El siguiente relato es una recompensa a la que hemos llegado en el crowdfunding del tercer libro de Parabellum, así que, lo primero sería agradecéroslo. Sin vosotros, no lo hubiera escrito.
Lo segundo es explicarlo:
Para los que hayáis leído los libros de Parabellum y de El Lingotazo, espero que lo disfrutéis. No es canon, Verónica no existe en la ambientación de Mil Novecientos y Algo. Aunque he repasado el texto con James y hemos decidido que el resto de detalles sobre el mundo sí que quedarán en la ambientación.
Para los que hayáis leído Parabellum, pero no El Lingotazo. Tranquilos, no os hace falta haber leído nada de Mil Novecientos y Algo para entenderlo, podéis leerlo sin miedo, está pensado para eso. Y, si os gusta una ambientación en la que la magia y los dirigibles se juntan y además lo hacen a hostias, os recomiendo que echéis un ojo a mi otra novela. Os va a gustar.
Para los que no hayáis leído nada de Parabellum ni de El Lingotazo. Recomendaría leer al menos las novelas de Parabellum antes de empezar con este relato, aunque creo que se podrían leer sin conocer nada. No es canon, así que no hay spoilers. Aún así, creo que sería mejor haber leído las novelas antes.
Por último, me lo he pasado bien haciendo un fanfic sobre mis dos sagas de novelas, no os voy a engañar. ¡Así que espero que vosotros también!
Sergio
BARQUENA, 1900 Y ALGO
Resulta de muy mala educación cuando una persona a la que vas a visitar no se encuentra en el lugar acordado. Especialmente cuando dicha persona está muerta y el lugar es la morgue.
Verónica Guerra resoplaba mientras veía llegar al vampiro con las llaves en la mano. El tintineo metálico acentuaba el hecho de que le temblaba el pulso, un hecho bastante llamativo en un ser que carecía de él.
Pero no era ese muerto el que le había dado plantón a la detective.
Antón encajó la llave en la puerta metálica y abrió la fría y aún maloliente sala. La morgue no asustaba al vampiro. Su condición de ser sobrenatural hacía que rodearse de cadáveres le resultara fácil. Su trabajo como forense lograba que resultase hasta rutinario.
Era de quién era el cadáver que había decidido escapar de su morgue lo que le inquietaba. Aunque, para ser precisos, el vampiro no sabía si temía más lo que pudiera hacer el muerto o lo que pudiera hacer la viva que que seguía emitiendo sonidos de furia contenida.
El forense y la detective entraron en la morgue. La habitación era previsiblemente fría y aséptica, a pesar de las motitas de sangre que aún salpicaban el suelo de cerámica. El vampiro las observó durante un segundo, pero no tenía el estómago para aperitivos.
— Ha llegado pronto, Señorita Guerra —se excusó el vampiro por no esperarla ya en la morgue—. He tenido que salir tras descubrir el cadáver ausente.
— Todo lo que concierne a ese cadáver es urgente, Doctor. —La detective lo recriminó con una mirada que sus gruesas lentes no lograban contener —. Sería más apropiado decir que usted ha llegado tarde. ¿Por qué ha salido de la morgue?
— He ido a buscarlo —mintió el vampiro. Lo último que habría querido sería encontrarse con él. Si hubiera tenido alguna pista de dónde buscarlo, la hubiera seguido en la dirección correcta pero el sentido inverso. Con paso acelerado.
— ¿Y ha cerrado con llave?
— Siempre cierro con llave —se excusó nervioso el vampiro. Sabía el verdadero motivo de la pregunta. Estaba ciertamente seguro de haber cerrado antes de dejar el cadáver en la mesa, al noventa y nueve por ciento. Pero ante la mirada de la detective, prefería mostrarse cien por cien seguro. La mujer tamborileó los dedos en su bolso de mano mientras examinaba el porcentaje exacto de seguridad. Antón sabía lo que guardaba en ese bolso. La pistola que daba el sobrenombre por el cual conocían a la detective todas las criaturas mágicas de Barquena.
— ¿Estaba en la mesa cuando lo vio por última vez? — el vampiro asintió mientras la Señorita Guerra examinaba la mesa de examen, una losa fría que, a pesar de su aspecto incómodo, nunca había levantado queja alguna en sus usuarios. La mujer buscó con la mirada a su compañera, una elfa oscura de ropas exóticas que guardaba silencio en una esquina—. Mira a ver si ha dejado algún rastro.
— Ya he buscado por todas partes— se defendió el vampiro—. Solo he encontrado las huellas de sangre y estas desaparecen antes de cruzar la puerta. No es tan difícil de imaginar lo que ha ocurrido: el cadáver se levantó de la mesa, forzó la puerta y huyó. Tan sencillo como eso.
La elfa ignoró el comentario del doctor. Las huellas ensangrentadas no eran el tipo de rastro que ella se especializaba en buscar. Doña Lólimar comenzó a examinar los rastros psíquicos y espirituales de la habitación. No era nada fácil, si de algo disponía la morgue era de espíritus atrapados y confusos. Encontrar el aura del cadáver huido era como seguir un rastro de miguitas en una panadería. Tras varios segundos de concentración, la médium negó con la cabeza.
— ¿Qué puede decirme del cadáver, Doctor? — preguntó la detective.
— Me imagino que no pregunta por la causa de la muerte ¿No? —La mujer le miraba en silencio. Ya conocía la causa de la muerte. Era ella. En concreto los tres agujeros en el pecho que la pistola con la que compartía sobrenombre había producido—. No he visto nada especialmente particular. He hecho un par de pruebas forenses y algún examen mágico, pero no he encontrado nada digno de mención. Lo más peculiar es la falta de un dedo índice, un corte post mortem. Resulta curioso. Quizás hayan usado algún tipo de vudú para resucitarlo mediante el dedo cercenado. No estoy familiarizado con este tipo de magia, pero conozco a un compañero de los Estados Demasiado Liberados del Caribe que podría...
La detective lo interrumpió con un gesto. De debajo de su blusa hizo aparecer un colgante con cilindro de cristal. En el interior, sumergido en un líquido purpúreo, flotaba un trozo de índice.
— Un trofeo de guerra —explicó la detective ante la mirada atónita de Antón—. Y un seguro, por si intentaba escapar una última vez.
— Quiere decir que... ¿ya había previsto que intentase huir una vez muerto?
— Era un hombre repleto de trucos, nunca he descartado que escondiese una última sorpresa. Me ha costado mucho acabar con él y no pienso dejarle escapar, por muy muerto que esté.
— No se anda con bromas, Señorita Guerra.
— No puedo andarme con bromas, Doctor. Hablamos de El Negociante.
— Pensaba que era un trofeo de Guerra —comentó Doña Lólimar mientras la detective penduleaba el colgante por la habitación. Tal y como le había dicho su compañera, no había manera de seguir el rastro, había demasiadas interferencias.
— No te voy a engañar, disfruté más de lo que me gustaría reconocer cuando le arranqué el dedo. Pero lo último que quiero es guardar un recuerdo de ese malnacido. En el momento en el que lo encuentre, me aseguraré de que no vuelva a levantarse de nuevo.
— ¿Y podrás pasar página?
La dura detective no estaba, la cara enfadada y fría que le dedicaba al vampiro, se derretía ante la sinceridad de su mejor amiga.
— Me será más fácil.
El recuerdo del último encuentro con su enemigo se hizo patente en los ojos de la rubia mujer que sacó de su enorme bolso una diminuta petaca. Ante la mirada reprobadora de la elfa, dio un sorbo corto y paladeó el sabor que calmaba sus nervios. Le daban igual las miradas de su amiga. Lo necesitaba, si iba a encontrarse de nuevo con su archienemigo, necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener. De todas maneras, la elfa solía dedicar miradas igual de reprobadoras al bolso que llevaba dos temporadas pasado o al poco acierto que tenía su amiga a la hora de combinar el color de las prendas, así que tampoco tenían mucho efecto sobre la detective.
— He encontrado un mapa de Barquena. Es turístico ¿Le valdrá?
El vampiro forense entraba por la puerta de la morgue luchando a muerte con un enorme pliego de papel que se oponía a ser domado. Finalmente lo estampó contra la mesa salpicándolo con motitas de sangre de algún cadáver que ni siquiera recordaba. Lo extendió y la detective comenzó a examinarlo con detenimiento.
El mapa era sencillo y se centraba en mostrar los monumentos y edificios emblemáticos de la ciudad. Pero era relativamente reciente y preciso. Mostraba la nueva y flamante Estación de Gaule, las seis paradas del moderno metro e incluso la Sacrosanta Familia1.
La detective colocó el colgante con el dedo del cadáver sobre el mapa y, tras darle un golpecito, este comenzó a pendular en círculos sobre el mapa.
Los tres observaban en silencio cómo el movimiento, a pesar de ser regular, comenzaba a inclinarse sutilmente hacia un lado. Con manos expertas, la detective dejó guiarse por él y vieron como el dedo empezaba a señalar a un punto al sur de la ciudad, siguiendo la costa.
— ¿Se supone que está señalando al cadáver? —preguntó fascinado el vampiro. A pesar de ser un ser inmortal con capacidad de convertirse en murciélago, la magia le parecía incomprensible y fascinante. Era un hombre de ciencias, a pesar de que su propia existencia atentase contra éstas.
— Aún está buscándolo, está lejos, ya. Muy lejos. —La detective mascullaba entre dientes, concentrada en no aplicar ningún movimiento de más al péndulo—. Le estaban esperando, no ha podido ir tan lejos andando, está huyendo en coche o carreta.
— Sabes lo que eso significa, ¿no? Si le estaban esperando, es que lo había planeado— comentó con miedo y rabia la elfa. Su mejor amiga se limitó a asentir sin levantar la vista del mapa.
— Está fuera de Barquena, cerca del Delta del Llobregat.
— ¿Qué hace ahí? Solo hay cultivos. ¿Crees que tenía alguna guarida por esa zona?
El péndulo dejó de oscilar poco a poco hasta que se detuvo en un punto concreto. El dedo señalaba una zona del mapa que lindaba con el borde del papel. Una explanada de cemento en mitad de los campos, casi más grande que el pueblo cercano. En el mapa, solo una palabra indicaba la finalidad de la construcción: Heliopuerto.
El péndulo comenzó a flotar levantándose poco a poco en el aire. Destensando la cadena de oro que lo sujetaba mientras comenzaba a ascender.
— No está huyendo en coche. Está huyendo en dirigible.
El buque de vapor El Insumergible III realizaba la misma ruta que sus antiguos predecesores entre el puerto de Barquena y los puertos de las islas Pitiusas. El Insumergible I había sido un navío de vela que tentó a la furia del mar Mediterráneo con su provocativo nombre. Desapareció una noche de tormenta y nunca más se supo de él. El Insumergible II le sustituyó en su ruta e incluso incluyó un fondo de cristal para ver si había suerte y alguien vislumbraba el pecio de su antecesor. El Insumergible III, a pesar de no haber aprendido la lección con el nombre, sí que aprendió que hay un buen motivo por el cual los barcos no suelen ser de cristal.
Quizás los dioses del mar dejaron de encontrar divertido hundir barcos por el nombre y por eso El Insumergible III seguía realizando su ruta diaria entre los dos puertos. O quizás estaban esperando a un momento especialmente gracioso. Fuese por el motivo que fuese, el buque avanzaba resoplando vapor, intranquilo, mientras surcaba unas aguas que de un momento a otro podrían decidir dejar de sostenerlo.
— ¿Estás segura de que se detendrá en alguna de las islas? —Doña Lólimar observaba con cierto porcentaje de curiosidad y un mayor porcentaje de aburrimiento a su compañera. La detective, a su vez, observaba a través de un catalejo el dirigible que flotaba en el aire a varias millas de distancia.
— No creo que el hechizo que esté animando su cadáver pueda aguantar mucho más. Ni siquiera El Negociante podría pagarlo. Me resultaría increíble que en la Belle Gaule dejasen entrar a un zombie y hay mucha distancia para llegar a la Repubblica, incluso a velocidad de dirigible. No, si El Negociante tiene un plan para después de la muerte, no creo que lo esconda tan lejos.
La brisa de mar agitaba el rubio cabello de la detective y la gabardina que usaba para protegerse del viento. Ambas mujeres observaban por la borda de estribor mientras el dirigible maniobraba lento, en la distancia.
— ¿Y en qué isla crees que se detendrá? —seguía comentando con tranquilidad la elfa—. Si hay suerte tendrá algún escondrijo en Eibés y podremos hacer algo de turismo después de que acabes con él.
— Me temo que no podremos —respondió seca la detective.
— Vamos, Vero. No me digas que no te mereces unas vacaciones después de todo lo que hemos pasado. Unos días en unas calitas, visitando alguno de los mercadillos... por favor, dime que dejarás que te ayude a cambiar tu vestuario. Esa falda que llevas es tan demodé que si la llevas un par de años más estoy seguro de que volverá a ponerse de moda. Y no te lo digo como un reto.
La detective comenzó a desabrocharse los botones de la susodicha falda ante la mirada atónita de su compañera.
— Me refiero a que no parece que vaya a parar en Eibés, el dirigible está maniobrando y descendiendo.
La elfa se apoyó en la barandilla del barco mientras intentaba ver lo que su compañera había observado a través del catalejo. Efectivamente el dirigible comenzaba a descender rápidamente. Pero la trayectoria indicaba que efectivamente no iba a llegar al mismo puerto al que se dirigían. Ni siquiera estaban cerca de las Pitiusas. Doña Lólimar escudriñó en la distancia. Caramba. Ni siquiera parecía que fuese a aterrizar en ninguna isla.
— Vero. No sabemos a dónde se dirige. ¿Cómo crees que...?
La detective se había librado de la gabardina y de sus ropas más pesadas mientras se aseguraba el bolso al hombro y se asía con fuerza a la barandilla. La elfa la miraba asustada.
— No estarás pensando en tirarte de cabeza y llegar a nado ¿no?
La Señorita Verónica Guerra miró con rostro culpable a su mejor amiga. Pensó una frase ocurrente que responderle, pero no se le ocurrían frases ocurrentes, no desde la noche en que disparó a el Negociante. Y si se le ocurrían, se las callaba. No estaba para bromas.
La detective sacó la petaca de su bolso, se bebió el resto del contenido y la volvió a guardar en su sitio.
Acto seguido saltó de la borda del Insumergible III.
La Isla de los Contables Muertos no figuraba en ningún mapa.
El diminuto paraíso fiscal técnicamente estaba en algún lugar del mediterráneo, pero ni el Vicegobernador Insular de las Pitiusas, ni la Doble Corona Hispérica, ni siquiera el Colegio Coordenalicio de Cartógrafos la reflejaban en sus cartas. Posiblemente fuese debido a que era el lugar idóneo para esconder dinero de origen dudoso y fuese elegido, entre otros, por organismos tan variopintos como el Vicegobernador Insular de las Pitiusas, la Doble Corona Hispérica o incluso el Colegio Coordenalicio de Cartógrafos.
También ayudaba que si un barco o un dirigible se acercaba demasiado al islote, era recibido con una calurosa salva de cañonazos y una total negación de los hechos por parte de todo el mundo involucrado. Hecho que, además, explicaba porque nadie nunca había encontrado los restos del Insumergible I.
Cuando el dirigible de el Negociante aterrizó en una diminuta pista de arena, una pareja de hermanitas2 se acercaron armas en ristre y se quedaron fijos apuntando directamente a la puerta de la góndola. La matrícula de la aeronave le había permitido acceder a la isla, pero eso no quería decir que los hermanitas no tuvieran órdenes de abrir fuego con todo aquel que bajase de la nave si no llevase los papeles adecuados. La pareja de hermanitas tenían unas órdenes y protocolos muy precisos para encontrarse legalmente en mitad del mar.
La puerta de la nave se abrió y tras ella un hombre de elegante traje y con tres tiros en el pecho sostenía erguido un papel y una mirada perdida en el infinito.
Uno de los hermanitas retiró el papel de la rígida mano del muerto viviente y lo examinó con detenimiento. Asintió a su compañero y este ofreció una pala al recién llegado. Tras entregarla, ambos se retiraron, actuando como si ante la garita en la que hacían guardia no hubiera aterrizado un dirigible y ningún muerto viviente hubiera bajado de él.
El cadáver de el Negociante comenzó a avanzar torpemente por la arena del islote hasta meterse entre los tímidos arbustos que formaban la escasa vegetación de la isla.
El hechizo, efectivamente, era caro y por ende poderoso. Aún así, lograr que el cadáver se levantase de la morgue, fuese al sitio acordado por sus abogados y aguantase un viaje en dirigible hasta la recóndita Isla de Los Contables Muertos era estirar el límite de su capacidad mágica. El zombie avanzaba cada vez más torpe, animado por unas órdenes que empezaban a diluirse. Cada paso que daba consumía las energías del conjuro.
Pero llegaría a su destino, así lo había calculado y el Negociante, en vida, no solía cometer errores de cálculo. Solo había cometido uno y era infravalorar a una mujerzuela jugando a ser detective. Pero en cuanto llegase a su destino, tendría la manera de corregir tamaño error.
El zombie se arrastró los últimos metros hasta un claro concreto en la vegetación y se dejó caer de rodillas. El cuerpo animado solo podía seguir unas órdenes muy concretas, pero las seguía a rajatabla. Si no lo hiciese y se equivocase por unos metros en la zona a excavar, un hechizo de protección hubiese hecho estallar el cuerpo en pedazos demasiado pequeños como para seguir siendo útiles.
No podría caminar más. No lo necesitaba. Había llegado.
Clavó la pala y la ligera tierra le ofreció poca resistencia. La primera palada cayó detrás de él y el proceso se repitió con mecánica similitud durante varios minutos.
Al límite de las fuerzas del hechizo, el muerto viviente siguió excavando hasta que la pala indicó con un repiqueteo mecánico que había encontrado lo que había venido a buscar. Dejó caer la pala a un lado y retiró el resto de tierra con sus tiesas y frías manos.
Los zombies, producto de una magia negra oscura, poderosa y desconocida, eran poco habituales. Ver uno excavando en la tierra era una imagen bastante escasa. Pero ver a uno excavando en la tierra de fuera para dentro, en lugar de intentando escapar de su propia tumba, era una imagen realmente inusual.
Para añadirle un toque de exotismo, tras él, la figura empapada de una mujer apuntándole con una Luger Parabellum directamente a la cabeza añadía el surrealismo que el exótico paisaje de la isla inexistente parecía pedir.
La detective Verónica Guerra acariciaba el gatillo mientras jadeaba por el esfuerzo. La mitad de sus ropas, sus gafas y el contenido de su bolsa se hundían en el mar Mediterráneo, junto con sus exiguas fuerzas. Pero había llegado y, a juzgar por la caja metálica que el cadáver retiraba del agujero, justo a tiempo. Aún sostenía en su mano la pistola, uno de los dos únicos objetos que había logrado salvar de su travesía marina. El otro era la petaca, pero vacía servía de poco.
La detective pensó una frase sarcástica, algo hiriente que decir a su archienemigo antes de volarle la cabeza de un disparo y matarlo por segunda vez. No la llegó a decir, ya no hacía esas cosas, no desde la noche que lo mató por primera vez. No estaba para bromas.
Disparó el gatillo.
El chasquido apagado de la pistola mojada resultó anticlimático.
Con un quejido Verónica lanzó la pistola a la arena y miró a su alrededor. El zombie abría la caja metálica, su cerebro incapaz de procesar lo que ocurría a su alrededor más allá de sus órdenes. Ni siquiera se había dado cuenta de la presencia de la mujer.
Verónica agarró la pala y con unas fuerzas que no debería tener, golpeó la cabeza de cadáver del Negociante.
El muerto se zarandeó, mientras seguía ignorando su presencia. La mujer volvió a golpearle, odiándole por ignorarla. Clonc. Odiándole por lo que les había hecho. Clonc. Odiándole por lo que le estaba obligando a hacer. Clonc.
El cráneo del difunto cedió finalmente y trozos de su interior se desparramaron por la arena. El cuerpo seguía moviéndose pero el hechizo que lo animaba comenzaba a deshacerse, sin energías para resistir los continuos y furiosos golpes.
El cuerpo cayó finalmente sobre la arena donde dejó de moverse de una vez por todas.
Verónica se tiró de rodillas a su lado y arrebató la caja metálica de las manos que habían cedido finalmente al rigor mortis.
— Sabes lo que hay en ese caja ¿verdad?—. Dijo una voz tras ella. La detective ni siquiera tuvo la decencia de asustarse. Simplemente asintió—. Lo sabías desde el principio.
Doña Lólimar caminó hacia su mejor amiga y se arrodilló frente a ella.
— Tú le abriste la puerta de la morgue. Sabías que vendría hasta aquí y querías seguirlo, ¿verdad?
La detective asintió, apretando los dientes, incapaz de mirar a los ojos a su mejor amiga.
— Sí. No... Si no hubiera llegado a tiempo ahora mismo volvería a estar vivo. El Negociante no podía seguir suelto. No después de lo que nos hizo.
— Querrás decir después de lo que me hizo, Vero. Fue a mí a la que asesinó.
— ¿Crees que no lo sé, joder? ¿Y por culpa de quién fue? Fue culpa mía, no pude salvarte. No fui lo suficientemente fuerte. No fui lo suficientemente lista. Por eso necesitaba esto...
La elfa observó el cadáver decapitado del Negociante. Luego observó el contenido de la caja metálica. Continuó hablando con su mejor amiga.
— Sabes que si sigo aquí es porque quiero ayudarte, ¿verdad? Que eres lo único que me ata a este plano terrenal.
— Lo sé.
— Pero solo podré ayudarte si tú me dejas, Verónica.
— Ya no quiero tu ayuda, Ari. No la necesito. No la merezco. Estás muerta porque no pude salvarte. No tiene sentido que ahora intentes salvarme a mí.
La imagen de la oscura elfa comenzó a desvanecerse ante los ojos llorosos de la detective.
— Siento haberte fallado, Vero.
— Siento haberte fallado, Ari.
La detective quedó a solas en un islote inexistente, con el cadáver de su antiguo enemigo como única compañía.
Tragándose una lágrima, retiró uno de los frascos del interior de la caja y vertió su contenido en la petaca. La agitó levemente y se bebió su contenido, ignorando el sabor a salitre.
De inmediato notó el efecto del contenido de la petaca entrar en su cuerpo. Vigorizante, mágico, poderoso, divino, narcótico.
Tenía toda la ayuda que necesitaba en el interior de esa caja. Ayuda de los dioses. El plan B de El Negociante.
No necesitaba la ayuda de su amiga. No necesitaba a nada de su vida.
Solo el poder de la ambrosía y algún imbécil contra quien poder usarlo.