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Los muertos me quieren (muerta) II


El trabajo de detective paranormal no está contemplado en ningún epígrafe de Hacienda, por eso mi actividad profesional cubría desde estudios en profundidad de textos ocultos en lenguas muertas, hasta el reparto de patadas en la boca a acólitos adoradores de Satán. Había hecho de todo en mi carrera salvo mercadear con mi cuerpo. Y eso incluía mercadear con el de otros.
- Necesito un cuerpo, Verónica – sentenció Ramón “El vivo”. Yo me llevé el dedo al oído izquierdo, el cual había decidido ese momento para volver a pitarme. Según el médico no había perdido capacidad auditiva tras haber salido corriendo a duras penas de una explosión de gas, pero aún así de vez en cuando me pitaba como si alguien estuviese hablando de mí a mis espaldas. Y a voces. Y a mi oído. Dentro.
- Y yo te aseguro que no lo vas a tener. - respondí sincera señalando a la foto de la chica que me había mostrado – Te puedo confirmar que la chica es ahora una de las amantes del Marqués du Daurade.
- ¿El vampiro? - asentí.
-Me temo que la única manera de que ese cadáver vuelva al ataúd del que salió es atada o en cenizas. Pero desde luego no como cadáver, los vampiros tienen esa manía de deshacerse al morir.
- Putos vampiros ¿sabes lo malo que son para el negocio? - ladeé la cabeza, me lo podía imagina. Ramón “El Vivo” había recibido su sobrenombre en la época en el que todos los motes buscaban ser irónicos, y era el dueño de una de las funerarias más importantes de Barcelona. También era uno de mis mejores clientes.
Se me ocurren pocos motivos por los cuales las pompas fúnebres puedan convertirse en tu vocación, pero supongo que los clientes callados y tranquilos pueden ser un buen motivo.  Por eso imagino la cara de sorpresa que se le tuvo que quedar al estirado de Ramón, cuando uno de los cadáveres con los que trabajaba decidió salir de su ataúd sin previo aviso e irse de marcha. Desde aquel día, hace años, El Vivo me llama para que me encargue de recuperar los clientes tan insatisfechos con sus servicios que cruzan los límites de su existencia solo por no pasar cinco minutos más en su incómodo ataúd.
El problema con el que nos encontrábamos ahora era que el último muerto que decidió que lo del descanso eterno no era para tanto, tras mis investigaciones, resultó ser una vampira. Y los vampiros, como bien indicaba el tipo del traje, eran malos para el negocio. Si el cadáver no volvía pronto a su sitio la familia enterraría vivo el negocio de Ramón. Y tras discutirlo con ella y después de un ojo morado y un colmillo roto, me dejó bastante claro que no volvería ni muerta. Recuperando la conversación, me encogí de hombros y chasqueé la lengua, notando mi diente mellado.
- Necesito otro cadáver, Verónica. - Me señaló con el abrecartas metálico con el que había abierto mi informe, de manera casi amenazante.
- Pues yo no pienso meterme en un ataúd, Ramón. 
- No hablo de eso - me miró con su rostro severo volviendo a posar el abrecartas consciente por primera vez de su gesto. 
- ¿Y por qué me miras? ¿Crees que soy una máquina expendedora de muertos?
- Hay semanas en las que parece que sí.
Otra parte de mi trato con la empresa de Ramón, era que él se encargaban de hacer desaparecer el cadáver de alguna criatura demasiado extraña para caer en manos de la policía. Y hay semanas en que he llamado más veces a su coche fúnebre que a un taxi.
- Eso es distinto, Ramón.  - me defendí ante las acusaciones. A mi favor, la mayoría de criaturas que le llevaba ya estaban muertas antes de que yo las matase. Y si no, normalmente algo habían hecho. - Solo te traigo criaturas que han intentado atacarme.
- ¿Si? Pues no te voy a engañar, no nos vendría mal una de esas ahora mismo.
- No te preocupes – bromeé – con mi suerte, en menos de cinco minutos alguna intentará arrancarme la cabeza.
A los tres minutos una intentó arrancarme la cabeza.

Los cristales del enorme ventanal del despacho de Ramón estallaron en miles de pedazos y tintinearon mientras caían sobre el suelo. O al menos eso supuse, ya que tras el estridente y desgarrador grito que destrozó la ventana, mi oído volvió a pitar, quejándose por el maltrato continuado.
Ramón me gritaba algo, pero yo aún tardé unos segundos más poder oír nada. Miré al exterior tras la ventana rota, donde una pálida figura nos observaba. Sorprendente, ya que el despacho de Ramón era un tercer piso.
La silueta fantasmagórica nos miraba con el rostro desencajado, con unos ojos tan llenos de melancolía que no cabían en sus cuencas y parecían salirse. Volvió a gritar, con la tristeza desgarradora de alguien que descubre que todos sus seres queridos se han matado entre ellos, y pude oír sus lamentos tras el pitido de mis oídos, que poco a poco se disipaba.
Lo noté dentro de mi pecho. Dentro de mi corazón. De mi cabeza. A pesar del efecto mitigado gracias a mi sordera, los lloros y sollozos de la banshee me atravesaron como un témpano de frío hielo.
La soledad.
No la soledad que siente el último humano vivo del mundo. No. La soledad de alguien que vive rodeado de miles de seres de su misma especie, y que no encuentra nada en común con ninguno de ellos. La soledad que sientes cuando vas caminando por una calle abarrotada, y eres incapaz de distinguir los rostros que te rodean de objetos inanimados. La sensación de que, aún rodeada de personas, podrías caer muerta en el suelo, y nadie aminoraría el paso para detenerse a ayudarte. Tu cadáver descomponiéndose mientras el resto de personas, tus seres queridos, te esquivan, mirando hacia otro lado, haciendo el esfuerzo de evitar el contacto visual con las cuencas vacías de tus ojos.
La soledad moderna. Mi soledad. Yo sola contra el mundo. Yo contra todas las bestias del planeta, sin nadie a mi lado. Yo contra todos los humanos, que huían asustados de las criaturas que me rodeaban, confundiéndome con una de ellas. Yo en medio de todos, sola, y nadie acude en mi ayuda, mientras me deshago en lloros, incapaz de hacer nada que no sea gimotear.
Noté la lágrima resbalándome en la mejilla. No en el pozo imaginario de tristeza donde me ahogaba, si no en el mundo real. Por un momento la caricia me trajo a la realidad, y pude tener un momento de lucidez. La soledad que sentía día a día. Mi soledad. Mi rutina. Algo que me aprisionaba todas las mañanas al levantarme, y a pesar de lo cual, conseguía hacerlo. 
Lo conseguía. Esa soledad, esa tristeza opresiva, era algo contra lo que me enfrentaba a diario. Y ahora no iba a ser una excepción. Estaba sola, siempre lo estaba. Pero no me importaba una mierda. No, esa puta Banshee no iba a hundirme tan fácilmente. Saqué la pistola del interior de mi chaqueta y disparé contra la figura.
Las balas la atravesaron sin que ella se percatase siquiera. Era munición normal, y tras un breve repaso mental, caí en la cuenta de que para una Banshee, como para todas las criaturas faéricas, necesitaba balas de hierro. 
Suelo tener cargadores con balas de plata, balas malditas y en general, más de diez tipos diferentes de munición. Entre ellas las de hierro eran las más baratas, aunque teniendo en cuenta que en ese momento no llevaba ninguna encima, y por la ley de la oferta y la demanda, en esos momentos cada una valdría más que mi coche.
La Banshee se acercó, y estalló con su melancólico grito a menos de dos palmos de mi cara. Tan cerca de ella, esta vez no podría escapar de su pozo de tristeza en el cual noté como me hundía como una piedra, y si no fuese contrario a su personaje, hubiese jurado que la cabrona sonreía.
Solo me quedaba una cosa que hacer.
Acerqué la pistola a mi sien y disparé.

Ramón despertó al cabo de varios minutos, aún llorando, confuso por cómo una persona de su edad y fortuna estaba en el suelo llorando como un niño pequeño que acababa de perder a su padre favorito. Cuando levantó la cabeza, me vio sentada en su mesa de caoba, observándole con una sonrisa. Giró la cabeza y dejó escapar un grito y un par de lágrimas, cuando vio la banshee derribada en el suelo, con el abrecartas de hierro clavado en el cuello.
Ramón tardó varios segundos más en recuperar la compostura, y tras levantarse y atusarse el traje me dijo algo.
- ¿Qué? - pregunté, señalando a mi oído. Acababa de disparar mi pistola contra el techo a menos de un palmo de mi oído, y seguía sin ser capaz de oír otra cosa que el fuerte pitido que indicaba que acababa de perder la capacidad de percibir un par de frecuencias. Pero al menos era la banshee la que yacía muerta en el suelo, y no yo. Lo cual me recordó otro detalle.
Cogí la foto de la mesa, y la puse al lado de la banshee, mientras Ramón me decía algo que apenas fui capaz de oír.
- ¿Qué? No, escucha. Ya tienes tu cadáver. - respondí.
Ramón asintió, intentando comprender, aún incapaz de reaccionar. Al cabo de unos segundos pareció despertar, mientras comenzaba a relatar lass melancólicas y personales pesadillas que acababa de vivir, arrepentido y decidido a cambiar.
Yo me alegré de seguir sorda.

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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.