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Nuevo Darwin

Premisas propuestas por los patreons 1. Pais donde ocurre la historia: Pepo Martínez Rojo Australia 2 Año en el que ocurre la historia: Mario Bizcocho González 2055! 3 ¿Qué ha estudiado uno de los protagonistas? Jose Beltran Escavy Doctorado en castración de canguros 4 ¿Qué obsesión tiene el segundo protagonista? Ando Pasteleria teorica! 5 ¿Qué han robado? Carlos Rodriguez Fernandez Una anciana que pasaba por ahi que no a la anciana xD 6 ¿Qué animal ha mordido a alguien? SrLogo Un ornitorrinco Morán. Os odio.
—Extendemos la crema pastelera por la superficie recién horneada –continuaba sugerente la voz en la radio del vehículo— y espolvoreamos el cacao usando un tamiz fino...
—Hmm... —paladeó imaginariamente Sussanah saboreando en su cabeza todas las capas descritas del postre. Desde la supuestamente crujiente base de galleta hasta la teóricamente esponjosa crema que la cubría.
—¿No podemos poner al menos algo de música? — interrumpió su compañero incapaz de contenerse durante un minuto más.
—Joder, Robert. Estaba a punto de poner la guinda ¿No podías haber esperado un minuto más?
—¿Un minuto más? ¡Llevamos tres horas escuchando recetas!
—No son recetas —se defendió la mujer—. Es ASMR gustativo, te permite paladear pasteles sin necesidad de meterte en el cuerpo nocivo azúcar, me lo ha recomendado mi psicoendocrino.
Robert rezongó, había escuchado la respuesta varias veces durante los tres días que llevaban haciendo vigilancia. Sussanah no tenía que explicarle los efectos nocivos del azúcar, llevaba más de veinticinco años prohibido desde que en el 2030 se descubrieron sus efectos devastadores en los pulmones. Él mismo había perdido a sus padres ante esa maldita y dulce arena blanca. No le molestaba que su compañera escuchase la misma receta una y otra vez. Le sacaban de quicio los recuerdos de infancia que le traían esas nocivas palabras. Le sacaba de quicio que su compañera, demasiado joven para recordar esa amarga época en la que el azúcar era omnipresente, escuchase esos programas que idealizaban tiempos tan dulces. No tenían ni idea de cómo era un pastel, pero su generación tenía que rebelarse contra todo.
El hombre se estiró en el diminuto asiento del vehículo patrulla. El coche era diminuto, aún así, había espacio de sobra para albergar la poca paciencia que le quedaba para lidiar con las manías de su compañera.
Esa misión no era lo que esperaba cuando había obtenido su plaza en la Unidad de Preservación Evolutiva. Sinceramente, había soñado con que siendo genetista del gobierno su trabajo consistiría en persecuciones, tiroteos y alguna que otra batalla contra emúes. Pero su puesto asignado en un pueblecito al este de Nuevo Darwin, resultaba ser tan aburrido e inmutable como la evolución que habían jurado proteger.
Algún intento frustrado de importar sapos no aprobados en barco y un pequeño altercado entre dos paleontólogos por un hueso roto. Eso era todo lo que podía poner en su brillante carrera como agente de la UPE. Eso, y los tres largos días encerrados en aquel coche con su compañera. Si la espera se alargase más, Robert pediría un traslado para vigilar la evolución en tiempo real, le parecía más movido que mirar durante setenta y cuatro horas a la misma ventana esperando ver algún cambio.
Aún así decidió seguir observando, a pesar de que hacía varias horas ya que la imagen de esta había dejado de tener sentido. Siempre la misma habitación. A oscuras. Vacía. Sin nadie en su interior.
Hasta que vio a la figura asomarse durante un segundo.
—Sussanah, hay movimiento en el interior.
La mujer detuvo el reproductor del vehículo mientras preparaba su arma.
—Joder, ahora que estaba a punto de echarle el bacon.
Robert dejó escapar un bufido. Bacon. No tenían ni idea.

— Llevamos tres días vigilando el edificio —susurraba Sussanah mientras subían las escaleras hasta el cuarto piso, ambos con las armas preparadas. No tenían claro qué podían encontrarse en el interior de ese apartamento pero, por lo que le habían informado, su dueña era una mujer peligrosa, tanto contra la evolución como contra aquel que se interpusiese en su camino—. ¿Cómo ha podido entrar? No hay más accesos al apartamento.
—Quizás no había salido de ahí en ningún momento.
—Imposible, comprobamos su señal de hiperrnet, no se ha conectado ninguna vez en todo ese tiempo. Nadie podría sobrevivir encerrado en su casa sin hipernet durante tres días, joder. Estaría muerta.
—Esta mujer es una de las mejores genecistas de la historia, Sussanah. Si lo que hemos leído en su ficha es cierto, podría sobrevivir sin agua, si ella quisiera. Tan solo tendría que hacerse unos genes nuevos y reconfigurarse por completo para...
—Te recuerdo que de los dos soy yo la ingeniera de Crispr, tú dedícate a tu especialidad y no me hagas gensplaining.
Los dos agentes llegaron a la puerta del apartamento que habían vigilado durante todo ese tiempo y llamaron, por cortesía más que por otra cosa. Ya habían probado a llamar a la puerta hacia tres días. Su única pista para detener a la Doctora Johanna Beagle era ese apartamento, adquirido mediante tres empresas fantasmas que estaban ligadas a su antigua fundación. Una pista débil pero que alguien debía de seguir.
—¡Agentes del UPE! — gritó Robert a un lado de la puerta mientras Sussanah golpeaba desde el otro —¡Abra la puerta en nombre de la evolución!
Al otro lado de la puerta, un ruido sordo fue seguido del silencio que solo alguien que intenta no producir sonido alguno puede generar. En el interior de la casa había alguien.
—¡Sabemos que está ahí, Doctora! — gritó Sussanah— Salga con las manos en alto, no tiene otra salida. Entréguese a la autoridad.
—No reconozco su autoridad, agente – gritó la voz de una anciana en su interior. Sussanah sonrió, había leído su ficha, sabía que la mujer era incapaz de no responder a la provocación. 
— ¡Está acusada de delitos contra la normativa europea de protección evolutiva! Le ordenamos que salga o entraremos por la fuerza.
— Antes muerta que reconocer que Australia pertenece a ese atajo de colonizadores come quesos.
Sussanah dejó escapar un bufido que anunciaba que le quedaba la misma paciencia que a su compañero con la pastelería teórica.
— ¡Pues haber salido a votar en el referéndum! — le dio una señal a su compañero y se preparó para derribar la puerta de una patada – Putos millenials..
La agente usó la servobota izquierda para reventar el cerrojo y hacer saltar trozos de astillas del marco. Su compañero, en un movimiento coordinado, se lanzó al interior del apartamento con el arma en alto.
—¡Deténgase, en nombre de la evol... —su voz fue acallada tan repentinamente que dejó sin cerrar la exclamación. Sussanah, que conocía a su compañero y sabía que nadie nunca había conseguido que dejara un grito sin acabar, entró tras él rápidamente. También se quedó sin palabras.
El interior del piso parecía el hijo bastardo de la cocina de un piso de soltero y el laboratorio de un profesor chiflado. Profesora, en este caso. Y chiflada. Y soltera, también, por si alguien le interesa la información. Probetas y tazas de café mezcladas en el fregadero. Trozos de pizza y muestras de tejidos descartados al lado de la impresora de alimentos. Cuatro jaulas abiertas y vacías junto a latas de cerveza igualmente abiertas y vacías.
Pero eso no era lo más curioso. El repetidor de hipernet desconectado y varios cables enchufados a un antiguo ordenador sin conexión inalámbrica. Por eso no lo habían detectado. La muy astuta había sobrevivido a base de contenido que almacenaba en viejos discos duros. Putos millenials, eran más duros de lo que pensaba, llegó a pensar Sussanah.
Pero eso tampoco era lo más curioso. En el hueco donde debería estar la nevera reposaba un extraño aparato que ni siquiera los avanzados conocimientos de ingeneniería genética de Sussanah lograban comprender. A su lado, la doctora Beagle conectaba y desconectaba cables con premura, seguramente acelerada por la irrupción de los agentes en su improvisado laboratorio.
Pero eso tampoco era lo más curioso. Otra vez.
No, lo más curioso eran los dos enormes canguros humanoides que rodeaban a Robert mientras un tercero observaba por la ventana del cuarto que llevaban días vigilando.
—Canguros mutantes... — balbuceó Sussanah.
—No – corrigió Robert—. Canguros evolucionados.
—Correcto, agentes – sonrió la doctora mientras se colocaba más y más cables a su propio cuerpo. Robert intentó que se detuviese apuntándole con su arma pero uno de los canguros le arrebató el arma de un manotazo.
Las dos moles de músculo peludo agarraron al agente mientras el tercero se lanzaba de un salto sobre Sussanah que a pesar de tener los reflejos suficientes como para defenderse con un par de disparos, el canguro no tuvo la decencia de darse por aludido. El peso de la mole fue suficiente para derribarla y con un movimiento tenebrosamente humano, el monstruo la miró a los ojos y le retiró el arma de su mano con un cuidado nada animal.
—Son... —pudo dejar escapar la agente con el poco aire que dejaba en sus pulmones el peso del animal — ¿Son inteligentes?
— Pregúnteselo usted misma, agente – sonreía la Doctora mientras veía como los dos agentes, reducidos, ya no eran un obstáculo para sus planes, fuesen los que fuesen estos. Siguió colocando cables como si fuese la parte de atrás de uno de esos ordenadores tan antiguos que aún seguían usando los de su generación.
Sussanah miró a los ojos a la bestia y esta le devolvió la mirada con un brillo que indicaba que tras ese engordado cráneo había algo más que la mente de un simple marsupial.
—¿Puedes…?—dudó—.¿Puedes hablar?
El canguro sonrió con complicidad, le devolvió una mirada cargada y comenzó a barritar con un grito ensordecedor. La doctora se reía.
—He conseguido evolucionarnos, agente. Mi matriz de Inteligencias artificiales ha expuesto su genoma a millones de años de evolución controlada y he conseguido que estas estúpidas ratas con bolsillo puedan entender y obedecer órdenes. Pero no les he enseñado a hablar, joder, no me ha dado tiempo. Si no me hubieran interrumpido...
—No son ratas, son marsupiales —no pudo evitar corregir Robert. Había estudiado a esos animales durante años y ver su cuerpo modificado con un aspecto casi humanoide le dejaba tan fuera e combate como los cuatro fibrosos pares de brazos que lo agarraban.
—¡Ya lo sé! ¿Qué se cree? No, claro, como soy vieja soy tonta. Como nuestra generación tuvo que aprender usando libros en lugar de hipnosis, pues no sabemos distinguir a un canguro de una rata, claro. 
—Pero... servoevolución instantánea... ¿Cómo ha podido hacerlo? — preguntó Sussanah.
— ¡Magia! —respondió irónica la doctora.— ¡Con ciencia, agente! ¿Cómo si no lo voy a hacer? ¿Quiere que le explique todo el proceso? No, señora, no. Que luego me pongo a hablar como me pasa siempre y para cuando me doy cuenta tienen aquí los refuerzos. No, me temo que han acelerado mi última parte del plan, pero supongo que dos agentes del UPE son los mejores testigos para el próximo salto evolutivo de la humanidad.
—Joder... quiere decir ¿Va a evolucionarse a sí misma?
La anciana siguió enchufándose cables y vías a lo largo de su cuerpo mientras los agentes intentaban soltarse de su presa.
—Alcanzaré la siguiente cota de la evolución humana antes que nadie. Seré una diosa entre humanos. La única humana entre hormigas...Y ni ustedes ni nadie de su sagrada Unidad de Protección de la Evolución podrá detenerme entonces. La humanidad entera será mi juguete, y podré jugar con su evolución a mi antojo.
La mujer acabó de conectar cables a su cuerpo y a la computadora y lanzó las últimas órdenes al terminal mediante el teclado de su pulsera.
—Un gran paso para mí – dijo la doctora fingiendo que no traía sus últimas palabras ya preparadas desde hacía meses – un gran paso atrás para la humanidad.
—No si puedo evitarlo – vociferó Robert mientras recordaba todo lo aprendido en sus estudios y lo aplicaba de una patada en la entrepierna del canguro más cercano con una precisión académica.
—Gonlaputa... – masculló el canguro que si bien no había aprendido a usar el lenguaje humano, había cogido las nociones básicas. Se llevó sus poderosos brazos a la parte afectada mientras soltaba los brazos del agente. Sin dudarlo, el oficial de la UPE agarró el arma del suelo y abrió fuego sobre el ordenador, intentando detener la evolución de la doctora con una violencia casi creacionista. El otro canguro le arrebató el arma de una patada que hizo crujir todos los huesos de su mano antes de que pudiese seguir disparando. Un par de disparos reventaron uno de los viejos ordenadores en pedazos, que estalló lanzando chispas.
—¡No! — gritó la doctora. — ¡La unidad de descontrol!
—Se acabó su evolución, doctora – sonreía el agente.
La doctora Beagle cerró los ojos, asimilando su futuro y viendo los nuevos caminos que habían abierto ante ella. Peligrosas ramas evolutivas que ni en su megalomanía hubiera soñado intentar trepar. Pero el destino la había empujado a ello y la doctora tenía demasiado ego para no darse por aludida ante una llamada del universo. Ante la mirada sorprendida de los agentes y los canguros, sonrió.
—Al contrario, agente —dijo lamentando pisar sus estudiadas últimas palabras—. No ha hecho más que potenciarla.

— ¿Qué quería decir la doctora Beagle con eso? — preguntó su superior, el Oficial Evolutivo William Erasmus, intentando comprender el confuso relato que le habían traído sus agentes.
— La unidad de descontrol que el agente Robert inutilizó con el disparo, por lo que nos han contado los tecnoforenses, era la encargada de detener el proceso evolutivo en un punto óptimo —explicó Sussanah—. Sin él, la evolución acelerada a la que la doctora sometió su cuerpo no tendría límite. Seguiría evolucionando hasta el infinito. 
Y así ocurrió, durante varios dolorosos minutos que ninguno de los agentes olvidaría en lo restante de su vida profesional. El cuerpo de la doctora fue mutando lenta pero inexorablemente, siendo sometido a diferentes pruebas por el ordenador mientras intentaba adaptarse, evolucionar hacia una forma perfecta. Durante unos pocos segundos, la doctora logró su sueño. Una especie con una inteligencia varias veces superior a la humana. Quizás fue gracias a sus superior intelecto que vio las opciones que su anteriormente simple cerebro no había podido contemplar. Sin una unidad de descontrol, la evolución siguió su curso, millones de años pasando a través de su morfología en cuestión de segundos.
—Hasta que la forma evolutiva se estabilizó, no pudimos sacarla de aquel aparato —continuó el relato el agente Robert, ante la atenta mirada de su superior.
—Pero su cuerpo iba a evolucionar hasta el infinito. ¿Por qué creen que logró estabilizarse?
—Hay dos teorías, pero los tecnoforenses no han sido capaces de confirmar ninguna —respondió Sussanah—. La primera es la más sencilla. El ordenador no pudo más y la IA se estancó hasta el máximo de sus parámetros. O quizás simplemente se sobrecalentó. Tengo entendido que a esos viejos trastos les pasa mucho.
—¿Y la otra teoría?
—Que alcanzase su sueño. Que realmente no evolucionase más allá por que ha llegado al techo de la evolución. Que haya logrado convertirse en la criatura perfecta que quería.
Su superior los miró con gesto de desaprobación. No le gustaba nada las implicaciones de esa teoría. Levantó la mirada y observó la pequeña jaula que reposaba en el fondo de la habitación. Si no hubiese visto las grabaciones de la cámara instalada en la córnea de los agentes, no se creería que la criatura de su interior había sido la doctora Johanna Beagle, una de sus mayores y más antiguas enemigas. Al menos explicaría el mordisco con el que le recibió nada más verlo.
Pero la doctora no se equivocaba y si lo que contaban sus agentes era cierto, las implicaciones eran tan peligrosas que no deberían salir de esa habitación. La perfección en la evolución estaba en ese mismo despacho, La línea evolutiva que con tanto empeño protegían acababa en ese punto
Nadie les creería. O, peor aún, sí lo harían.
A pesar de su fracaso y de haber sido encarcelada de una vez por todas, la doctora había puesto a la UPE de nuevo en un aprieto. Los humanos, que hasta ahora se creían en la cúspide de la evolución, observaron a la criatura en el interior de su jaula sintiéndose destronados por el espécimen en el que la doctora se había convertido,
El ornitorrinco les devolvió la mirada y sonrió haciendo un ruidito,

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MORÁN

Estudió y trabajó como ingeniero informático hasta que descubrió que la gente le pagaba por escribir tonterías y decidió que los chistes eran más fáciles de compilar. Colaboró como guionista en la revisa El Jueves y en Orgullo y satisfacción y comenzó a publicar cómics online cuando los módems aún hacían ruido.

Es el autor detrás de la saga de novelas de la detective paranormal Parabellum, Las historias de la Hermana Herminia y de la fantasía iberpunk de El Lingotazo. Además es el autor de la saga de cómics Enseñanza Mágica Obligatoria y guionista de El Vosque que realiza a medias con la ilustradora Laurielle.

Actualmente vive en Asturias, rodeado de gallinas y de cajas de libros y al menos una de esas dos cosas le hace feliz.