Los muertos me quieren (muerta) I


Silbé los primeros acordes de la melodía, y las runas inscritas en el metal empezaron a brillar. Satisfecha por el resultado, activé el cronómetro en mi móvil y eché a correr escaleras arriba, no sin antes dispararle en la cabeza a un señor con bigote.

No sé en qué lugar me deja, pero no recuerdo la primera criatura que maté. Ni su nombre, ni su especie, ni siquiera la razón. Quizás ayude el hecho de que en mi trabajo la frontera entre la vida y la muerte no sea una línea clara, sino más bien miles de rayajos de colores, cada uno en una dirección, que serpentean y se mueven a tu alrededor, hasta que notas como uno de ellos te sube por la pierna.
No. Ese señor con bigote al que acababa de disparar ya estaba muerto en el sentido estricto y médico de la palabra antes de mi intervención. Estaba convencida de que varias corrientes filosóficas estarían de acuerdo conmigo en que su vida como tal había finalizado hacía ya tiempo, y yo simplemente había evitado que su carcasa física siguiese caminando con la habilidad de alguien sin ligamentos. Sí, ese zombie, al igual que los otros quince que consumían mi munición como si fuese Lacasitos, ya estaban muertos antes de mi llegada a la casa.
Sin embargo no se podía negar que era yo la que había desparramado su cerebro contra la pared, la cual, todo sea dicho, tampoco había empeorado mucho tras mi explosión de sesudo estucado.
En cuanto me aseguré de que el cuerpo del señor con bigote había dejado de moverse por segunda y, esperaba que, última vez, continué subiendo por las escaleras que me sacaron del sótano de la casa.
Llamarla mansión era tan presuntuoso como decir que el pueblo turolense abandonado donde se encontraba era la cuna de la civilización occidental. Pero tenía que admitir que la casa era jodidamente grande, y tenía más recovecos capaces de ocultar un muerto viviente que yo balas.
Avancé sigilosa y tensa por el oscuro pasillo, conteniendo la respiración y vigilando cada sombra que bailaba en honor a la luz de la luna que entraba por las ventanas. La casa estaba caliente, y a pesar de la agradable calefacción que indicaba que alguien vivía, más o menos, en ella, yo estaba helada. Continué despacio, consciente de que la falta de respiración y su infinita paciencia hacía a los muertos vivientes sorprendentemente sigilosos. En cualquier esquina, tras cualquiera de los viejos y abandonados muebles que habitaban la casa, tras alguna de las recias cortinas que se movían mecidas por la brisa... los muertos podían esperarme escondidos tras cualquier rincón.
Y luego estaba el que me miraba desde el sofá.
El corazón intentó salírseme por la boca, y solo apretando los dientes y tragándolo de nuevo a su sitio pude mantener la calma. Ya estaba muerto del todo, inmóvil en el sofá, con un un enorme agujero de bala haciendo las veces de globo ocular. Me lo había cargado hacía un rato, lo recordaba. Puede que no recordase a la primera criatura que había matado, pero por suerte sí que era capaz de reconocer a la antepenúltima.
Caminé con cuidado, pasando frente a él. El agujero de bala dejaba ver el sofá a través de su cráneo, pero eso no hacía más que añadir profundidad a su mirada. Tragué saliva y apreté el paso, y casi había alcanzado la puerta cuando el hijo de puta se levantó y me agarró el brazo.
- ¿Ya te vas? Te creía más valiente, Verónica. - dijo con unas cuerdas vocales que no deberían poder hablar sin romperse, usando un aparato respiratorio que había dejado de funcionar meses atrás.
Un codazo en el cráneo hizo crujir sus ya semidescompuestas vértebras, y el cuello se partió, dejando su cabeza colgando por un trozo de piel grisácea. Contuve una arcada. Me iba a pasar comiendo ensaladas una semana.
Pero a pesar de la notable carencia de cabeza, el zombie no me soltó. No era un muerto reanimado, ahora mismo estaba siendo controlado directamente, como una marioneta de carne podrida. Un mes. Un mes a ensaladas.
- ¿Valiente? ¿Y tú qué? - grité al aire. - Deja de mandar putos zombies y muéstrate en persona, si tan valiente eres.
El muerto pareció dudar, o al menos dejó de moverse durante un par de segundos, pero sin dejar de soltarme el brazo.
- Tienes razón. - respondió una voz que brotaba gorgoteando o bien de la cabeza que colgaba, o del interior de la garganta descubierta. Un año a ensaladas. Vegana de por vida.
La puerta que había intentado alcanzar segundos antes se abrió, y de su interior salió un hombre vestido con un traje blanco y un sombrero de panamá. Su piel morena contrastaba con su enorme y blanca sonrisa. Le apunté con la pistola, y aquella sonrisa, en lugar de desaparecer, se ensanchó lentamente.
-  ¿De verdad crees que puede amenazarme con una pistola? Ya estoy muerto, estúpida. ¡No puedes matar a alguien que ya está muerto!
Apreté el gatillo y descargué mis tres últimas balas en su blanca sonrisa. ¿No se puede matar a alguien que ya está muerto? Pues llevaba toda la noche haciéndolo.

Datos curiosos sobre los muertos vivientes: Un cuerpo en descomposición no es un buen combatiente, como mi codazo ya había demostrado. El rigor mortis de la mano que me agarraba conseguía que fuese incapaz de quitármela de encima pero, de una buena patada, el brazo se separó de su dueño y pude librarme del bicho.
El liche iba a ser más difícil. Gregorio Negro, ciento dos años, muerto hacía ya más de sesenta. El sonriente entrajetado era mi objetivo de aquella noche, y por el precio que me habían pagado por eliminarlo, tenía bastante claro que no iba a ser nada fácil. El cabrón era un muerto viviente que además usaba la hechicería y, concretamente, su hermana más repugnante, la necromancia, para hacerse con el control de ese pueblo abandonado.
Y no era tan fácil como dispararle el equivalente a su peso en balas para acabar con él. Tenía que encontrar su filacteria, la joya que contenía todo su poder, y destruirla, y aunque había acotado su localización a la casa donde estábamos, el hijo de puta había sabido ocultarla bien. Pero yo tenía mis recursos.
El primero de ellos arrancó un gesto de sorpresa de su cara, y luego un trozo de la misma. Las balas benditas consiguieron que al menos Gregorio se llevase dolorido las manos a la cara el tiempo suficiente como para conseguir colarme y cruzar corriendo la puerta. No iba a meterme en un pueblo plagado de muertos vivientes con munición corriente.
Crucé la entrada de la casa y atravesé, casi dando un salto, la puerta que llevaba al exterior. Estaba sudada, y un muerto me había arrancado la cazadora hacía ya una hora pero, aún así, agradecí la brisa fresca del exterior, y sobre todo la falta de olor a muerto recalentado que inundaba el caserón que acababa de abandonar.
Era un soplo de aire fresco, pero no un respiro. Gregorio salió dando tumbos de la casa, derribando la puerta de un puñetazo. Su cuerpo no era el de un simple zombie, estaba bien cargado de hechizos, y yo hubiera durado tres segundos en un combate mano a mano contra él. Cinco, si contase con un hacha de plata o una granada de mano.
Mi única opción era destruir la filacteria, y ésta se encontraba en la casa de la que acababa de salir. Gregorio lo sabía. Sabía que, si en el mejor de los casos lograba destruir su hipervitaminado cuerpo, eso no acabaría con él. Lo sabía, y sonreía con una sonrisa macabra, ayudada por la falta de mandíbula inferior. Disfrutaba del momento.
En ese instante la alarma de mi móvil sonó, y su momento se fue a la mierda.


Gregorio me miró, primero molesto por la intromisión de la estridente música, después con media mueca de sorpresa al descubrir que el sonido no provenía de mi bolsillo. Giró lentamente la cabeza hasta observar el ventanuco que daba al sótano, de donde parecía venir la canción.
Me hubiera gustado contarle mi plan. No había encontrado la filacteria, la casa era demasiado grande y había demasiados muertos moviéndose por su interior para mi gusto, así que usé métodos más expeditivos.
Las runas incandescentes grabadas en el metal de la caldera se activaron con la melodía grabada en mi móvil, que reposaba junto a ellas. En cuestión de segundos, las runas ardieron, convirtiendo el propio metal en llamas. 
Me hubiera gustado explicarle el plan a Gregorio, ver la cara que se le quedaba al descubrir que su filacteria, por muy inteligentemente escondida que estuviese, iba a estallar junto con el resto del edificio. 
Pero yo ya había llegado a las afueras del pueblo corriendo para cuando la melodía dejó de sonar, y la enorme explosión acabó con el cuerpo del liche, su joya, los zombies, la casa, la caldera y mi móvil.
Puede que Gregorio ya estuviera muerto cuando me conoció. Pero ahora lo estaba mucho más.

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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.