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El dios asesinado en el servicio de caballeros

Soy Verónica Guerra, alias Parabellum. Soy a quien llamas cuando la chica de la curva te ha robado el coche. Soy a quien necesitas cuando alguien te deja una cabeza de unicornio en la cama. Soy a quien recurre el hombre del saco cuando un extraño se mete en su casa.

Soy detective paranormal y me enfrento a diario a los sucesos más extraños que puedas imaginar.

Pero acabo de encontrarme el cadáver de un dios griego en el maletero del coche. Y hasta yo tengo un límite.

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PARABELLUM

Si se hiciese una peli de mi vida, preferiría que el robo que acababa de cometer no saliese. No por mantener una imagen pura de mí, a estas alturas sería un poco tarde. No me importaría que se viese la escena de El Hurto del Escarabajo Dorado del faraón de El Ferrol, o El Robo de Sangre de Vampiro (de la suya). Fueron pequeñas aventuras, pero con un toque interesante que una buena cámara y una actriz más alta que yo podrían convertir en épicas. El día que me colé en el despacho de la Doctora Inés y le robé su máquina que hace pitidos no valdría ni para un cortometraje. Fue demasiado fácil.

Cuando entré en la universidad con una caja vacía, nadie arqueó una ceja. El disfraz de mensajera era de los menos trabajados en mi repertorio. Consistía en mi ropa normal, un chaleco y cara de que no quería estar ahí y de que tenía que estar pronto en otros quince sitios donde tampoco quería estar. Sin embargo era de los más eficientes. Nadie te pregunta quién eres cuando tus pintas y tu actitud lo están gritando a los cuatro vientos. Y si lo hacen, un gruñido imposible de transcribir gráficamente es la única respuesta que necesitan. Demasiado fácil.

Pasé por los pasillos abarrotados de estudiantes y profesores que examinaban apuntes, notas, libros, portatiles y móviles, pero no observaban a ninguna detective. Busqué el piso donde se encontraba el despacho de Inés y subí las escaleras. De nuevo, demasiado fácil.

Observé su nombre en la placa al lado de una puerta. El último de cuatro en una placa fácilmente reemplazable. Alguien había escrito a rotulador Inecia sobre su nombre. Sentí lástima por la Doctora, pero había hecho llorar a mi amiga, así que abrí la puerta del despacho sin dudar.

Un tipo con auriculares levantó una ceja y me observó durante unos segundos. Leí de un papel que llevaba el nombre de la Doctora Inés Arteaga procurando pronunciarlo mal y con desgana. El hombre señaló su mesa y volvió al refugio de los auriculares. Me acerqué a su rincón en aquel despacho compartido. La más pequeña de las cuatro mesas. Libros, apuntes y extraños aparatos que no tenía ni idea de qué hacían, desordenados y tirados por encima. Notas con misteriosas runas e indescifrables ecuaciones desparramadas. La mujer era un desastre, y no parecía ni darse cuenta.

Me daba igual, el aparato que había ido a buscar reposaba sobre la mesa, arrebujado bajo un par de folios. Miré de reojo al tipo, que parecía enfrascado en la lectura. Cogí el aparato con cuidado de que no me viese y lo metí en mi caja vacía, sin dejar de vigilar al profesor adjunto que no levantó la cabeza en ningún momento. Demasiado fácil.

Levanté la caja y caminé lentamente hacia la salida. Fruncí el ceño cuando estaba a punto de cruzar la puerta. Estaba siendo excesivamente fácil.

- Eh. - dijo el profesor, mirándome atentamente. - ¿No dejas la caja?

- Le he dejado una nota de que estaba ausente. Tendrá que venir a buscarla a nuestra oficina. - respondí con desgana. Señalé al montón de papeles de encima de su mesa para validar mi mentira.

- Ah. Vale. - respondió olvidándose de mí antes incluso de que acabase mi frase.

Salí del despacho con el aparato dentro de mi caja. Salí de la universidad. Había resultado demasiado fácil. Tenía la sensación de que en cualquier momento el estúpido y sencillo plan se vendría abajo.

No lo hizo. No resultó ser demasiado fácil. Fue, simplemente, fácil.



- ¿Es el mismo aparato que usó en la tele? - preguntó Arancha en cuanto posé la máquina sobre la mesa. Era del tamaño de un portátil, pero disponía de un montón de clavijas, medidores y lucecitas. Tenía un acabado chapucero, hecho con las piezas sobrantes del taller de la universidad. Me parecía tecnológicamente sofisticado, aunque he de reconocer que con mis conocimientos de electrónica, cualquier cosa me lo parecía. El reloj de mi horno aún seguía parado a las 25:42 desde mi último intento de ponerlo en hora.

- Se parece, al menos. - intenté tocar un par de botones, pero Arancha me detuvo antes de que lo hiciese estallar. Me conocía bien.

- Ponme el vídeo en el ordenador, voy a intentar encenderlo como lo hizo ella en la entrevista. - me pidió.

- ¿Crees que lo usó para bloquear tus poderes?

Mi amiga gruñó. Aún no se había recuperado del ridículo en directo.

- No lo sé. - intenté reproducir el vídeo, pero cerré la ventana sin querer. Con un molesto suspiro, Arancha volvió a abrirlo y comenzó a imitar los movimientos de la mujer de la pantalla, apretando los mismo botones. El aparato comenzó a parpadear con una simple luz. - Vamos a averiguarlo.

La medium se sentó al lado y se concentró. No como lo hacía en la tele o delante de los clientes que quería impresionar. Se centró en su propia alma y la sacó de dentro con eficiencia, con el mismo esfuerzo y rapidez con el que yo solía sacar mi pistola.

El aparato comenzó a pitar, parpadear y a emitir ruidos de polluelo hambriento, intentando captar nuestra atención. Arancha lo miró, y los pitidos aumentaron en frecuencia, nerviosos.

- ¡Espíritus! - usó su voz de médium para captar la atención de las almas cercanas. - Acercaos a mí, por favor.

Puede que fuese su tono de voz, autoritario y amable. Puede que fuesen sus poderes. Puede que los espíritus, que se pasan todo el día vagando no tenían otra cosa mejor que hacer y para alguien que se dirigía a ellos con educación les parecía feo no responder. Varias almas se acercaron a la médium, o eso imaginé, siendo imperceptibles a mis sentidos. No. Según mis ojos, además de Arancha y yo en esa habitación no había ni un alma. Según los suyos, debía de haber mucha más gente.

Pero ella no era la única capaz de notar su fantasmal presencia.

El aparato comenzó a pitar desesperado hasta que una voluta de humo salió de su interior y cayó agotado por el sobreesfuerzo, apagando sus luces y cesando su molesto piar.

- ¿Lo has roto? - pregunté sorprendida por no haber sido yo quien lo hubiera hecho.

Arancha lo examinó con la mano, acariciando al moribundo artefacto que había dejado de pitar.

- Está claro que este cacharro no era lo que me estaba impidiendo alcanzar el plano espiritual. Parece más bien que solo servía para medir los interferencias con el plano astral...

- Ahora me siento mal por habérselo robado. - mentí.

- Pero al menos ya sabemos que no ha sido la doctora quien me saboteó en directo.

Mi amiga pareció triste, estaba convencida de que había sido ella quien la había dejado en ridículo en directo. Me levanté del sillón y le puse la mano en el hombro a mi amiga.

- Está bien, voy a hacerle una visita al Sacrosanto Gurú Vivek Manish. - la intenté animar con una sonrisa tranquilizadora. - ¿Qué quieres que le robe a él?




PARABELLUM

- Los fantasmas no existen. - dijo la Doctora Arteaga con tanta seguridad que solté una carcajada. - Una vez que estamos muertos, se acabó. La vida no sigue después de la muerte, por definición, la vida se acaba.

- En eso te doy la razón, Inés. - Doña Lola de María controlaba su tono de voz mejor que la escéptica, a pesar de que tenía menos experiencia ante las cámaras. La máscara que el personaje de Doña Lola de María le otorgaba a mi amiga le inspiraba confianza. No era mi amiga, la gitana vasca que lloraba en su sofá a mi lado mientras veíamos su primera y posiblemente última intervención televisiva. Era la increíble Doña Lola de María, médium, espiritista, capaz de hablar con todos tus muertos con un exótico e indistinguible acento. - La vida se acaba tras la muerte. Pero no la existencia.

- ¿Qué clase de existencia puede haber sin vida, por favor? - La doctora no parecía tan entera como la vidente. No le gustaba estar ahí, se notaba. Pero tenía una cruzada personal por defender el mancillado nombre de la ciencia frente a tantas pseudociencias que intentaban comerle territorio. Desgraciadamente la ciencia era aburrida, y la televisión prefería darle prioridad a las otras. El hecho de que la científica fuese la única representante frente a dos videntes, era una buena muestra representativa. Por suerte para ella, en cuanto empezó el debate El Sacrosanto Gurú Vivek Manish se quedó en silencio, mientras Arancha e Inés discutían.

- Una que aún no hemos aprendido a ver. No todos, al menos, Inés.

- Ya, ¿y quién puede verla? No me lo digas, una caterva de expertos que dicen hablar con tus seres queridos a cambio de un módico precio.

- De algo tenemos que vivir, querida... - la lengua de Doña Lola chasqueó como un látigo que fustigaba a la doctora. - ¿O tú no cobras por dar clases? ¿No recibes dinero por permitir acceder a un conocimiento que has adquirido con esfuerzo y talento? ¿En qué se diferencia tu trabajo del mío?

- ¡En que el mío es verdad, joder! - Inés estaba contra las cuerdas, perdía la discusión y los estribos. Arancha sonrió, la había visto actuar, y sabía que de un momento a otro la Doctora Inés comenzaría a pedir pruebas que demostrasen que los espíritus existían. Mi amiga se adelantó.

- Dame pruebas de que el mío no lo es. - le sonrío. La doctora se quedó tres segundos intentando encajar que habían usado su mejor argumento contra ella. Tres segundos en silencio delante de las cámaras era una eternidad. Era una derrota. Aún así la doctora no se rindió. Era cabezona, me recordaba a alguien.

- ¡Dámelas tú! Contacta con alguno de mis ancestros, pregúntales información sobre mí. Demuéstrame que sabes algo que no deberías saber mientras yo uso este...

- Uno de tus ancestros huyó a Cuba escapando de la guerra... - comenzó Doña Lola de María con un tono grave, Inés frunció el ceño. La médium comenzó a moverse, como poseída. - No... eso es lo que os dijo, pero realmente huyó tras sacar todos los fondos de su empresa dejándola en la bancarrota.

Inés se quedó clavada en el sitio durante un segundo, pero no se amilanó. Esa información era difícil de conseguir, pero no imposible. Y menos si tu mejor amiga era detective. Observó el aparato que tenía delante de ella, que aún no había ni encendido y comenzó a apretar botones.

- Cualquiera que haya buscado en los registros de...

- Y tenías un problema de pequeña, a la hora de dormir... - Inés se puso colorada. - Te orinabas por la noche hasta que cumpliste los...

- ¡¿Quién te ha contado eso?! - estalló. Había registros médicos.

- Tu abuela, era quien te cambiaba los fines de semana... - Mi amiga se la jugó, o había obtenido esa información por otro lado. Yo no había sido. La abuela de Inés había fallecido hacía años, eso sí lo sabía, pero poco más. Una vez que mueren, es trabajo de Arancha. Pero por el momento no había ni que tenido que recurrir a sus verdaderos poderes de médium para casi acabar con la Doctora. Ésta, aún conmocionada, consiguió reaccionar.

- ¿Estás hablando con mi abuela? - miró de reojo su aparato. - ¿Ahora mismo?

- El tiempo es algo relativo, en el más allá. El ahora no existe si no...

- Dime cómo me llamaba cuando me meaba en la cama. - aplaudí la resolución de Inés, incluso en esos momentos, ante las cámaras, usó su vergüenza como un arma.

Doña Lola de María la observó. No había manera de tener esa información. No sin contactar con el Más Allá. Así que fue lo que hizo. En directo. No estaba muy conforme con usar los dotes sobrenaturales ante las cámaras, pero al fin y al cabo, nadie se creía ya lo que veía por la tele. No era arriesgado.

Cerró los ojos, respiró fuerte y se concentró. Respiró un par de segundos en silencio. Abrió los ojos e hizo algo que yo no esperaba. Frunció el ceño.

- Me está costando conseguir...

- Ya, claro, qué casualidad.

Arancha la mandó callar algo nerviosa. Volvió a concentrarse, volvió a llamar a los espíritus. Lo había visto en directo, era algo impresionante. En televisión perdía efecto, en televisión Doña Lola de María estaba demasiados segundos callada y con los ojos cerrados. Arancha, a mi lado, se hizo una bola y se tapó los ojos, incapaz de ver el vídeo.

Doña Lola de María, en la tele, apretó los dientes y dejó escapar un gemido de esfuerzo. Inés también se había callado, miraba su extraño aparato y arqueó una ceja. Los micrófonos comenzaron a captar interferencias e incluso la imagen de la pantalla pareció congelarse durante unos segundos.

Al fin, Doña Lola abrió los ojos, confusa y agotada.

- No, consigo... no consigo contactar con ellos. Con nadie. - su acento falso se levantó y dejó escapar su verdadero acento vasco. La máscara de Doña Lola se resquebrajaba y Arancha se mostró asustada frente a las cámaras. - No puedo...

- Inecia - interrumpió El Sacrosanto Gurú Vivek Manish. - No es un mote muy cariñoso, su abuela debió ser una mujer... interesante.

Arancha, a mi lado, apagó el vídeo y arrojó el mando al suelo.

PARABELLUM

El fantasma de Media Tarde I


El fantasma del goblin salió correteando por las calles de Teruel, yo comencé a perseguirlo en cuanto pude salir del museo en llamas.

Pero eso no era importante. Lo importante era lo que estaban poniendo en la tele en ese momento.


Armanda a la tarde era un programa de verano venido a más, que había sobrevivido Septiembre y parecía intentar buscar su espacio no caducifolio en la parrilla televisiva. Como formato, era igual de original que la mayoría de programas de media tarde. Como contenido era peor, y ahí radicaba su éxito.

Era un programa lleno de entrevistados a los que les hacían preguntas que le venían varias tallas grandes, lleno de famosos de cuarto y mitad de pelo. Solo la lengua ácida que contenía la engañosamente amable sonrisa de Armanda espoleaba la cantidad de morbo suficiente como para que el programa destacase lo justo para no ser podado por el share.

Era el tipo de programas que yo ni odiaba, porque apenas me enteraba de su existencia. A esas horas prefería quedarme frita en el sofá de mi despacho mientras animales de la sabana pastaban para mi deleite. O, en otras ocasiones, echaba la tarde persiguiendo goblins translúcidos escaleras abajo. Dependía mucho del día.

Pero ese programa en concreto lo vi. Entero. De cabo a rabo. En diferido a través de la web, varias horas después del asunto de Teruel en casa de mi amiga Arancha, pero lo vi. Por que esta vez entrevistaban a alguien a quien quería ver.

La Doctora Inés Arteaga se sentó en uno de los asientos de invitados en cuanto Armanda la introdujo. Se le notaba nerviosa, a pesar de no ser la primera vez que se veía ante los focos del directo. Física, con un currículum lo suficientemente grande como para no poder adjuntarlo en un solo correo. Pero era otro el motivo por el cual la presentadora la había traído al programa: Inés era escéptica profesional.

Me había encontrado varios a lo largo de mi carrera como detective paranormal. Gente bienintencionada, dispuesta a demostrar que las leyendas como los fantasmas o los goblins no existían, usando datos y ciencia. Sus argumentos eran tan convincentes, que si no me estuviese mordiendo en ese mismo instante un goblin fantasma, hasta yo mismo me sentiría obligada a darles la razón.

Concretamente a la mujer, bajita, morena, gafuda, yo la había visto en un par de ocasiones, y me saltaban varias alarmas cuando hablaba de pruebas científicas para demostrar la no existencia de criaturas que a veces yo hasta llamaba amigos.

Pero no era ella a quien quería ver en la tele.

El Sacrosanto Gurú Vivek Manish fue el siguiente invitado de la lista. Otro frecuente de la pequeña pantalla cuya reciente fama lo había sacado de los horóscopos de las tres de la mañana y lo había catapultado a la mediocridad de la mediatarde. No era una buena catapulta, pero tampoco era la peor.

En su rostro, un desdén de suficiencia estudiado para recordarte que sabía algo que tú no sabías o peor aún, algo que sí sabías pero los demás no. Y pagarías lo que fuera por que siguiese así. Ropas tan discretas que parecía que se había peleado con una tienda de disfraces (con dudoso resultado), un turbante engarzado y unas gafas de sol de color vino. Tan recargado que resultaba casi imposible vislumbrar a la persona que se escondía tras el personaje.

Aún desconocía si la naturaleza de sus adivinaciones residía en algún truco barato o en un verdadero poder, pero no me fiaba un pelo de él, y era una persona a la que prefería tener controlada.

Tampoco era la persona por la cual estaba viendo el programa.

Doña Lola de María fue la tercera invitada en sentarse. También Medium, espiritista, le había leído la mano a famosos que Armanda desearía tener en su programa. Se sentó con una dignididad y una elegancia, que contrastaban con las de mi mejor amiga Arancha, mientras lloraba en su sofá, incapaz de ver el vídeo que tanto había insistido en que yo viese con ella. No parecían la misma persona, pero más allá del seudónimo, lo eran.

- No puedo verlo, Vero.

Era ella. Mi mejor amiga. La única razón por la cuál estaba viendo un programa sorprendentemente enervante para lo anodino que era. La única razón por la que estaba en ese sofá, esa misma noche, sentada a su lado, a pesar del mordisco que el hijo de puta del goblin fantasma me había dado en el culo.

Si alguien había hecho daño a mi amiga, lo iba a lamentar.

Y, si me sobraba tiempo, el goblin fantasma también.







PARABELLUM
Ya está.

Sólo quedan 24 horas de la campaña de Crowdfunding de Los muertos no pagan IVA, el segundo caso de la Detective Paranormal Verónica Guerra. Y luego os dejo de dar la vara, lo prometo. Hasta que anuncie la siguiente novela...
Por el momento mañana a las 11 empezaré un vídeo en directo en mi canal de youtube, respondiendo preguntas que hagáis vía twitter, facebook, instagram o discord.

Y como hemos llegado a 19000 (y subiendo!), cumpliré mi promesa y el libro de relatos incluirá uno exclusivo que recibiréis todos los mecenas, tanto en físico como en digital. Aunque he hecho un poco de trampa cuando he dicho que era un relato de Parabellum, espero que me perdonéis. Os dejo aquí el principio, para que vayáis abriendo boca:


Observé mi copa de vino, delicioso, caro. Lo paladeé. Pocas veces tenía una la oportunidad de aprovecharse de la cara y extensa bodega de Carlos Armesto. Conseguí refrenarme y no acabármela mientras me recordaba que había ido a esa fiesta en parte a trabajar. Levanté la mirada y me encontré la mirada reprobadora de mi mejor amiga mientras ella sujetaba una simple cerveza. Detrás de ella un par de fantasmas flotaron recelosos, rodeándola con miedo. Siempre había fantasmas alrededor suyo, ni siquiera me molesté en espantárselos.

Miré al resto de invitados. Hombres y mujeres de la alta sociedad, o al menos, altas finanzas. Gente pudiente y corriente. Futuros clientes. Entrecerré los ojos y conseguir filtrar los vivos de los muertos, al fin y al cabo yo ofrecía diferentes servicios a unos y a otros.

Saqué mis tarjetas de visita, dispuesta a repartirlas entre los invitados. En ella se leía con letra elegante y colores doradas mi nombre y mi profesión:

 «Doña Lola de María.

Médium»

Por desgracia, antes de empezar con mi sesión de marketing un fantasma abrió la puerta de una patada y comenzó a gritar. Dejé escapar un suspiro mientras guardaba de nuevo las tarjetas en mi bolso, apuré mi copa y me dispuse a trabajar.


PARABELLUM

¿Dónde están las llaves?


00:15

 El trasgo chillaba babeante, con los ojos enrojecidos y los dientes amarillentos, o los ojos amarillentos y los dientes enrojecidos, no recuerdo. Completaba su horrible aspecto con una piel escamosa y reptiliana, plagada de verrugas. Definitivamente su cara ya era horrible antes de que se la reventase de una patada.

La criatura salió volando del impacto mientras su voz se apagaba, de manera casi cómica.

- ¡No te lo diremo-! - Un golpe metálico sustituyó la última letra de su palabra, e imaginé que había aterrizado contra uno de los contenedores que formaban estrechas y tortuosas calles en el muelle de carga del puerto.

Los otros trasgos, giraban a mi alrededor, a más de una pierna de distancia de mí. Se movían rápido, y de manera errática. Usaban las sombras de los potentes pero lejanos focos que iluminaban el puerto por la noche para confundirme, y era incapaz ni siquiera de contar cuántos había. Solo podía contar el número de brillantes ojos que me observaban y dividirlo entre dos. Me salían decimales.

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Apuré lo que quedaba de café, pagué en la barra con una sonrisa amable, crucé la puerta del bar y comencé a caminar detrás de la criatura.

La muchacha, tal y como figuraba en el horario mental que había reconstruido la última semana que llevaba investigándola, salía de su trabajo en la clínica. Pude adivinar, conociendo sus costumbres como ya las conocía, que no iba a ir a su casa. No, si llevase la bata que era su uniforme de trabajo es que volvía a su hogar. En su lugar llevaba un pantalón negro y una blusa lila, adornados con alguna puntual muestra de joyería, y unas botas de tacón tan afilado que resultaba una sorpresa que no perforasen la acera por la que se alejaba. Una ropa elegante, demasiado elegante como para malgastarla en su camino del trabajo a casa.

No, definitivamente la muchacha del pelo largo castaño no iba a su apartamento. Y si algo había aprendido en la semana que llevaba siguiendo a la joven, es que eso implicaba que iba a ser una tarde entretenida.

De una puta vez.


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PARABELLUM


El problema de ser detective son las películas de detectives. No las novelas, al menos no las actuales. Las putas películas. Cada vez que iba a trabajar, no podía evitar sentir la mirada de fascinación inmerecida que me lanzaba mi novio, mientras en su cabeza se editaba un montaje de películas con persecuciones, tiroteos y más explosiones de las que deben ser sanas para el oído.

Sin embargo, el trabajo de detective, mi trabajo, mi jornada laboral de ocho o hasta dieciséis horas podía resultar un completo aburrimiento. La mayor parte del tiempo me ganaba el pan esperando, vigilando, leyendo y si tenía ganas de emociones, rellenando la declaración trimestral de Hacienda.

Y si había llegado a esa conclusión, no por primera vez en mi vida si no por tercera vez en el mismo día, es porque llevaba cinco horas en el asiento de mi coche, esperando a que mi objetivo saliese por la puerta que llevaba ese mismo tiempo vigilando. Y mi cerebro y mi culo empezaban a quejarse al unísono.

Suspiré, y con un gesto mecánico volví a comprobar que la escopeta de caza que reposaba en el asiento del copiloto seguía cargada.

Un aburrimiento de trabajo, os digo.

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 Miré directamente a sus ojos de muñeco. Ojos de mentira que intentaban imitar la mirada inocente de un bebé sin lograrlo lo más mínimo. Vacíos, inertes, inexpresivos, y a la vez amenazantes. Es sólo un muñeco, me obligué a pensar.

Luego le pegué tres tiros al puto muñeco.



- ¡Es sólo un muñeco! - se justificó mi hermano - No tengo la culpa de que sea tan miedica...

Mi padre recogió el muñeco de mi habitación, sin decir una palabra. Mi madre miraba furiosa a mi hermano. Mientras tanto, yo, la gran detective Parabellum, azote del mundo sobrenatural, lloraba en una esquina.

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