ni hostias en vinagre! Y vienes tú y lo jodes todo. - El fantasma, acusado, comenzó a arder a la defensiva, llamas brotando del borde de su alma. Me dejé caer abrazándome de nuevo a ella. - No... perdona, no es culpa tuya... es tu trabajo, tu maldición. Y nosotros tenemos la nuestra... Es solo... solo...
He de confesar, que de todo el diálogo que estoy rememorando, es más que posible que haya inventado unos huecos, o que alguna parte solo ocurriese en mi cabeza, pero Telesita había repetido el truco de hacer aparecer botellas de algún lugar del siglo XX demasiadas veces. Y el fantasma bebía, sí, pero su hígado procesaba el alcohol con una capacidad sobrenatural. El mío no.
Telesita me agarró de nuevo preparada para seguir con el tango, pero creo recordar que la empujé rechazándola.
- ¡Para ya, coño! Todo el día con el bailecito. - bebí algo de alguna botella y aproveché para estirar los pies torpemente, mientras intentaba no caerme. A mi alrededor la fiesta seguía un derrotero similar. Más de la mitad de invitados dormían en sofás, sillas o en el suelo, mientras otros bailaban lentamente, ignorando los compases y la música en general. Vero formaba parte de los primeros, abrazada en el suelo a su extintor, con varias botellas de cerveza vacías a su alrededor. Pobrecita, mi Verónica... Carlos y Emilio formaban parte de los últimos, abrazados y balanceándose, turnándose para cargar con el peso del otro, como buena pareja. - ¿Por qué no puedo tener yo algo así?
Telesita me miraba, se debatía entre la lástima con la que había escuchado mis palabras, y su naturaleza maldita, que hacía que las llamas comenzasen a consumir sus faldones de nuevo.
- Venga, hostia ¿Quieres bailar? - agarré otra botella de algo que hacía rato que había dejado de ser vino. - Pues bailemos.
Tiré de su mano y la llevé de nuevo al centro de la pista.
- Pero ya está bien de tanto tango, joder. Normal que estés todo el día intentando prender fuego a algo. Ven, que te voy a enseñar lo que es una fiesta. - Miré a los músicos que se habían ido turnando a lo largo de toda la noche y de los cuales solo quedaban dos.- ¡Eh! Vosotros. ¿Sabéis alguna de Barricada?
- ¿Hasta que hora recuerdas de anoche? - preguntó Verónica al otro lado del teléfono, con una voz que me hacía pensar que en lugar de cervezas habría optado por chupitos de lejía.
- ¿Recuerdas cuando me dejaron poner la música en los altavoces con el móvil? - un casi inaudible “no” fue toda la respuesta que obtuve – Un par de horas más, a partir de ahí creo que me dormí, o caí inconsciente.
- Joder, yo aún no recuerdo cómo aparecí en casa y por qué tengo un extintor en el pasillo.
Solté una carcajada.
- Ha estado bien ¿eh?
- Sí... - noté algo de inseguridad en su respuesta. Conocía bien ese sí, era un no. Decidí hacer una vez más de psicóloga con mi amiga.
- ¿Pero...?
- No... es solo que... - guardé silencio, Vero no soportaba mis silencios, y yo los usaba para invitarla a continuar. - Me pasé la noche haciendo rituales para el espíritu, y tú bailando con él... ¿No podemos salir algún día sin que pase nada sobrenatural?
Recordé mi sesión de terapia la noche anterior con el fantasma. Sonreí.
- ¿Tienes planes para hoy?
- Joder, para hoy sí, pasar una resaca de puta madre tirada en el sofá. ¿El fin de semana que viene no te vale?
Me valía. Por supuesto que me valía.
- ¡Claro!
Pasaron un par de segundos de silencio mientras ambas brindábamos con agua y resaca por la futura juerga. Al poco, retomamos la conversación.
- De todas maneras, la fiesta ha estado bien al final ¿no?
- ¡Y tanto! - respondí haciendo memoria con los trozos que me venían a la cabeza. - Ha sido una boda de la hostia.