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El dios asesinado en el servicio de caballeros

Soy Verónica Guerra, alias Parabellum. Soy a quien llamas cuando la chica de la curva te ha robado el coche. Soy a quien necesitas cuando alguien te deja una cabeza de unicornio en la cama. Soy a quien recurre el hombre del saco cuando un extraño se mete en su casa.

Soy detective paranormal y me enfrento a diario a los sucesos más extraños que puedas imaginar.

Pero acabo de encontrarme el cadáver de un dios griego en el maletero del coche. Y hasta yo tengo un límite.

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¿Dónde están las llaves?


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 El trasgo chillaba babeante, con los ojos enrojecidos y los dientes amarillentos, o los ojos amarillentos y los dientes enrojecidos, no recuerdo. Completaba su horrible aspecto con una piel escamosa y reptiliana, plagada de verrugas. Definitivamente su cara ya era horrible antes de que se la reventase de una patada.

La criatura salió volando del impacto mientras su voz se apagaba, de manera casi cómica.

- ¡No te lo diremo-! - Un golpe metálico sustituyó la última letra de su palabra, e imaginé que había aterrizado contra uno de los contenedores que formaban estrechas y tortuosas calles en el muelle de carga del puerto.

Los otros trasgos, giraban a mi alrededor, a más de una pierna de distancia de mí. Se movían rápido, y de manera errática. Usaban las sombras de los potentes pero lejanos focos que iluminaban el puerto por la noche para confundirme, y era incapaz ni siquiera de contar cuántos había. Solo podía contar el número de brillantes ojos que me observaban y dividirlo entre dos. Me salían decimales.

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Apuré lo que quedaba de café, pagué en la barra con una sonrisa amable, crucé la puerta del bar y comencé a caminar detrás de la criatura.

La muchacha, tal y como figuraba en el horario mental que había reconstruido la última semana que llevaba investigándola, salía de su trabajo en la clínica. Pude adivinar, conociendo sus costumbres como ya las conocía, que no iba a ir a su casa. No, si llevase la bata que era su uniforme de trabajo es que volvía a su hogar. En su lugar llevaba un pantalón negro y una blusa lila, adornados con alguna puntual muestra de joyería, y unas botas de tacón tan afilado que resultaba una sorpresa que no perforasen la acera por la que se alejaba. Una ropa elegante, demasiado elegante como para malgastarla en su camino del trabajo a casa.

No, definitivamente la muchacha del pelo largo castaño no iba a su apartamento. Y si algo había aprendido en la semana que llevaba siguiendo a la joven, es que eso implicaba que iba a ser una tarde entretenida.

De una puta vez.


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El problema de ser detective son las películas de detectives. No las novelas, al menos no las actuales. Las putas películas. Cada vez que iba a trabajar, no podía evitar sentir la mirada de fascinación inmerecida que me lanzaba mi novio, mientras en su cabeza se editaba un montaje de películas con persecuciones, tiroteos y más explosiones de las que deben ser sanas para el oído.

Sin embargo, el trabajo de detective, mi trabajo, mi jornada laboral de ocho o hasta dieciséis horas podía resultar un completo aburrimiento. La mayor parte del tiempo me ganaba el pan esperando, vigilando, leyendo y si tenía ganas de emociones, rellenando la declaración trimestral de Hacienda.

Y si había llegado a esa conclusión, no por primera vez en mi vida si no por tercera vez en el mismo día, es porque llevaba cinco horas en el asiento de mi coche, esperando a que mi objetivo saliese por la puerta que llevaba ese mismo tiempo vigilando. Y mi cerebro y mi culo empezaban a quejarse al unísono.

Suspiré, y con un gesto mecánico volví a comprobar que la escopeta de caza que reposaba en el asiento del copiloto seguía cargada.

Un aburrimiento de trabajo, os digo.

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 Miré directamente a sus ojos de muñeco. Ojos de mentira que intentaban imitar la mirada inocente de un bebé sin lograrlo lo más mínimo. Vacíos, inertes, inexpresivos, y a la vez amenazantes. Es sólo un muñeco, me obligué a pensar.

Luego le pegué tres tiros al puto muñeco.



- ¡Es sólo un muñeco! - se justificó mi hermano - No tengo la culpa de que sea tan miedica...

Mi padre recogió el muñeco de mi habitación, sin decir una palabra. Mi madre miraba furiosa a mi hermano. Mientras tanto, yo, la gran detective Parabellum, azote del mundo sobrenatural, lloraba en una esquina.

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